La pistola de Chéjov

Mundo · GONZALO MATEOS
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14 diciembre 2023
Nuestro mundo se ha vuelto inestable, impredecible, sorpresivo. Aumenta la preocupación por las amenazas globales y por la ausencia de compromisos para afrontarlos.

La obra teatral en la que estamos inmersos llegará a uno de sus actos más dramáticos el próximo año. Ya en las primeras escenas fueron apareciendo elementos inquietantes: guerras, crisis económicas, alarmas medioambientales, creciente desigualdad, déficits democráticos y la aparición de un personaje enigmático que todos llaman con un misterioso apodo: IA. Y una pistola colgada en la pared. En los próximos meses corresponde al autor, o, mejor dicho, a los autores, tomar una decisión sobre cómo continuar la trama evitando un final dramático. En 2024 más de la mitad de los habitantes del mundo (70 países) que viven en democracia serán convocados ante las urnas. Lo que podría ser una magnífica noticia en términos de participación no lo es tanto. Y no lo es porque todo indica que dichas elecciones serán principalmente ganadas por autócratas, iliberales, nacionalistas y/o populistas. Por no hablar de la madre de todas las elecciones, las de los Estados Unidos de América, que por desgracia para el resto del mundo avanza hacia terrenos nunca pisados y ciertamente inquietantes. Nuestro mundo se ha vuelto inestable, impredecible, sorpresivo. Un mundo multipolar desordenado, con nuevos actores y situaciones no previstas. Crecen las zonas de impunidad, las acusaciones de doble rasero y la desconfianza entre los estados y las regiones. Aumenta la preocupación por las amenazas globales y por la ausencia de compromisos para afrontarlos.

La dramaturgia política de este siglo ya venía marcada por una deriva argumental de la que es difícil salir. Aunque parezca difícil imaginarlo hubo un tiempo en que el debate político era algo más que la eterna discusión sobre la libertad y la igualdad, o entre los modos diversos de hacer crecer la producción o la mejor forma para distribuir la riqueza. En la tradición republicana el objeto de la política era otro. La cuestión principal era entonces cómo incrementar en los ciudadanos una conciencia de autogobierno que les permitiera ser libres en su toma de decisiones, es decir, protagonistas. El acento se ponía en el mejor modo en que los ciudadanos se sintieran responsables de su propio destino y al mismo tiempo del de los demás. Se propició que todos dispusieran de una propiedad privada, de una familia, una comunidad y un negocio, así como de otorgar prestigio social a las iniciativas privadas solidarias. Lo común no era neutro y había una propuesta positiva que proteger ante injerencias.

Pero llegó la revolución industrial y con él el capitalismo antropológico y financiero. De una democracia sustancial se pasó a una democracia procedimental. Luego tocó la revolución digital y la globalización que hizo crecer a los actores globales en poder y ambición. Los atemorizados ciudadanos nos encontramos ante un dilema: controlar a las grandes corporaciones y al mismo tiempo que nos siguieran proporcionando los mejores productos y servicios, más empleos y precios más bajos. Quisimos delegar nuestro deber de vigilancia en los estados y en las organizaciones internacionales. Ya no era posible. El coste de esta cesión iba a ser alto: el abandono de la virtud ciudadana como objeto de la política en manos de poderes no sujetos a límite. La sumisión a la economía, a la deuda y al progreso.

El objeto de la ciudadanía y la política mutó dejando todo en manos del voluntarismo, del materialismo y del individualismo. Ni la sociedad ni el estado podían imponer ni sugerir. Todo se fiaba al individuo. De lo común sólo se esperaba la garantía de la opulencia y del cómodo bienestar burgués. Cada uno a lo suyo y la mano invisible a lo de todos. Del propietario pasamos al asalariado, del ciudadano al consumidor, del adulto al adolescente. Al principio los resultados parecían que daban la razón. Durante los años noventa hubo una confianza, incluso con algo de arrogancia, por parte de políticos y economistas en que la versión occidental del capitalismo democrático había ganado. Y que, por consiguiente, las principales preguntas políticas eran ya meras cuestiones tecnocráticas. Pero los problemas volvieron a aparecer. Un duro despertar. Y algunos recordaron que no siempre había existido la idea de que la economía era un hecho inevitable de la naturaleza. Que las soluciones a los problemas del orden social no eran de carácter científico sino humano. Que no todos los modelos económicos dan igual y que los valores que nos unen como comunidad no se pueden dar por supuesto. Simplemente el problema de la vida en común. Ser libres lo habíamos conseguido, ahora el reto es ser libres juntos. La identidad individual se desbocó. Una identidad defensiva narcisista frente a las todopoderosas élites empresariales, los insaciables estados derrochadores y las leyes opresivas y los jueces que las imponen. Frente al otro. El tejido común de la comunidad se fue deshaciendo poco a poco en las familias y en los barrios, pero también a nivel de nación. Y creció el miedo social. Es por eso que algunos ya están proponiendo que ampliemos los términos de la conversación política, para incluir cuestiones como las consecuencias del desarrollo de un capitalismo tecnocrático y tecnológico que no parece encontrar límites.

 

Pensar juntos sobre la sanidad o la educación universal, el cumplimiento de la ley y del estado de derecho, la amnistía o el cambio climático o los límites de la IA no es solo una cuestión para intelectuales o para unos cuantos entendidos. No es únicamente una diatriba científica o técnica. Tampoco las resolveremos con manifestaciones y enfrentamientos callejeros. Se deberían tratar a través de conversaciones sencillas sobre nuestras obligaciones mutuas como ciudadanos. Un debate moral y cívico, no sobre la eficiencia tecnocrática, sino sobre un ideal común aglutinador fruto de la experiencia de una positividad vivida en comunidad. O como dice nuestro editorial, solo una estima concreta que surge de experiencias particulares puede sacar a relucir lo irreductible del yo.

 

Acaba de publicarse un estudio sobre las competencias cívicas de los estudiantes de quince años. Los resultados son preocupantes. Conocen poco y practican menos. En la Presidencia Española de la UE hemos aprobado unas conclusiones sobre la aportación de la educación cívica a la democracia. También en el Consejo de Europa. Hay ya un clamor: es urgente retomar la misión cívica de la educación. Como bien dice Gregorio Luri la educación actual ha sobrecargado la dimensión psicológica del alumno y ha llevado a la relegación, cuando no el olvido, de su dimensión política. Hemos puesto al niño en el centro, pero nos hemos olvidado de hacer de él un ciudadano. Nos hemos olvidado de la finalidad última de la educación, pero también de la de la economía y de la política.

Foto de archivo

Hay un principio dramático que se denomina la Ley Chéjov: “si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí”. En el próximo acto de 2024 tenemos dos posibilidades: o la disparamos contra un personaje o la disparamos al aire para despertarnos. O retomamos cada uno nuestra responsabilidad ciudadana y nos ponemos a construir juntos, relación a relación, o lo más probable es que acabemos viendo un cadáver sobre el escenario, que, con un poco de mala suerte, puede ser el de alguien o de algo que estimamos mucho. ¡Bang¡


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