La polémica francesa entre islamosfera e islamofobia

Mundo · Jean Duchesne
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20 diciembre 2017
Recientemente se ha desatado en Francia una polémica en torno al islam que resulta un tanto extraña desde muchos puntos de vista. En primer lugar, porque solo una minoría de los protagonistas de la discusión es musulmana y se toman en consideración aspectos muy superficiales del islam. También porque el debate empezó por una serie de declaraciones de responsables de movimientos asociativos que en su momento no llamaron la atención pero luego su circulación por redes sociales desató toda una cadena de reacciones.

Recientemente se ha desatado en Francia una polémica en torno al islam que resulta un tanto extraña desde muchos puntos de vista. En primer lugar, porque solo una minoría de los protagonistas de la discusión es musulmana y se toman en consideración aspectos muy superficiales del islam. También porque el debate empezó por una serie de declaraciones de responsables de movimientos asociativos que en su momento no llamaron la atención pero luego su circulación por redes sociales desató toda una cadena de reacciones.

A partir de ahí ciertos medios, sobre todo Le Figaro Magazine, sirvieron de megáfono cuando aún no habían despertado pasiones entre el gran público, al que le cuesta tomar postura. La perplejidad que produce esta indiferencia nace sobre todo del hecho –y este es el tercer elemento desconcertante– de que los dos campos opuestos están todavía poco definidos y pertenecen a ámbitos de lo que se sigue llamando “la gauche”, la izquierda, aunque no está del todo claro qué significa esto tanto política como filosóficamente.

El objetivo no era solo el islam

Ninguna de las dos facciones rivales se ha dado un nombre. Por un lado está la “islamofobia”, la corriente en la que empezaron los ataques. El objetivo no era explícitamente el islam sino las religiones en general, punto de mira en virtud de la amenaza que representan para la laicidad.

En esta corriente encontramos organizaciones como los Printemps Républicain (con el sociólogo Laurent Bouvet, el filósofo Marcel Gauchet, el politólogo e islamólogo Gilles Kepel), el Gran Oriente de Francia (la principal obediencia masónica, ferozmente anticlerical desde hace 150 años), la LICRA (Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo, que pronto cumplirá cien años y que se opone, en nombre de la igualdad y de los derechos del hombre, a las expresiones públicas de las especificaciones culturales), personalidades como el exprimer ministro Manuel Valls o el académico Alain Finkielkraut (que parece considerar al islam como intrínsecamente represivo), así como partisanos del movimiento político La France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon. La mayoría de esta gente pide que “la religión quede confinada entre las paredes de casa o los lugares de culto” y se haga lo más discreta posible en la sociedad, esperando, piensan, su ineluctable desaparición, como requeriría “el sentido de la historia”.

Si bien el cristianismo tiende a considerarse hoy como minoritario, el judaísmo lo es, digamos, constitutivamente y, a pesar de sus progresos, también sigue siendo minoritario el budismo, este discurso antirreligioso tiene como objetivo tácito al islam, sospechoso de ambiciones de conquista. La acusación se vuelve directa cuando se trata de la condición de las mujeres y del “conservadurismo moral” de la tradición musulmana.

Este prejuicio antirreligioso que se concentra en el islam es acusado de “islamofobia” por parte de aquellos que definen “islamofobia” como “islamosfera”. Dentro de esta corriente hay asociaciones que trabajan sobre el terreno, como el CCIF (Comité contra la Islamofobia en Francia), Coexister (que trata de promover el diálogo interreligioso), pero también el Observatorio de la Laicidad, ideado por los presidentes Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy, e instituido por François Hollande. Presidido por Jean-Louis Bianco (secretario general del Elíseo con François Mitterrand, y después diputado y ministro socialista), este organismo oficial también se esfuerza por dar y reconocer al islam un espacio en Francia, animándolo a respetar las leyes republicanas, partiendo del presupuesto de que esto es posible, que no hay incompatibilidad y que no hay que confundir la religión pacífica de la gran mayoría musulmana con el fanatismo islamista, espectacular pero marginal.

Una franja más radical y menos estructurada de esta “islamosfera” considera que los musulmanes son víctimas del colonialismo y del racismo, y que por tanto tienen el derecho, si no el deber, de afirmarse y rechazar el liberalismo, el capitalismo y en general la dominación de Occidente. Entre estos, hay defensores de Jean-Luc Mélenchon, que ha hecho decir al filósofo Pascal Bruckner (que se ha encontrado endosada así la etiqueta de “islamófobo”) en el semanario Valeurs Actuelles que esta izquierda “odia a Francia no porque oprime a los musulmanes sino porque los libera”, ofreciéndoles los “valores” del lema “libertad, igualdad, fraternidad”. Bruckner también ha subrayado la incoherencia que existe en condenar al silencio a los párrocos y dar la palabra a los imanes.

Un islamismo cultural que favorece el comunitarismo

En esta diatriba se encuentran los musulmanes de ambos bandos. El presidente de Printemps Républicain es Amine el-Khatmi. El escritor Kamel Daoud ha sido tachado de “islamofobia” por deplorar la “miseria sexual” en el mundo árabe-musulmán. Por otra parte, la UOIF (Union des Organisations islamiques de France, creada en 1983, cercana a los Hermanos Musulmanes y que intenta suplantar a las asociaciones más antiguas y consideradas moderadas, ligadas tanto a Argelia como a Marruecos) no pertenece al ámbito de la “islamosfera” en el sentido estricto del término, pero las libertades que reivindica en favor de un islamismo cultural favorecen el comunitarismo, que pone en acto mediante sus obras sociales, entre ellas las escuelas.

La controversia entre “islamofobia” e “islamosfera” supone por tanto una crisis más entre los que ya han roto con la “gauche” francesa y los que están a punto de hacerlo. Las polémicas reflexionan esencialmente sobre las dificultades para reconocer y gestionar en la sociedad a un número de musulmanes que estiman entre cinco y ocho millones, la mitad de los cuales probablemente están secularizados y el resto muy divididos entre sí.

Estos debates entre intelectuales típicamente franceses tienen pocas posibilidades de ayudar al islam a hallar en sí mismo, algo que probablemente solo él puede hacer, los recursos que le permitirán existir serenamente en una situación que no es ni la de una mayoría opresiva ni la de una minoría oprimida.

Oasis

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