La promesa de Francisco

Mundo · Giuseppe Frangi
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22 octubre 2015
No hay mejor desmentido a los rumores de una presunta enfermedad del Papa que las palabras que pronunció durante la audiencia del miércoles, que volvió a dedicar como viene haciendo últimamente al tema de la familia. Palabras que llaman la atención por su lucidez, libertad y laicidad al mismo tiempo. Pocas personas como Francisco saben captar la condición del hombre de hoy, sus fragilidades y las dudas que se insinúan en su conciencia. 

No hay mejor desmentido a los rumores de una presunta enfermedad del Papa que las palabras que pronunció durante la audiencia del miércoles, que volvió a dedicar como viene haciendo últimamente al tema de la familia. Palabras que llaman la atención por su lucidez, libertad y laicidad al mismo tiempo. Pocas personas como Francisco saben captar la condición del hombre de hoy, sus fragilidades y las dudas que se insinúan en su conciencia. La suya es una mirada, por decirlo de alguna manera, sociológicamente precisa, en cuanto que no distingue entre los que están del lado adecuado y los que no. Porque es consciente con realismo de que todos estamos expuestos a los vientos que desestabilizan este momento histórico. En la audiencia destacó concretamente una palabra humanamente grandiosa, una palabra que hoy se mira con un poco de temor y recelo: la palabra promesa. “En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar parece muy debilitado”, explicó Francisco. “Por un lado, porque un derecho malentendido a buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquier relación, se exalta como principio no negociable de libertad. Por otro lado, porque se confían exclusivamente a la constricción de la ley los vínculos de la vida en relación y del compromiso por el bien común”.

Promesa es una palabra que comprende una cierta audacia. La etimología nos explica su significado como “poner delante” o “poner en presencia de”. Dos matices que convergen. Poner delante significa anticipar algo que se refiere al futuro. Quiere decir lanzar el corazón más allá del instante presente, suscribir un pacto de confianza respecto a lo que vendrá. Luego la promesa es un acto individual, pero requiere siempre la existencia de una relación. Se promete a alguien. En este sentido es un acto público, un acto que lleva a la persona a salir de sí misma. Es un antídoto contra las grandes patologías de nuestro tiempo, poco cambia ya se llamen narcisismo, egoísmo o autorreferencialidad. Son todas posiciones que identifican a un hombre atrincherado en sí mismo, en una especie de auto-asedio. Un hombre que ya no es capaz de ese ímpetu que genera la promesa.

Habría que decir que más aún que la infidelidad a las promesas, el drama de hoy consiste en una especie de anorexia de la promesa. Y que no hay promesas malas, porque toda promesa se genera a partir de una predisposición positiva. En resumen, en cierto sentido es buena por definición.

Pero Francisco subraya en su itinerario dos factores intrínsecos a la promesa que le dan una dimensión completa. Ante todo, dice que en el momento en que genera un vínculo sin quitar libertad, la promesa pone en evidencia un componente propio de misterio. Vínculo y libertad son dos conceptos en teoría contrapuestos, que en cambio aquí conviven: es algo que se experimenta viviendo, pero que es difícil de explicar según categorías propias de la lógica humana.

El otro factor de la promesa es el milagro. Porque tener fe en una promesa nunca puede exigir el resultado de un esfuerzo humano –no es realista imaginarlo– pero siempre necesita de Otro que la sostenga. “Es necesario sustraer de la clandestinidad el milagro cotidiano de hombres y mujeres” que tienen fe en la promesa, dijo el Papa en uno de los momentos más hermosos de su audiencia: “La fidelidad a la promesa siempre va confiada a la gracia y a la misericordia de Dios”. Al hablar de milagro, Francisco capta en la fidelidad del amor un signo visible del amor de Dios. “Digo milagro porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad a pesar de todo no dejan de sorprendernos. Ninguna relación amorosa llega a la altura de nuestro deseo si no llega a albergar este milagro del alma”. Este milagro que es la energía de la promesa.

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