La Sociedad Misionera India

Mundo · Ricardo Benjumea
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10 octubre 2013
Cuentan que mucha gente se bloquea mentalmente al poner un pie en la India; algunas personas confiesan que el choque les ha cambiado la vida para siempre... India no es un país más, como otro cualquiera. Por momentos se tiene la sensación, más bien, de haber llegado a otro planeta.

Cuentan que mucha gente se bloquea mentalmente al poner un pie en la India; algunas personas confiesan que el choque les ha cambiado la vida para siempre… India no es un país más, como otro cualquiera. Por momentos se tiene la sensación, más bien, de haber llegado a otro planeta.

Es casi mediodía del lunes en Baranés, la ciudad sagrada del hinduismo. En cuestión de segundos, una lluvia torrencial inunda el caos de la ciudad; todo queda sepultado bajo el lodo, pero el ritmo de vida sigue como si tal cosa. En algunas calles, el agua no tarda en sobrepasar los tobillos de los vendedores de los puestos callejeros. Al anárquico enjambre de coches, motos, bicis, peatones sin acera, vacas sagradas deambulando sin rumbo, perros famélicos, cabras, monos, búfalos, procesiones fúnebres camino a los crematorios a orillas del Ganjes… se añaden el barro y la basura flotante. No hay problema. La sensación que uno percibe es de pura rutina.

Una especie de invencible sentido de la fatalidad parece incrustado en el alma de los indios, para lo bueno y para lo malo. Quizá eso explique la naturalidad con la que a menudo son toleradas las situaciones más sangrantes de pobreza y marginalidad.

El norte, donde se encuentra entre otras ciudades Baranés, es la zona prioritaria para Manos Unidas en el país. La Sociedad Misionera India (IMS) es una de sus contrapartes más habituales. Su fundador es un belga, que llegó al franciscanismo desde la Compañía de Jesús, pero hoy la congregación es netamente autóctona. Cuenta con cerca de 200 sacerdotes, y en el seminario de Benarés se preparan 70 seminaristas. Proceden de lugares como Kerala y Bombay, en el sur del país, o de zonas tribales como Orisa. El norte de la India es su territorio de misión. La presencia cristiana es aquí más reducida, y la pobreza es mucho más dura.

En los estados del norte son más fuertes también las tradiciones hinduistas, protegidas por leyes anticonversión. Pero la IMS ha logrado descubrir la palanca para trabajar en estos lugares en la promoción de los más pobres de entre los pobres.

Muy llamativa es su labor de desarrollo comunitario. Es un trabajo lento, porque lleva tiempo ganarse la confianza de la gente. Cierta hostilidad se palpa todavía en un poblado seminómada y chabolista a pocos kilómetros de Baranés, donde la IMS ha iniciado un proyecto comunal con los ´come ratas´, como se llama también a este grupo, por razones que no hace falta explicar.

La palanca se ejerce sobre las mujeres. Se van poco a poco creando grupos con ellas, para que empiecen a ser conscientes de su situación. Con el tiempo, terminan protegiéndose unas a otras de las palizas, adquieren conciencia de la importancia de la educación para sus hijos, lograr reunir algunos ahorros para poner en marcha pequeños negocios…

La prueba de que la estrategia da resultados se encuentra al visitar otros proyectos en la zona financiados por Manos Unidas. Entre una y otra escena, han pasado unos 9 años, y el cambio es abismal.

La IMS, sin embargo, no se percibe como amenaza contra los cimientos de la sociedad o de la cultura india. Lo mejor de las tradiciones hinduistas es valorado y fomentado. Es impresionante cómo la pequeña minoría cristiana se ha convertido en punto de referencia en la lucha por la pobreza, sin que, al mismo tiempo, se la mire con hostilidad. Cada dos domingos, participan unos 5 mil hindúes en encuentros interreligiosos organizados por los religiosos. También ayunan en tiempo de Cuaresma, y entregan ese dinero ahorrado para los pobres.

No hay proclamación explícita del evangelio, pero los sacerdotes y colaboradores del IMS viven en medio de la población, y ya no necesitan presentación. Son misioneros, recuerdan ellos cada vez que se les pregunta por su labor.

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