La partida está abierta

Cultura · José Luis Restán
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17 agosto 2011
Después de hacer memoria de la historia viva que han generado veintiséis años de Jornadas Mundiales de la Juventud, el Cardenal Rouco introdujo este martes una flexión que no pasó inadvertida a los miles de jóvenes presentes en la madrileña Plaza de Cibeles. Les dijo que las coordenadas históricas en que ellos se mueven son distintas de aquellas en las que nacieron las JMJ, que ellos pertenecen a una nueva generación.

El cristianismo es siempre antiguo y siempre nuevo. Vive siempre de la misma fuente, de la misma memoria que se hace presente; pero se encarna en circunstancias cambiantes, genera nuevas formas de presencia, profundiza en la respuesta que debe dar a las preguntas de los hombres. Es algo que el beato John Henry Newman captó con singular perspicacia. Y era importante decirlo en Cibeles, precisamente al comienzo de esta JMJ de Madrid 2011.

Porque no se trata de una mera repetición. Se trata de descubrir llenos de asombro que la fe vivida en la Iglesia no hace ascos ni a tiempos ni a lugares. Se encarna, hermosa palabra cuya profundidad generalmente desdeñamos o reducimos. Vive el vértigo del presente, el desafío de la historia, el riesgo de la carne con sus contradicciones y dolores. Así es nuestro Dios, el Dios de Jesucristo.

En el ya lejano 1985 la historia estaba marcada por la gran división entre las libertades occidentales y el comunismo. La Europa unida del Atlántico a los Urales era un sueño (cosas de Wojtyla, decían los listos). En Latinoamérica eran habituales los regímenes de Seguridad Nacional, China apenas iniciaba el despegue. El mundo intelectual seguía dominado en grandes franjas por el marxismo en sus diversas versiones y sólo se vislumbraba la gran explosión de las técnicas biológicas que nos asoman al ensueño amargo del hombre como experimento de sí mismo.

Veintiséis años después el cuadro ha cambiado mucho. Europa tiene que revisar su sistema de bienestar, la tecno-ciencia corre el riesgo de derivar en una nueva forma de totalitarismo, la libertad religiosa se convierte más y más en un bien escaso. El Estado democrático ve secarse sus raíces filosóficas y morales, mientras se precipita hacia la tentación de programar y controlar las conciencias a través de sus poderosos instrumentos. El terrorismo global ya no es una amenaza vaga sino un zarpazo brutal sobre toda la piel del planeta Tierra. China y la India reclaman su puesto en la mesa de los grandes mientras África agoniza. 

"Sois la generación de Benedicto XVI", les dijo el cardenal Rouco, y los jóvenes prorrumpieron en un aplauso cerrado. Sois la generación que vive en estas coordenadas, y de nada sirve renegar de ellas. Hace veintiséis años contemplamos sorprendidos que el diálogo de la Iglesia con los jóvenes tenía una nueva forma, que se desplegaba con un aire y un entusiasmo inesperado, que la propuesta cristiana daba forma a una nueva presencia. Y los herederos del 68 quedaron trasquilados. Algunos arrastran su vieja rabieta hasta la Puerta del Sol.   

Pero la historia no se ha acabado, ni podemos contentarnos con la mirada tierna hacia lo que ya ha sido. Esto no se para. Ahora toca comprobar cómo la fe cristiana, vivida hoy en la Iglesia, plasma personas y comunidades capaces de afrontar los retos de esta hora. No es que la fe aporte un manual de instrucciones, es que aporta una inteligencia y una libertad inusitadas a la persona que acepta el reto de vivirla en la compañía de la Iglesia. Como dijo Benedicto XVI, los cristianos sólo contribuiremos decisivamente al bien de este nuestro mundo, si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, de esta realidad, apasionante y dramática, bella y tremenda, que nos toca vivir. La partida está abierta.

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