La realidad más real

Editorial · Fernando de Haro
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26 diciembre 2021
En su último libro La vida pequeña, J.A. González Sainz describe con humor negro el resultado de uno de sus “intentos de retirada”.

El fruto de una de las huidas de la realidad de las que hablaba Julián Carrón en su artículo de Nochebuena no fue precisamente agradable. El escritor español, en su juventud más soñadora, huyó al menos durante un día en busca del paraíso a una estupenda y solitaria playa de la isla de Menorca. Caminó durante horas bajo el sol, buscó y rebuscó caminos y sendas hasta encontrar, por fin, un agua clara y azul, de un azul feliz. Se bañó en ella tal y como había venido al mundo, disfrutando de un lugar donde no llegaba la explotación capitalista, donde el instante satisfacía todos los deseos, donde todos los presentes posibles se agolpaban como si hubiese alcanzado la eternidad.

Mientras el novelista era todo gozo, fue alcanzado por los excrementos que acababa de lanzar un barco. Confiesa que desde entonces quedó mortalmente herido su ideal de huida. Había llegado a lo que le parecía el cielo, él huyendo de todo, y se encontró con un metabolismo satisfecho que le frotó su nada en la cara. Confiesa que “salí de allí hecho un héroe para la comprensión”. Comprendió que ciertas huidas no traen la paz.

No sirven las escapadas, por eso, apunta González Sainz, “vivimos lo más del tiempo agobiados, jorobados (…). Jorobados por el trabajo y jorobados aún más por el ocio, por las adversidades y hasta por la fortuna. (…) Opinamos, eso sí, opinamos todo el rato”. Es lo propio de “un mundo que se ha venido abajo; ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia, pero ahora nos ha pillado en Babia (…) Nuestro tren iba a mucha velocidad, a mucha más de lo que hubiésemos imaginado”. Hemos vivido en un mundo que nos parecía sólido, hasta las rutinas de nuestras quejas nos parecían sólidas. Y ahora nos damos cuenta de que no sabíamos lo que era bueno. Hemos vivido “tan sobre ascuas siempre, con la mente tan puesta de ordinario en otro momento distinto a aquel en el estábamos, en otra cosa distinta a aquella con la que estábamos, tan en otro lugar y en otro tiempo futuro que nuestros momentos de diario parecían perdidos de antemano”.

Así como hemos vivido y seguimos viviendo quedamos indefensos, desfallecidos. “Te parece que no vas a poder levantarte, o que ni siquiera merece ya la pena levantarse; lo único que quisieras es dormir y dormir y despertarte en otro mundo”. Pero hay algo en nosotros que no se rinde, casi sin querer, “desde un cansancio profundo y existencial” no puedes dejar de “oír voces lejanas entre los ruidos (…) signos en la niebla que daría lo que fuera por saber interpretar correctamente”. “Miras, miras dolorido y con ahogo a ver de qué mano podrías ahora cogerte”. González Sainz, recordando a Camus, señala que vivimos “con la sospecha de que existe otra cosa”. Con la sospecha de que “además de ganarse uno la vida como pueda, de tratar de divertirse de los modos que a uno le divierten, existe también otra cosa y esa otra cosa (…) puede tener el poder de transformarlo todo, de hacerlo bueno o verdadero o embellecerlo todo, los hábitos, la vejez, el trabajo, el dolor y el amor y la alegría”.

Y es que nada no es suficiente. Estaríamos siempre todo en cada momento, “pero ese todo que está resulta que no es suficiente (…) nos dejamos dominar por una carencia siempre de algo en todo, de otro momento en ese momento”.

El escritor español, que no es creyente, propone “bajarse de las Mayusculas”. “Hasta Dios –añade– al hacerse hombre, se apeó de su Mayúscula”. Por eso hay que saber ver cada momento, “hay que poder verlo y acogerlo, dar cabida a lo que hay, abrirle paso y desplegarlo. Y nosotros no somos acogedores, somos conseguidores. No acogedores de lo que hay sino conseguidores de lo que aún no hay”. No es conveniente la posición del conseguidor, porque “la vida tiene siempre lugar literalmente en un momento dado, (…) lo que se nos da en ese momento dado no se nos da en recompensa ni en mérito, sino gratuitamente y nosotros lo perdemos de entrada”. “Las personas verdaderamente alegres saben que en cada momento de la realidad, sea cual sea, ya está todo”.

Fue esa la experiencia que le marcó siendo muy niño, cuando se escapó de su casa y se refugió mientras llovía en una caseta de leña. Allí le alcanzó “el asombro del ahora, asombro de existir, ante lo que existe, y comunión de existencia”. El niño que fue ahora quiere huir, pero no “huir de la realidad sino huir a la realidad, a una realidad más real que la que creemos real y tenemos por real”. Para hacer este viaje a “la realidad más real” de la que habla González Sainz, estos días tenemos ante nuestros ojos un hecho humano, real, que cuestiona nuestras retiradas.

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