La poesía teológica de Margherita Guidacci

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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20 junio 2017
Hace 25 años, en junio de 1992, fallecía en Roma Margherita Guidacci, poeta y ensayista, una de las principales representantes de la poesía de inspiración cristiana del siglo XX. No es una escritora demasiado conocida en España, y ni siquiera en su Italia natal fue siempre comprendida. Sin embargo, Guidacci despertó mi interés tras la reciente lectura de uno de sus artículos que parecía escrito hoy mismo. Lo publicó hace unos días L’Osservatore Romano, y en él se denunciaban los peligros de vivir en un mundo mecanocéntrico, en el que las máquinas desplazan a las relaciones humanas. 

Hace 25 años, en junio de 1992, fallecía en Roma Margherita Guidacci, poeta y ensayista, una de las principales representantes de la poesía de inspiración cristiana del siglo XX. No es una escritora demasiado conocida en España, y ni siquiera en su Italia natal fue siempre comprendida. Sin embargo, Guidacci despertó mi interés tras la reciente lectura de uno de sus artículos que parecía escrito hoy mismo. Lo publicó hace unos días L’Osservatore Romano, y en él se denunciaban los peligros de vivir en un mundo mecanocéntrico, en el que las máquinas desplazan a las relaciones humanas. Pensé en el uso prolongado e insaciable de los dispositivos electrónicos con todas sus secuelas de aislamiento y deshumanización, y solo pasado un tiempo me di cuenta de que era un artículo escrito hace varias décadas, aunque no había perdido nada de su fuerza expresiva.

Margherita Guidacci reconocía la existencia de dos épocas en la historia de Occidente, identificados con el Medioevo y la Modernidad: un período teocéntrico y otro antropocéntrico. Lo habitual para muchos intelectuales, y para otros que no lo son tanto, es contraponer los dos períodos, enfrentarlos y apostar por el triunfo inexorable de una de estas dos concepciones de la vida en un supuesto reino de este mundo. En cambio, Guidacci no creía en ese antagonismo perpetuo entre el hombre y Dios. El cristianismo no es una religión de las disyuntivas sino de las integraciones, simbolizada por la conjunción y. La escritora recuerda que el cristianismo abarca lo temporal y lo espiritual, porque Cristo es a la vez Dios y hombre. Sin embargo, al presentar nuestro tiempo como una época mecanocéntrica, Guidacci está certificando que los seres humanos han terminado por desconfiar de la fe y de la razón. Han puesto exclusivamente sus esperanzas en la tecnología, lo que les aleja tanto de la naturaleza como de Dios. Así, la vida humana se concibe como una perfecta imitación de la máquina. Pero Margherita Guidacci, que amaba a la vez la literatura y las matemáticas, sabía muy bien que esto era falso.

Suele ser frecuente que quienes hacen un diagnóstico de la situación del mundo se dejen llevar por la estéril nostalgia de una remota edad de oro. No sucede esto con Margherita Guidacci, autora siempre abierta a la trascendencia, y que no cultiva una poesía de imágenes sombrías y huérfana de significados. Sin embargo, no practicó un estilo literario fruto del ensimismamiento ante las tempranas contrariedades de su vida, marcada por la prematura muerte del padre, el abogado florentino Antonio Guidacci, o por una infancia solitaria con apenas otra compañía que la de los libros. Por el contrario, tal y como subrayan algunos críticos literarios, Margherita Guidacci cultivaba la poesía teológica. Sin embargo, la suya no es una poesía estática, ni mucho menos “contemplativa”. Sus poemas son a la vez de nostalgia de Dios y de combate, y personalmente me recuerdan a la lucha de Jacob con el ángel. Pienso que es una comparación que le habría agradado, pues consideraba la Biblia, en especial los libros proféticos y sapienciales, como una de sus principales inspiraciones.

Me ha bastado leer un breve poema para asomarme por un resquicio al universo poético de Margherita Guidacci. Lleva el título de “Tan solo la caridad”. Transcribiré, no tanto su texto exacto, sino el mensaje de unos versos dedicados a quienes han perdido la fe y la esperanza. Ya no tienen a esas dos fieles compañeras y se pierden en laberintos, mientras todo conocimiento se les escapa. Pese a todo, deberían darse cuenta de que la más grande de las tres virtudes hermanas, la caridad, sigue estando con ellos y puede inflamar todavía sus corazones transformando su soledad. En pocas líneas, toda una llamada a salir de nosotros mismos para dejarnos llevar por el Dios del amor.

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