La ´respuesta´ de Al-Sisi a los criminales de París

Mundo · Massimo Borghesi
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9 enero 2015
Que un himno de alabanza a Dios, ´Allah Akbar´ (´Alá es el más grande´), se haya convertido en un himno de muerte es sencillamente una tragedia. Como el asesinato de 12 periodistas y policías en la redacción de Charlie Hebdo en París. Un atentado con unas características que aún no están del todo claras, con implicaciones que van desde documentos “olvidados” en el coche a unos tranquilos tiempos de fuga, pasando por la escasa protección de la redacción y las armas de los terroristas.

Que un himno de alabanza a Dios, ´Allah Akbar´ (´Alá es el más grande´), se haya convertido en un himno de muerte es sencillamente una tragedia. Como el asesinato de 12 periodistas y policías en la redacción de Charlie Hebdo en París. Un atentado con unas características que aún no están del todo claras, con implicaciones que van desde documentos “olvidados” en el coche a unos tranquilos tiempos de fuga, pasando por la escasa protección de la redacción y las armas de los terroristas.

Un atentado realizado por autores islámicos, eso sí lo sabemos, y parece suficiente para crear los presupuestos de nuevos conflictos, abrir nuevas fallas, y alentar el grito de una derecha que recupera, de un modo parecido a los terroristas, el lenguaje guerrero del odio y el desprecio. Una derecha que en Francia no solo se encuentra en el Frente Nacional de Marine Le Pen sino también en la literatura. La última novela de Michel Houellebecq, “Soumission” (Sumisión), que acaba de llegar a las librerías francesas, imagina una Francia gobernada, en el año 2020, por una sección local de los Hermanos Musulmanes. Justo a esta novela estaba dedicada la última portada de Charlie Hebdo.

La barbarie los asesinos islamistas ha desencadenado el rechazo en toda Europa, como era previsible. Hay reacciones de todo tipo. En Italia, en el banco de los acusados se ha sentado al “buenismo”, empezando por el cristiano. Si ya en los últimos meses había quien había pronunciado el “j`accuse” al Papa por no haber pronunciado el nombre del islam como enemigo número uno de Occidente y del cristianismo, esas voces son ahora gritos tumultuosos.

En el periódico Il Foglio, Camillo Langone se pregunta: “¿Por qué los coranistas en vez de sacerdotes matan a dibujantes? Porque la verdad sobre el Corán no la dicen los sacerdotes sino los dibujantes. ¿Por qué en vez de a los políticos atacan a los dibujantes? Porque los que nos defienden del Corán no son los políticos sino los dibujantes. Los coranistas han identificado al único auténtico adalid contra la sumisión de Europa a su nefasto libro, un adalid que se llama Libertad de Expresión, han notado hasta qué punto ha sido corroído por la carcoma de lo políticamente correcto y han empezado a hacerlo estallar. Los muertos de Charlie Hebdo no son simplemente víctimas, son mártires. A pesar de que el periodismo satírico no parezca tener credenciales para generar figuras tan ejemplares. Son otras las instituciones habilitadas para producirlos. Habría sido mejor para la Iglesia, para el honor de la Iglesia, que hubieran disparado a algún obispo; y para el Estado, para el honor del Estado, que hubieran disparado a algún ministro: pero lamentablemente a Alá la sangre tibia no le gusta”.

El delirio de Langone, cuya “oración” parece una blasfemia, no es aislado. El islamismo terrorista, ayer de Al-Qaeda hoy del Isis, provoca, a contragolpe, el emerger del alma negra que lo políticamente correcto esconde pero ante la cual es impotente. Algo políticamente correcto que no solo no es capaz de responder a las preguntas de la derecha, sino que ni siquiera es capaz de ayudar a la parte auténtica del islam, la que lucha por un rostro liberal de la razón. Si los terroristas, mimados en su momento por los servicios secretos americanos y europeos por su función anti-Assad, hacen su sucio oficio no hay por qué sorprenderse. Lo que en cambio sorprende es la falta de un pensamiento, en Europa, capaz de medirse con el desafío que plantea el islam radical. No solo ni en primer lugar a nosotros sino, ante todo, al mundo islámico.

No basta con afirmar, como hacen muchos líderes islamistas, que el terrorismo no tiene nada que ver con el islam. Ni basta con retomar la hipótesis de que detrás de los terroristas suele haber manos interesadas. Para responder adecuadamente a las críticas y disipar la niebla, hace falta más que eso. Hace falta una revisión que permita criticar de raíz la reducción teológico-política de la fe realizada por una importante corriente del islam contemporáneo. Es lo que ha pedido, con coraje y determinación, no un teólogo sino el actual presidente de Egipto, Abdel Fattah al-Sisi, en una importantísima intervención dirigida con motivo del año nuevo a expertos y líderes religiosos de la Universidad Al Azhar de El Cairo. Una intervención que los medios occidentales han ignorado.

El mundo islámico, ha dicho Al-Sisi, no puede ser percibido como una “fuente de ansia, peligro, muerte y destrucción” por el resto de la humanidad. Los guías religiosos del islam deben “salir de sí mismos” y favorecer una “revolución religiosa” para arrancar el fanatismo y reemplazarlo por una “visión más ilustrada del mundo”. Si no lo hacen, asumirán “delante de Dios” la responsabilidad por haber llevado a la comunidad islámica por caminos ruinosos. Para Al-Sisi, el islam actual debe liberarse de un “pensamiento erróneo”, caracterizado por ideas y textos que “hemos sacralizado en los últimos años”, que conduce a toda la comunidad islámica a enemistarse con el mundo entero. “¿Cómo es posible que 1.600 millones de personas puedan pensar que solo pueden vivir si eliminan a los 7.000 millones de habitantes restantes en el mundo? ¡No, es imposible!”.

El discurso de Al-Sisi tenía un fuerte tono de advertencia, sobre todo a los guías religiosos del mundo islámico. “Lo que estoy diciendo” –dijo el presidente egipcio– “no lo podéis entender si seguís atrapados en esa mentalidad. Debéis salir de vosotros mismos y observar este modo de pensar desde fuera, para arrancarlo y reemplazarlo por una visión más ilustrada del mundo. (…) El mundo entero está esperando vuestro próximo movimiento. Porque la Umma islámica está siendo lacerada, destruida y se está perdiendo por obra de nuestras propias manos”. En el contexto actual, este discurso adquiere una importancia fundamental y documenta cómo Egipto ha recuperado una función de liderazgo en el mundo islámico, una función que hasta hace pocos años parecía desempeñar la Turquía de Erdogan.

La excepcionalidad del discurso del presidente egipcio no ha escapado a algunos columnistas católicos. Para Riccardo Radaelli, se trata de “frases probablemente nunca pronunciadas antes en el corazón de Al-Azhar, donde desde hace tiempo prevalecen las voces apologéticas ante la tradición islámica más rígida. Ciertamente, sus máximas autoridades siempre han condenado a los extremistas y al terrorismo de Al-Qaeda o del autoproclamado califa Al-Baghdadi, y han ofrecido varias veces destellos de diálogo religioso. Pero demasiado a menudo se han autolimitado por el respeto formal de la tradición, aparentemente incapaces de moverse desde una perspectiva que no fuera islámico-céntrica” (Avvenire). También han señalado la importancia del discurso L`Osservatore Romano y Sandro Magister en su blog, Settimo Cielo: “La revolución pacífica que el islam necesita imperiosamente”. En el lado “laico” –me refiero a la prensa italiana– han señalado la noticia Maurizio Molinari en La Stampa y Sergio Romano en el Corriere della Sera. Más allá, quién sabe por qué, no aparece.

Esta miopía de los medios occidentales sobre un acontecimiento tan relevante, no solo para el mundo islámico sino claramente también para nosotros, documenta ese vacío de pensamiento del que hablaba antes, esa incapacidad de Occidente para medirse con el islam contemporáneo. Una incapacidad “sospechosa”, que tiende a poner en un segundo plano, o a dejar en silencio, esas voces que van contracorriente, casi como si lo que verdaderamente se quisiera fuese el conflicto, el “choque de civilizaciones”.

El atentado de París muestra de manera evidente la impotencia de lo políticamente correcto, del relativismo cultural, y la legítima reacción que en Francia ya se ha expresado en agresiones a miembros y sedes de la comunidad islámica. Ambos –relativismo y reacción– se obturan al no distinguir, al ver un islam todo blanco o todo negro. Ninguno de los dos entiende, o fingen no entender, que el islam sufre hoy en su seno un grave problema, un bubón de veinte años caracterizado por un radicalismo teológico-político análogo al que hizo estallar al mundo “cristiano” en los años 70, cuando las teologías políticas influenciadas por el marxismo no dudaron en armarse en nombre de una fe reducida con el pretexto ideológico de dominar el mundo.

Este delirio de la mente que fascina a parte del islam actual, con la complicidad de ciertos juegos políticos de Occidente, se “cura” ayudando, sobre todo, a la parte sana del islam. Esta es la tarea actual, difícil, ardua, obstaculizada por aquellos que no quieren tener noticias, tanto en el mundo árabe como en Europa o EE.UU, de paz. Lo que estos conocen es el antiguo lema “divide y vencerás”. El atentado de París, exacerbando los ánimos, contribuye a esa división.

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