La pitada gana la Copa del Rey

España · Juan Carlos Hernández
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29 mayo 2012
La final de la Copa del Rey de fútbol ha suscitado una fuerte polémica por temas extradeportivos. La esperada pitada al himno y a los representantes de la Monarquía ha encontrado respuestas en iniciativas como la de la Fundación DENAES o en las declaraciones de Esperanza Aguirre que quizá puedan llevar parte de razón pero en las que puede ser peor el remedio que la enfermedad.

Pero más allá de la polarización de la vida política que ha supuesto sería interesante profundizar en el fenómeno del nacionalismo. Es interesante el juicio que nos muestra la Conferencia Episcopal Española (CEE). "Por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades. La Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una opción política nacionalista. (…) La opción nacionalista, sin embargo, como cualquier opción política, no puede ser absoluta. Para ser legítima debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales".

En el caso español no faltan ejemplos del peligro que advierte la CEE. Pero no nos engañemos, si los nacionalistas han tenido esta influencia también ha sido por debilidad de los no nacionalistas. Decía Julián Marías que una tara de la izquierda española y de buena parte de la derecha era su visión negativa de la historia de España. Y es verdad, el español suele tener una visión negativa de su propia historia. La sombra de la "leyenda negra" siempre está al acecho. Cuando en realidad en la historia de cualquier país como en nuestra propia historia personal siempre podemos encontrar luces y sombras. Quizá sea esta visión negativa el caldo de cultivo adecuado en el que han surgido y se han desarrollado los nacionalismos vasco y catalán.

Una respuesta recurrente al origen de la problemática nacionalista es que tienen su origen durante el régimen franquista. Pero no es verdad ya que sus fundadores, Sabino Arana y Prat de la Riba, son muy anteriores. Distinto es que durante el régimen este problema se pudiera agudizar. Su origen es complejo. En el caso de Sabino Arana hay un claro componente racista. Supuestamente hay una mentalidad católica que se ha ido diluyendo en el tiempo. Lo que demuestra que el catolicismo del PNV era más una fachada externa que un verdadero encuentro personal de fe. No nos ha de sorprender, por tanto, como ha apoyado una Ley como la del aborto de la pasada legislatura. En el caso el nacionalismo catalán surge más como un desencanto de España. Inicialmente no tanto por un deseo de renunciar a España sino más bien de cambiarla. Estos nacionalismos llevan años tergiversando la historia y cultivando el odio. Con una cierta connivencia por parte de la izquierda dominada por un relativismo moral y por la visión que decía Julián Marías.

Suspender una final de fútbol por una pitada no es la solución que resuelva el problema de fondo, hace falta una educación que mire a la verdad histórica de estos pueblos y que supere la sospecha hacia lo español. Un cierto amor a la patria, a sus tradiciones, un sentido de pertenencia a un pueblo,… es deseable. El peligro está cuando se convierte en idolatría. Y no debemos cambiar un nacionalismo por otro sea catalán, vasco, español… o de Chamberí.

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