Estampas de Tierra Santa

La religión ideologizada

Mundo · José Miguel García (Jerusalén)
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12 mayo 2009
Durante este viaje a Tierra Santa Benedicto XVI interviene con frecuencia acerca de la relación entre fe y razón, las bases de una verdadera paz, la aportación de la religión a la sociedad y la cultura. Ayer, en un encuentro interreligioso que tuvo lugar en el Centro Notre Dame de Jerusalén, junto a la ciudad vieja, retomó este último tema subrayando ante los presentes la unidad y el trabajo común de las tres grandes religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam.

Desde el inicio subrayó la tradición común, eligiendo como motivo de reflexión la figura de Abraham, el padre común. Sin ocultar las diferencias y dificultades que pueden surgir en este diálogo, llamaba la atención sobre Aquél que está en el origen como fuente de unidad: "Lo que es propio de la persona no se expresa jamás plenamente a través de la cultura suya, sino que lo trasciende en la constante búsqueda de algo más allá. En esta perspectiva, queridos amigos, vemos la posibilidad de una unidad que no depende de la uniformidad. Mientras las diferencias que analizamos en el diálogo interreligioso pueden a veces aparecer como barreras, sin embargo no deben oscurecer el sentido común del temor reverencial y de respeto por el Universal, el Absoluto y por la verdad que empuja a las personas religiosas a establecer relaciones entre ellas". Hay, pues, una unidad que nos precede: el Misterio que el hombre reconoce gracias a su sentido religioso. Y toda nuestra naturaleza, sedienta de esta Presencia original, tiende constantemente hacia ella, siempre en una búsqueda continua a través de las realidades de este mundo. Según la bella expresión de Montale: "Bajo el azul del cielo algunos pájaros de mar se marchan; no se paran jamás, porque todas las imágenes llevan escrito: más allá, más allá".

Un poco más adelante indicaba la gran aportación que cualquier fe religiosa, cuando es vivida de forma auténtica, realiza en la sociedad: "La fe religiosa presupone la verdad. El creyente es aquél que busca la verdad y vive conforme a ella… Juntos podemos proclamar que Dios existe y que puede ser conocido, que la tierra es su creación, que somos sus criaturas, y que nos llama a un estilo de vida que respete su designio para el mundo". E inmediatamente afirmaba la existencia de un criterio común a todos los hombres que permite reconocer la verdad, la presencia de lo divino, y por tanto construir juntamente una sociedad más justa, más humana: "Amigos, si creemos tener un criterio de juicio y discernimiento que es divino en su origen y destinado a toda la humanidad, entonces no podemos cansarnos de llevar tal conocimiento para influir en la vida civil. La verdad tiene que ser ofrecida a todos; sirve a todos los miembros de la sociedad. Ilumina los fundamentos de la moral y la ética, penetra la razón con la fuerza de ir más allá de sus límites para expresar nuestras más profundas aspiraciones comunes. Lejos de amenazar la tolerancia de las diferencias o la pluralidad cultural, la verdad hace posible el consenso y mantiene razonable, honesto y verificable el debate público, abre el camino a la paz. Promoviendo la voluntad de ser obedientes a la verdad, de hecho, se alarga nuestro concepto de razón y su ámbito de aplicación, y hace posible el diálogo genuino de las culturas y de las religiones, del que hoy tenemos una necesidad especial".

El Papa repite de mil formas la gran tarea que la religión tiene en la construcción del bien común, de una sociedad civil más humana. La religión cuando es vivida en su relación genuina con el Misterio. Cuando en lugar del Creador se coloca el proyecto político o la identidad nacionalista, la religión cae en una ideología degradante,  portadora de división y guerra. El ejemplo más elocuente lo hemos visto en el mismo acto de Notre Dame. Al finalizar el discurso del Papa ha intervenido, fuera de programa pero con la anuencia de algún responsable allí presente, el juez supremo de la Sharia en Palestina, el Sheik Taysir al-Tamimi. En un discurso violento, gritado como una soflama política, ha criticado delante del Papa y los presentes la actuación del Estado de Israel en la reciente guerra de Gaza y ha convocado a una lucha contra el judaísmo. Ha sido el ejemplo viviente de cómo la religión, reducida a una cuestión ideológica, puede ser fuente de división y violencia. Sorprendentemente este personaje había ya realizado un discurso semejante durante la peregrinación de Juan Pablo II a Tierra Santa en el año 2000. ¿Cómo es posible que se le haya permitido hablar una vez más? ¿Acaso es el representante oficial del Islam en esta tierra? Si fuera así, mucho hemos de temer que el diálogo interreligioso es más una apariencia que realidad. De hecho, una consecuencia inmediata de esta intervención fuera de lugar ha sido el rechazo del rabino jefe de Haifa, Shear Yashuv Cohen, presente en el acto, a participar en el comité interreligioso mientras siga siendo miembro del mismo el juez musulmán.

Seguramente no será la única consecuencia. Es una pena que un acto que debía servir para favorecer el diálogo interreligioso se haya convertido en motivo de disputa y división. Es indudable que gran parte de responsabilidad cae sobre los organizadores del acto por permitir hablar a tan exaltado individuo. Mientras que el Papa se esfuerza por favorecer el diálogo y la paz, proclama la dignidad humana y la gran aportación de las religiones a la sociedad civil, un descuido o falta de criterio de sus colaboradores destruye o dificulta todo su trabajo. Después de ver con mis propios ojos lo sucedido, me ha venido a la mente las palabras que leemos en el Cantar del Mío Cid: "Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore"; aunque aquí el dicho lo deberíamos repetir al revés: "Dios, que buen señore, si oviese buen vassallo".

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