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La profecía de Ratzinger

Mundo · José Luis Restán
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26 febrero 2013
Concluían los famosos años 60 del pasado siglo, tiempo de tremendas convulsiones dentro y fuera de la Iglesia. Un joven y prometedor teólogo, que había demostrado su raza en el estudio pero también en los duros debates con los revolucionarios en las aulas de su universidad, fue provocado a responder sobre el futuro de la Iglesia. Le propusieron una cifra redonda, el 2000. ¿Qué sería de la Iglesia en ese horizonte, por entonces todavía lejano?

Concluían los famosos años 60 del pasado siglo, tiempo de tremendas convulsiones dentro y fuera de la Iglesia. Un joven y prometedor teólogo, que había demostrado su raza en el estudio pero también en los duros debates con los revolucionarios en las aulas de su universidad, fue provocado a responder sobre el futuro de la Iglesia. Le propusieron una cifra redonda, el 2000. ¿Qué sería de la Iglesia en ese horizonte, por entonces todavía lejano?

Joseph Ratzinger comenzó con ironía, recordando una vieja historia: Pío VI permanecía secuestrado por las tropas de la joven república francesa y murió prisionero en Valence en 1799. Uno de los revolucionarios había escrito: ´Este viejo ídolo será destruido. Así lo quieren la libertad y la filosofía… Es de desear que Pío VI viva todavía dos años, para que la filosofía tenga tiempo de completar su obra y de dejar a este lama de Europa sin sucesor´. Tan mal pintaba la cosa que se hicieron oraciones fúnebres por el papado, que se daba ya por definitivamente extinguido. Así que pese a los nubarrones, decía el joven Ratzinger, seamos cautos en nuestras previsiones.

Era un momento de efervescencia y disenso salvaje, que hizo sufrir profundamente a Pablo VI. Pero Ratzinger miraba lejos: ´de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad´. Todo esto requeriría de los católicos  aprender a estar presentes en una circunstancia histórica nueva, como dijo tantos años después en su viaje a Portugal.

Pero volvamos al joven teólogo muniqués. Afirmó que se necesitarían muchos cambios pero en ellos ´la Iglesia encontrará de nuevo y con toda determinación lo que es esencial para ella, lo que siempre ha sido su centro: la fe en el Dios trinitario, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, la ayuda del Espíritu que durará hasta el fin. La Iglesia reconocerá de nuevo en la fe y en la oración su verdadero centro y experimentará nuevamente los sacramentos como celebración y no como un problema de estructura litúrgica´.

No se hacía ilusiones sobre los costes de este camino: ´el proceso de la cristalización y la clarificación le costará a la Iglesia muchas fuerzas preciosas. La hará pobre, la convertirá en una Iglesia de los pequeños. El proceso resultará aún más difícil porque habrá que eliminar tanto la estrechez de miras sectaria como la voluntariedad envalentonada´.  Pero también preveía un cambio profundo en la situación cultural europea: ´los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y entonces descubrirán la pequeña comunidad de los creyentes como algo totalmente nuevo. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas´. Así pues la Iglesia  ya no sería  la fuerza dominante en la sociedad, como lo era hasta hace poco tiempo. ´Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte´. Efectivamente Benedicto XVI está al final de lo viejo y al principio de lo nuevo, como le ha reconocido a Peter Seewald. 

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