La revolución fallida empobrece a América Latina

Mundo · Veronica Ronchi
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10 mayo 2016
En este complicado momento histórico que parece confirmar las olvidadas teorías de Raúl Prebisch sobre el diálogo entre las economías centrales y las periféricas, América Latina se resiente en su conjunto por una compleja coyuntura que abre las puertas a una profunda crisis en el subcontinente.

En este complicado momento histórico que parece confirmar las olvidadas teorías de Raúl Prebisch sobre el diálogo entre las economías centrales y las periféricas, América Latina se resiente en su conjunto por una compleja coyuntura que abre las puertas a una profunda crisis en el subcontinente.

No se veían tiempos tan oscuros desde la caída de los regímenes neoliberales que, a finales de los 90, abandonaron en masa los gobiernos latinoamericanos después de regulaciones y privatizaciones, dejando espacio a una división geográfica nueva: áreas de influencia chavistas vinculadas a la ideología del “socialismo del siglo XXI” (países andinos, Argentina…), áreas tradicionalmente liberales que siguieron así (México, Colombia…) y un nuevo protagonismo del Brasil, que supo imponerse solo como economía emergente en los primeros años dos mil.

La crisis económica que dio comienzo en 2008 y que hizo temblar a Europa no atacó directamente a América Latina. Algunos países incluso crecieron hasta alcanzar niveles chinos (Perú y Argentina sobre todo), hasta el punto de recuperar competitividad e influencia tanto en el contexto regional como, por ejemplo, en el de los países no alineados.

Fue el caso venezolano que, gozando de los beneficios de un precio sostenido del crudo y desvinculándose de la explotación de recursos por parte de multinacionales extranjeras, construyó nuevas bases para ampliar el estado social y financiar campañas electorales en los países andinos y no solo.

Si pensamos en regiones que históricamente nunca han gozado de sistemas de bienestar, como toda Centroamérica, Chávez, Correa y Morales, por citar algunos ejemplos, construyeron “revoluciones ciudadanas” (movimientos de ciudadanía activa) bastante apoyados por la población civil (pero obstaculizados por las oligarquías) por una serie de beneficios que ofrecía: nos referimos por ejemplo a la construcción de infraestructuras que desde el siglo XXI se convierte en prerrogativa estatal. Claro que las críticas a estos procesos no han faltado, y ahora se hacen oír especialmente las acusaciones de neopatrimonialismo y corrupción que llueven sobre las cabezas de los gobiernos en declive.

De ahí que los problemas estructurales, que siempre ha sufrido América Latina, estén tan lejos de resolverse.

Como al inicio del proceso global (en los años centrales del siglo XIX), también hoy la región parece volver a ser un sistema periférico que, para sobrevivir, se aferra a la “bonanza” de los sistemas centrales. Cuando las principales economías se expanden y dictan buenos precios para las “commodities”, América Latina también está llamada a crecer, pero cuando por el contrario el ciclo se contrae para los sistemas centrales, los de la periferia sufren una auténtica catástrofe.

América Latina siempre ha dependido de las importaciones y en muchos casos estos países se han situado ante los mercados mundiales como monopolistas. La enorme dependencia de un solo bien, cuyo precio siempre depende de zonas de decisión centrales, hace a estas economías extremadamente frágiles y a menudo incapaces de autosostenerse. Pensemos en El Salvador durante la contracción del precio del café a finales de los años 80.

No lejos de este escenario están las crónicas de estos días, que nos hablan de una Venezuela acosada por el hambre, sin medicinas, sin bienes de primera necesidad, sin una clara perspectiva de vuelta a la normalidad. Mucho de esta crisis viene dictado por la contracción del coste de la producción del principal bien del país: el petróleo. El coste, como siempre, lo pagan las clases medias y bajas.

La oposición al gobierno de Maduro, que ya ha asumido un cierto protagonismo en la prensa internacional, no tiene muchas opciones. La alternativa al estado de entropía actual es un reclamo a los organismos multilaterales de crédito, pero significa la imposición de una política económica totalmente exógena y muy alejada de las lógicas chavistas que han guiado a Venezuela y a los países asociados a ella hasta hoy. Poco quedará del periodo que se está cerrando ahora: el desplazamiento hacia el liberalismo es inminente, véase Cuba.

Los vientos globales vuelven a ser demasiado sostenidos para las carabelas latinas y el subcontinente podría volver a entrar sin demasiado esfuerzo bajo la órbita estadounidense.

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