La parada a Messi y el espíritu del 7

Cultura · Cristian Serrano
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13 noviembre 2014
Siempre que se van los más grandes, el vacío, la incertidumbre y extrañeza que se experimentan con el simple hecho de mirar un día más allá en el calendario dejan, al menos por un tiempo, zarandeada a cualquier familia. Los clubes de fútbol, empresas formadas por personas que comparten más horas que en un trabajo corriente y en las que el bien común es innegociable para el éxito del grupo sufren la ausencia de los mayores como si de una autoridad familiar se tratase.

Siempre que se van los más grandes, el vacío, la incertidumbre y extrañeza que se experimentan con el simple hecho de mirar un día más allá en el calendario dejan, al menos por un tiempo, zarandeada a cualquier familia. Los clubes de fútbol, empresas formadas por personas que comparten más horas que en un trabajo corriente y en las que el bien común es innegociable para el éxito del grupo sufren la ausencia de los mayores como si de una autoridad familiar se tratase.

Así, Raúl dejó el Madrid de aquellas maneras, delegando en dos o incluso en tres: Iker, Ramos y Cristiano. El vacío era enorme. El central sevillano se ha impuesto finalmente como capitán sin brazalete. Iker se dedica a mostrar el madridismo en el verde con un casi impoluto currículum y Ramos ejerce con esas miradas que todo lo dicen como solo un padre es capaz de hacer.

Arduos tiempos de agitación han acechado el Santiago Bernabéu desde los últimos días de Mourinho. Iker, protagonista principal, hizo del clásico frente al Barça su definitiva rendición con todo el madridismo tras desviar un balón a Messi que hubiera convertido definitivamente el partido en una pesadilla para los blancos. Despejó de forma excepcional y el Madrid finalmente pudo implantar su nuevo estilo para hacer del eterno rival un equipo vulnerable después de un largo periodo.

A la par que Iker ha ido regresando de la zozobra, el eje formado por Ramos y Cristiano ha sido determinante para recuperar la estabilidad en el seno de la plantilla. Cerrar filas para renacer. Desde tiempos de Hierro y Raúl, era indispensable para el club la aparición de grandes jugadores que a la par entendieran sin concesiones qué es el Real Madrid.

Ramos, que no se crió en la Fábrica pero sí mamó madridismo desde una edad temprana, se ha convertido en estandarte. Él ha trabajado para ello hasta formar una personalidad cargada de carisma, algo que le permite ejercer de mando siempre ante los suyos dentro y fuera del campo.

Cristiano, quien comenzó portando el nueve a la espalda, pudo después acarrear un número tan mítico como el siete. Y si hablamos del séptimo número como de una cifra de enorme envergadura es por los valores intrínsecos que conlleva. En un inicio era intuición. Ahora ya no hay duda. No hay otro como el portugués para llevarlo. Ronaldo, hombre de buenos modales fuera del terreno de juego, muestra en cada acto, además de una excelsa calidad, una profesionalidad ejemplar.

Mito en activo, a Cristiano, el madridismo con su presidente a la cabeza empiezan a otorgarle un título que va mucho más allá de cualquier balón de oro. El Di Stefano del siglo XXI. A eso está llamado y eso muestra jornada tras jornada. El espíritu del siete existe, actúa y hace vibrar al mundo entero.

Hace unas semanas se cumplieron 20 años del debut de Raúl con la camiseta del primer equipo. Ahora su lugar en el campo lo ocupan la tripleta Iker-Ramos-Cristiano con la misma magia y disciplina que él atesoraba. Mientras, a Raúl se le espera en la planta noble del Bernabéu cuando él decida colgar las botas.

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