La solución a las crisis pasa por los oleoductos

Mundo · Robi Ronza
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2 septiembre 2014
Que los Estados Unidos del presidente Obama no tienen clara ninguna estrategia no solo con respecto a Siria sino a todo Oriente Medio y Próximo es un dato evidente. No hacía falta que Obama lo reconociera. Saltaba a la vista. En cambio, respecto a la crisis ucraniana sí hay estrategia pero no hay motivos para complacerse en ella.

Que los Estados Unidos del presidente Obama no tienen clara ninguna estrategia no solo con respecto a Siria sino a todo Oriente Medio y Próximo es un dato evidente. No hacía falta que Obama lo reconociera. Saltaba a la vista. En cambio, respecto a la crisis ucraniana sí hay estrategia pero no hay motivos para complacerse en ella: de hecho, a medida que influye en la situación, esta va en contra del interés europeo, que no es el de construir otro Oriente Medio a las puertas de casa.

Lo que Obama es una maniobra de distracción, no carente de razones subjetivas, que en todo caso son menos importantes que las objetivas. Llegados a la edad de plata de su época imperial, los Estados Unidos ya no son capaces de garantizar su presencia con la misma fuerza en todos los ángulos del damero internacional, como hacía en su edad de oro. Por tanto tiene que elegir entre dar prioridad al área del Pacífico o al Atlántico-Mediterráneo. Muy probablemente, cualquier presidente americano elegiría la primera, que a los ojos de Washington es la de mayor importancia relativa. Pero hace falta que a esa desconexión le corresponda un mayor compromiso proporcional por parte europea.

Es una tarea que la Unión Europea estaría en grado de asumir si ella misma no fuera el resultado fallido de un proyecto equivocado. Si no se basara en un tratado de Maastricht prefijado a la medida de la Europa occidental antes de que cayese el Muro de Berlín. Después de la caída del Muro, los equilibrios de la escala mundial cambiaron completamente y la Europa oriental volvió a aparecer en escena. Sin embargo, no se tuvo el coraje de hacer borrón y cuenta nueva, y volver a empezar de cero. Por desgracia, no se hizo entonces, pero si no quiere desembocar en la catástrofe lo tendrá que hacer ahora.

En esta situación, lo que debe preocuparnos, aquello a lo que hay que poner remedio rápidamente, no es tanto la puesta en juego, comprometida pero no desigual, sino sobre todo la incapacidad actual de la Europa política para afrontar las nuevas tareas que recaen sobre ella tras el creciente desinterés de los EE.UU por el escenario euro-mediterráneo. Pero intentemos imaginar qué podría hacer Europa de positivo en Oriente o, respectivamente, en el caso de la crisis ucraniana.

En ambos casos se trata de zonas cruciales para nuestro abastecimiento energético. Que quede bien claro: no por eso estamos entre la espada y la pared. Si bien Europa tiene una clara necesidad de comprar hidrocarburos, Rusia y Oriente Medio necesitan obviamente venderlos. Y los países a través de los cuales transitan los gaseoductos y oleoductos necesitan claramente los ingresos que les procura ese tránsito. Estando así las cosas, haría falta una política común en materia energética orientada hacia una gestión de este intercambio que resulte conveniente para todas las partes implicadas.

Por el contrario, en este determinante sector, la Unión Europea es como si no existiera. Cada país miembro hace su propia política energética, posiblemente en concurrencia con todos los demás. Y dentro de la UE ni siquiera existe una verdadera red integrada de gaseoductos y oleoductos. De hecho, falta una conexión completa, que daría a todos los países miembros la posibilidad de obtener suministros de cualquier procedencia.

Pero antes aún hay que dejar atrás una herencia ya totalmente superada que se remonta a la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Aquel enorme conflicto terminó con la victoria de las grandes potencias democráticas sobre las autoritarias, pero también con el triunfo de los intereses noratlánticos sobre los continentales y mediterráneos. Consiguientemente, casi hasta hoy el interés europeo se ha identificado con el de los países del Atlántico Norte, y por tanto con la Europa del Norte. Tal distorsión es un motivo elemental de la actual incapacidad de la Unión Europea para actuar eficazmente en la escena internacional.

En la Unión se mezclan varias líneas de gravitación geopolítica y geoeconómica, noratlántica, báltica, mediterránea y danubiana respectivamente. En cambio, una política exterior europea solo tiene sentido en la medida en que sintetiza todas estas líneas de gravitación sin olvidar ninguna.

Por último, hay que tener claro que las grandes potencias industriales pueden, si quieren, acabar con cualquier guerra. Los sistemas de armamento son un producto industrial y logístico complejo y costoso, que está totalmente fuera de las posibilidades técnicas y económicas de los países menos desarrollados. Quien hoy lucha en Oriente, desde Gaza hasta el norte de Iraq, lo hace gracias a la financiación y el suministro de armas y municiones que les llegan desde el exterior. A la sombra de siglas como el ISIS y similares, y de proclamas delirantes como las del “califato”, se ocultan compañías que se sitúan a medio camino entre el fanatismo y el crimen puro y simple, feroces con los desarmados pero incapaces de estar en campo abierto ante las fuerzas armadas regulares. Si se quisiera, se las podría aislar y debilitar en pocas semanas.

El caso de la crisis ucraniana es algo distinto, pues Rusia es un gran productor de armamento terrestre bastante rústico pero también por ello adaptado a los conflictos de baja intensidad en contextos de subdesarrollo o desarrollo limitado. Pero aquí, para que ni la UE ni la OTAN cedan ante provocaciones sin sentido, hay que defender los intereses comunes o complementarios que todas las partes implicadas tienen en el ámbito energético. En esta perspectiva, sin pretender hacer entrar en la OTAN, una eventualidad inaceptable para Moscú, se puede exigir el respeto a la integridad y la soberanía de Ucrania.

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