La oportunidad de Macri para evitar el desastre

España · Arturo Illia
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20 diciembre 2016
Este mes ha cumplido un año la presidencia argentina de Mauricio Macri: un periodo muy difícil que anticipa otro claramente decisivo para el gobierno actual. En primer lugar, hay que tener en cuenta que las promesas de la campaña electoral solo se han cumplido en parte, pero hay que admitir que el Estado heredado tras 13 años de saqueo kirchnerista habría helado la sangre a cualquiera. Un periodo durante el cual un falso populismo no solo ha incrementado los niveles de pobreza sino que también ha llevado la corrupción a unos niveles nunca vistos en Argentina. 

Este mes ha cumplido un año la presidencia argentina de Mauricio Macri: un periodo muy difícil que anticipa otro claramente decisivo para el gobierno actual. En primer lugar, hay que tener en cuenta que las promesas de la campaña electoral solo se han cumplido en parte, pero hay que admitir que el Estado heredado tras 13 años de saqueo kirchnerista habría helado la sangre a cualquiera. Un periodo durante el cual un falso populismo no solo ha incrementado los niveles de pobreza sino que también ha llevado la corrupción a unos niveles nunca vistos en Argentina. En pocas palabras, Macri se ha encontrado con las cajas vacías y ha “descubierto” que gran parte de las obras que debían haber llevado a término los gobiernos de Kirchner&Co en realidad solo han servido para justificar gastos públicos pero no se han llevado a cabo en muchos casos.

Esto muestra el primer y grandísimo error cometido por Macri: no haber ilustrado lo suficiente la catastrófica situación a nivel mediático. Lo ha hecho con mucho retraso, por lo que el mensaje ha llegado a la gente después de que los grupos radicales del peronismo ya hubieran creado el “monstruo neoliberal” que, debido al repentino y previsible impulso de la inflación, ha encontrado eco en las clases más afectadas.

Otro error ha estado en el control de la economía. Primero una reacción tardía con las cadenas de supermercados que de pronto aumentaron sus precios, y luego con el aumento desproporcionado de las tarifas energéticas, un remedio que ha resultado peor que el mal que pretendía resolver. Durante trece años, los habitantes de Buenos Aires y alrededores recibían facturas de gas y luz por valores similares a lo que cuesta una taza de café, debido a las ingentes subvenciones estatales que recibían las compañías, un mero cálculo político pues esa zona constituye el yacimiento más relevante de votos. Lo increíble es que el 70% de estas financiaciones beneficiaba al 30% de las clases más pudientes, y eso le costaba al Estado gran parte de sus ingresos.

Resulta evidente que una política de aumentos graduales, unida a una masiva campaña de educación en el ahorro y descuentos en las compras de electrodomésticos de bajo consumo, habría tenido un impacto menos cruento sobre todo en una clase media que votó masivamente por el cambio y ha sufrido el golpe más duro. Y se podría hacer frente con más determinación a los culpables del aumento inflacionista y de los despidos masivos provocados por la repentina falta de financiación pública, con graves consecuencias especialmente en el mundo de la construcción y mediático. Un aparato estatal gigantesco e inútil, a no ser que se trate de fines meramente propagandísticos, se ha venido debajo de un plumazo.

El conjunto de estos errores ha cancelado de hecho los logros que el gobierno había alcanzado: acabar con el “eterno” problema del pago de los “bonos tango” (resuelto en quince días) volvió a situar a Argentina en el mundo financiero y la reapertura de relaciones con el mundo occidental (y no solo) atrajo la atención de los mercados inversores. La agencia Bloomberg, en su informe sobre América Latina, había previsto un crecimiento en Argentina entre el tres y el siete por ciento anual, dato que ahora, dada la situación actual, resulta difícilmente alcanzable.

Sin duda, la promesa macrista de volver a una república que falta en el país desde 1987 se ha concretado en retomar un diálogo gubernamental con la sociedad en su conjunto, cosa que faltaba desde hacía demasiado tiempo. La lucha contra la pobreza ha supuesto un incremento considerable de las subvenciones a las clases menos pudientes, aunque el problema está en la falta de perspectivas de inclusión en el mundo laboral, transformando durante años a gran parte de los más de ocho millones de personas que reciben ayudas sociales en un sujeto pasivo y en un gran yacimiento de trabajo en negro.

Otras dos promesas de la campaña (lucha contra el narcotráfico y contra la corrupción) están en plena fase de “trabajos en curso”, pero mientras la primera está gozando de más éxito de lo que se esperaba, fruto también de una recuperación de los intercambios internacionales suspendidos por el kirchnerismo, cosa que ha permitido, por ejemplo, el arresto de Carlos, un capo del narcotráfico en la 1-11-14, una villa miseria convertido en su fortín y su laboratorio de drogas; la segunda tiene difícil solución, sobre todo por la permanencia en ámbitos judiciales de magistrados y jueces claramente vinculados al kirchnerismo que siguen posponiendo o cerrando causas sobre casos evidentes no solo de corrupción sino también de violencia ligada a ella. Esto pone un palo en la rueda de un proyecto de justicia independiente, y constituye también un duro mensaje en una sociedad que la necesita y en cambio ve y oye todos los días la aparición de escándalos que rara vez alcanzan una resolución jurídica.

Otro problema importante afecta al hecho de que el gobierno no dispone de una mayoría ni en el senado ni en el congreso, lo que le obliga a maquiavelismos que hasta ahora ha llevado adelante brillantemente, pero donde las tensiones sociales lo hacen aún más difícil, jugando a favor de un peronismo que no pierde el vicio de no saber hacer una oposición constructiva en bien del país cada vez que no detenta el poder, cosa que ya sucedió tanto en los años ochenta con el gobierno del radical Alfonsín, como en el triste 2001 del que todos conservan aún el recuerdo de la violencia, que después se supo que era organizada y no espontánea como se creía. Lo espontáneo entonces fue la reacción de la frente ante el desastre económico y el saquero de bancos, con un país que pagaba un altísimo precio por las políticas neoliberales de los años noventa del gobierno peronista de Menem, que muy hábilmente cedió el poder en vísperas de un desplome ampliamente previsto.

La situación actual, si bien es grave, no es la de aquellos años y Macri todavía tiene la posibilidad de cambiar las cosas, a cambio de consolidar realmente el camino republicano, que constituye la única solución para una Argentina de inmensas riquezas, capaz de alimentar, por ejemplo, a 450 millones de personas, pero con un índice de pobreza del 34% de su exigua (40 millones) población respecto a la enormidad de su territorio.

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