La trampa de la historia

Editorial · Fernando de Haro
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28 enero 2024
La idea del Ministro de Cultura de "descolonizar" los muesos ha puesto en evidencia que postmodernos y antimodernos comparten una fuga del presente.

“Descolonizar” los museos. Urtasun, el nuevo ministro de Cultura, ha defendido la necesidad de descolonizar los museos. No es una idea original. En Bruselas, el Museo de África creado por Leopoldo II, se ha reorganizado para ofrecer una versión crítica y revisada del pasado colonial de Bélgica. En Francia, Macron ha promovido una investigación sobre las piezas africanas que se exhiben en los museos europeos. El 90 por ciento está fuera del continente. Muchos consideran que ha llegado la hora de devolver a las colonias su pasado y de construir un relato que no sea eurocéntrico.

España no tiene, en realidad, un pasado colonial como otros países. En el siglo XIX cuando Europa controlaba grandes extensiones del planeta, el Imperio de la monarquía española prácticamente había desaparecido. Las “colonias” españolas del siglo XVI en América en realidad no eran colonias tal y como las entendemos ahora. En los museos españoles no hay muchas piezas anteriores a la conquista, sí hay obras de arte “mestizas”, creaciones fruto de una fusión cultural.

En cualquier caso la propuesta del ministro es interesante porque sirve para constatar como los “postmodernos” y los antimodernos tienen una relación con el pasado que se parece mucho.

Los esfuerzos por “descolonizar” la cultura occidental, la fiebre que lleva a derribar estatuas y la cancel culture atribuyen a la modernidad un pecado original. No se pueden cerrar los ojos ante los crímenes cometidos por los belgas en el Congo, ante la barbaridad de siglos de esclavismo o ante la explotación y la falta de respeto por otras culturas no occidentales. Pero la llamada “teoría de la descolonización” de raíz postmoderna, es otra cosa. Es una relación con el pasado que no parte del presente. y que, por eso, fabrica un pasado-refugio, un pasado que nunca existió.

En el caso de América Latina esta operación provoca un rechazo de lo moderno en nombre de una Edad Dorada indígena. Una época de armonía con la naturaleza, destruida por la opresión de ideales europeos. Es necesario, por eso, recuperar el “buen vivir” indígena, su pureza y autenticidad. En realidad el mundo indígena, anterior a la llegada de los españoles, era un mundo muy complejo, sometido también a conquistas coloniales. No se puede hablar de una sola cultura sino de diversas culturas, algunas tan lejanas del buen vivir como para aceptar los sacrificios humanos.

Los postmodernos huyen de lo moderno porque repudian el presente.

Lo mismo les sucede a los antimodernos. Invocan un mundo perdido, el mundo en el que las verdades evidentes eran reconocidas de forma sencilla, en el que un hombre era un hombre y una mujer era una mujer, en el que los principios de la naturaleza humana eran incuestionables. Esta forma de evasión es antigua. Desde hace decenios se habla de aquel momento, hace quinientos años, quizás mil años, en el que Europa tomó el camino equivocado, en el que la historia abandonó el camino que hacía posible un humanismo integral. Y, a partir de entonces, todo ha sido un declinar, una pérdida de las raíces. Para anclarse en la nostalgia de lo que no ha sido no hace falta irse tan lejos. También se puede buscar refugio en  la España de la Transición cuando había concordia, en la Italia de postguerra o en  la Italia en la que la mayoría de la gente “votaba bien”.

Postmodernos y antimodernos comparten una fuga del presente, un rechazo de lo que realmente existe -lo que sucede ahora- para intentar ponerse a salvo en lo que no existe (una proyección construida con el resentimiento). Unos y otros comparten la falta de religiosidad que quiere escaparse del mundo, la falta de ese amor por uno mismo que reconoce en cualquier circunstancia una oportunidad. Para postmodernos y modernos el Misterio que rige los destinos de la historia se ha convertido en algo sin carne, en algo abstracto.

 

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