Entrevista a Massimo Borghesi

La secularización ha dejado obsoletas viejas divisiones

España · PaginasDigital
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17 abril 2017
´Esto no significa que el aspecto doctrinal se haya vuelto irrelevante. Sin duda, tiene un peso, pero ante un mundo para el que la figura de Cristo parece relegada a un pasado lejano los cristianos tienen el deber de redescubrir lo que les une para ofrecer un testimonio creíble al mundo. Tienen la tarea de poner en común la historia de santidad y misericordia, la del pasado y la del presente. Hay que decir que el encuentro de Lund no nació de la nada. Fue un fruto maduro del Concilio Vaticano II´.

El hecho de que en el 500º aniversario de la publicación de las tesis que marcaron el mayor cisma dentro de la Iglesia católica, el Papa de Roma y el presidente de la Federación Luterana Mundial suscribieran un documento común, ¿qué significa para los cristianos del mundo entero?

Se trata, sin duda, de un acontecimiento histórico. No en vano criticado fuertemente desde sectores tradicionalistas que temían compromisos y cesiones doctrinales que pudieran llevar al fin del catolicismo, pero que no han dicho una palabra después de ese encuentro. Será que tal vez no ha sido tan negativo. Se trata de críticas que recuerdan a las que hubo contra Juan Pablo II con ocasión del histórico encuentro por la paz en Asís el 28 de octubre de 1986, con los representantes de todas las religiones del mundo. También entonces el tradicionalismo católico hizo notar su voz estridente criticando abiertamente al Papa por su irenismo, eclectismo, mezcla indebida de fe y religiosidad. También entonces se generó un polvorín inútil.

Volviendo al encuentro de Lund, se trata de un gran punto de inflexión en las relaciones entre católicos y luteranos. La Europa moderna es resultado de las guerras de religión que ensangrentaron su suelo tras la Reforma. No se puede entender nada de los procesos que han marcado la modernidad si no partimos de la tragedia de una fe que, después de haber unido a los pueblos, los divide trágicamente. La secularización surge aquí. Una secularización que, hoy, ha dejado en gran medida obsoletas las antiguas divisiones que, a partir del terreno religioso, se vieron luego “pilotadas” por intereses políticos y económicos. Esto no significa que el aspecto doctrinal se haya vuelto irrelevante. Sin duda, tiene un peso, pero ante un mundo para el que la figura de Cristo parece relegada a un pasado lejano los cristianos tienen el deber de redescubrir lo que les une para ofrecer un testimonio creíble al mundo. Tienen la tarea de poner en común la historia de santidad y misericordia, la del pasado y la del presente. Hay que decir que el encuentro de Lund no nació de la nada. Fue un fruto maduro del Concilio Vaticano II. El espíritu de diálogo hizo posible la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación, publicada en Augusta el 31 de octubre de 1989, verdadera premisa de todo lo que el Papa Francisco dijo en Suecia. Además, Lund vino después de los viajes de Benedicto XVI a Erfurt (Alemania) el 23 de septiembre de 2011 con los representantes de la Iglesia evangélica alemana, y el de 2010 a Inglaterra, la primera visita oficial de un pontífice al Reino Unido. En aquella ocasión, las imágenes del papa Benedicto XVI y el arzobispo Rowan Williams en pie, juntos, en la abadía de Westminster, fueron una demostración de cercanía entre Roma y Canterbury impensable hace veinte años.

Citaba usted a Benedicto XVI. Algunos contraponen la “ortodoxia” de Benedicto al magisterio de Francisco, una dialéctica que volvió a resonar con motivo del viaje sueco del pontífice. ¿Qué dijo Benedicto en Erfurt?

En realidad, el papa Benedicto testimonió entonces la misma apertura hacia el diálogo con los luteranos que expresó Francisco en Suecia. Consciente de que en el plano doctrinal los nudos permanecen, también él se esforzó por conseguir el reconocimiento de la unidad fundamental en la fe “en este momento histórico”. En el convento de Lutero, Benedicto afirmó que “cuando acepté la invitación a hacer este viaje, me pareció evidente que el ecumenismo con nuestros amigos evangélicos debía ser un punto fuerte, central en este viaje. Vivimos un tiempo de secularismo, donde todos los cristianos tienen la misión de hacer presente el mensaje de Dios, el mensaje de Cristo, hacer posible el creer, seguir adelante con estas grandes ideas y verdades. Estoy, por tanto, muy agradecido a nuestros amigos, hermanos y hermanas protestantes, que han hecho posible un signo muy significativo: el encuentro en el monasterio donde Lutero comenzó su camino teológico, la oración en la iglesia donde fue ordenado sacerdote y poder hablar juntos de nuestra responsabilidad como cristianos en estos tiempos. Estoy muy contento de poder mostrar así esta unidad fundamental, que somos hermanos y hermanas, y que trabajamos juntos por el bien de la humanidad, anunciando con alegría el mensaje de Cristo, del Dios que tiene un rostro humano y nos habla”. Así hablaba Benedicto XVI. No me parece muy distinto de lo que dijo Francisco.

¿Qué implicaciones religiosas y políticas tiene este encuentro?

El encuentro de Lund constituye otra página histórica que cierra, idealmente, la segunda escisión que ha caracterizado a la Iglesia del segundo milenio. La primera, con la ortodoxia, inaugurada con el cisma de Constantinopla en el año 1054, marcando la grieta entre el Occidente y Oriente cristianos, se cierra, en el plano ideal, con el histórico abrazo en Cuba entre Francisco y el patriarca ruso Kiril. La segunda, iniciada en 1517 con las tesis de Lutero, consolidando la división entre el norte de Europa, protestante, y el sur católico, se ha cerrado idealmente ahora. La hilera de encuentros y diálogos que brotó tras el Concilio encuentra hoy en Francisco al testigo de la unidad de una Iglesia que quiere recuperar la unidad del primer milenio. Se trata de un acontecimiento de alcance histórico que surge de una concepción que antepone el testimonio de la fe y de la caridad a la dialéctica, conscientes de que a estos gestos seguirán, si Dios lo quiere, iniciativas comunes y la caída de los prejuicios. A nivel ideal y religioso es como si llegar el ocaso de una “modernidad”, una modernidad europea marcada por el conflicto teológico-político católico-protestante. La categoría de “posmoderno” asume ahora su significado más propio. Hace falta “repensar” la historia moderna de Europa reconociendo las culpas y límites de ambas partes. Hace falta una memoria histórica que permita valorar a aquellos que lucharon por la unidad de la fe, no por las divisiones ni las guerras. En el mismo momento en que el sueño de la Europa unida desvela fracturas y rupturas, este replanteamiento se convierte en una contribución fundamental para la unidad del viejo continente. El Papa dijo en Lund: “Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor”. Una fe que se libera de la ambición del poder y de la hegemonía, una fe que no necesita un “enemigo” para existir puede unir a los hombres. El camino del encuentro es el que indica Francisco con su “primerear”. Siguiendo la Declaración conjunta sobre la Justificación, la Iglesia reconoce en el “primado de la gracia” el punto de encuentro con los luteranos. A este primado de la gracia reclamó Francisco constantemente en Lund.

Católicos y luteranos se han unido para trabajar por la paz, acoger a los migrantes y atender a los pobres y necesitados. ¿Hasta qué punto la alianza entre católicos y luteranos puede incidir en la situación de las poblaciones y de los gobiernos?

El encuentro a partir de las obras de misericordia es el “lugar teológico” que lleva a la unidad. Suena significativa esta invitación si tenemos en cuenta que el “sola fide” de Lutero parece privar de todo valor salvífico a la dimensión de las “obras”. En realidad, el primado de la gracia, adecuadamente pensado, permite salvarlo todo. Las obras de caridad son el lugar de encuentro entre cristianos divididos. El rostro del pobre, como tantas veces ha dicho Francisco, es memoria del Cristo humillado. La “theologia crucis” de Ignacio se encuentra con la de Lutero. Respecto al posible cambio de escenarios futuro, vale también lo dicho. Ciertamente, el encuentro de Lund abre una etapa histórica de reacercamiento entre católicos y protestantes. Puesto que estamos hablando de la Federación Luterana Mundial, esta cercanía se extiende a todo el mundo anglófono, un mundo que, después de los procesos de inmigración, ya ve en su seno una presencia casi equivalente entre católicos y protestantes. El declive de prejuicios históricos que alimentan profundas hostilidades tendrá sin duda un efecto positivo en las relaciones entre los pueblos y las naciones marcadas por la fe cristiana.

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