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La redención posible

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2 diciembre 2013
España vive escandalizada por las consecuencias de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo del pasado mes de octubre. Se suceden las salidas de la cárcel de terroristas de ETA que no muestran arrepentimiento y de personas condenadas por “grandes delitos” como el asesinato o la violación. Personas, que a juzgar por lo que dicen los criminalistas,  siguen siendo una amenaza para la sociedad.  

España vive escandalizada por las consecuencias de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo del pasado mes de octubre. Se suceden las salidas de la cárcel de terroristas de ETA que no muestran arrepentimiento y de personas condenadas por “grandes delitos” como el asesinato o la violación. Personas, que a juzgar por lo que dicen los criminalistas,  siguen siendo una amenaza para la sociedad.  

El sistema franquista de cómputo de penas permitía no cumplir íntegra la condena. Los gobiernos socialistas no cambiaron la herencia de la dictadura. La reforma llegó tarde, en 2003. Y en 2006 los jueces inventaron una fórmula para frenar las excarcelaciones que ahora Estrasburgo ha anulado cuando se aplica de forma retroactiva. Resultado: los que fueron condenados a cientos de años de prisión la abandonan relativamente pronto.

El acuerdo en  la opinión pública es  altísimo. Entre un 60 y un 80 por ciento de los españoles rechaza la decisión del tribunal europeo. En el caso de los miembros de ETA,  las excarcelaciones han venido acompañadas de celebraciones. Los liberados son recibidos como héroes en sus pueblos. La banda terrorista, derrotada por la actuación policial, está  intentado aprovechar el momento para construir un relato de victoria.

Lo que está haciendo ETA indigna, pero era esperado. Quizás es mayor el escándalo de  la  puesta en libertad de los que fueron condenados por delitos comunes. Es como si se hubiera descubierto, de repente, que la reinserción no funcionara automáticamente. Voces de izquierda y derecha se alzan para reclamar realismo al Estado del Derecho. E incluso se llega a teorizar que no se ponga en libertad a quien no esté “curado”.

Mientras tanto, en el Parlamento, se tramita una reforma del código penal que parece recoger esa demanda de realismo al desarrollar la “cadena perpetua revisable”. Cuando se apruebe,  los condenados por delitos graves no saldrán de prisión sino acreditan que están rehabilitados. El debate es intenso entre los juristas. Algunos la consideran contraria a la Constitución. La Carta Magna española consagra el principio de reinserción. Y desde luego hay que estar pendientes de que la corrección del “buenismo penal” no suponga la conculcación de ese principio. El que está en la cárcel tiene derecho a rehacer su vida. Las palabras de Francisco, el hombre que ama a  los presos, son una  buena indicación de cómo mirar a las cárceles.  ´¿Por qué él y no yo?, ¿Por qué él ha caído y yo no?. Es un misterio que me acerca a ellos´, dice el Papa.

Más allá del debate jurídico, lo interesante del caso de las excarcelaciones es que ha puesto a la sociedad española ante algo que a los modernos nos cuesta aceptar: el carácter irreductible del mal. Asumiendo viejas teorías hemos creído que el delito era una patología de la mente o de la sociedad.  Nuestra psiquiatría de andar por casa, que tiene poco que ver con la científica, nos hace pensar que el origen del daño puede ser analizado, procesado y neutralizado si se opera con cierta habilidad en la profundidad de la mente o en la sociología. Es quizás la última ilusión que nos ha dejado el mito del progreso. Pero el  realismo nos obliga a reconocer que ese punto oscuro permanece indescifrable en los grandes delincuentes y, en menor escala, en todos. La auto-redención no existe. Siempre hace falta auxilio de fuera.

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