La necesaria tercera fuerza

España · Fernando de Haro
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11 septiembre 2014
La manifestación en forma de V de los independentistas este jueves en la Diada de Cataluña muestra hasta qué punto es necesaria una tercera fuerza política que crea en la Constitución y que pueda servir de bisagra. Se puede creer en la Carta Magna del 78 no para blandirla como un texto cerrado, sino como un instrumento con el que ofrecer soluciones, también a aquellos catalanes que quieren una consulta pero dentro de la legalidad (son muchos).

La manifestación en forma de V de los independentistas este jueves en la Diada de Cataluña muestra hasta qué punto es necesaria una tercera fuerza política que crea en la Constitución y que pueda servir de bisagra. Se puede creer en la Carta Magna del 78 no para blandirla como un texto cerrado, sino como un instrumento con el que ofrecer soluciones, también a aquellos catalanes que quieren una consulta pero dentro de la legalidad (son muchos).

Esa tercera fuerza, dada la caída del PP, sería conveniente en Cataluña pero también en el resto de España. Los populares, cuatro meses después de las elecciones europeas, parece que siguen sin hacer el diagnóstico adecuado de lo que ha sucedido. Piensan que la bajada de impuestos del próximo año y la reactivación (ya veremos qué ocurre si Europa no tira) serán suficientes para recuperar a sus votantes. Es una terrible simplificación, como tantas otras. No parecen darse cuenta de que estamos ante un fin de ciclo, ante el fin del modelo creado en la transición. Es lo que en un libro publicado en 2013 Moises Naim llamaba, de forma profética, “el fin del poder”. La tendencia que sacude a todo el mundo ha llegado a Europa y a España: la distancia entre los partidos clásicos y la gente aumenta, se cuestiona su capacidad de representatividad. Pero ni el PP ni el PSOE, enfrascado este último todavía en su crisis interna, parecen haberse dado cuenta de que la fórmula que se creó en el 78, con partidos fuertes, toca a su fin. Y nadie habla de revisar las listas cerradas (de asomarse al modelo alemán) o de hacer una reforma desde dentro para que las instituciones recobren prestigio y no sean puestas en duda por su partitocracia. Todo lo que ha hecho el PP ha sido hablar de la elección directa de alcalde, propuesta que ha quedado bajo la sospecha de ser una maniobra para mejorar los resultados de las elecciones municipales.

Como decía con sentido común Finkielkraut, no se puede criminalizar a la gente que vota Frente Nacional en Francia. Ni a los que votan Podemos en España. Quieren algo, nuevo, diferente.

Es muy probable que la crisis del bipartidismo haya venido para quedarse y una tercera fuerza, que permita gobernar a la derecha y hacerlo también a la izquierda sin necesidad de echarse en manos del nacionalismo y de los radicales, es una buena solución para no sucumbir a la inestabilidad.

Algunas voces han señalado con inteligencia que esa tercera fuerza podría surgir de la unión de UPyD y Ciudadanos. Lo sucedido en el partido magenta el pasado fin de semana, su rechazo encubierto a la propuesta de Sosa Wagner, retrasa esa posibilidad. Quizás en UPyD todavía pesa demasiado el personalismo. Pero a los “ciudadanos” se les ve abiertos.

Sin duda UPyD plantea algunos problemas programáticos serios. Es un partido estatalista, laicista y defensor de los nuevos derechos. El estatalismo, por desgracia en España, es un mal de la derecha y de la izquierda. Y los nuevos derechos exigen ciertamente un debate laico en profundidad. Un debate que el PP no ha querido impulsar. Es inútil descalificarlos sin más. Hay que suscitar un diálogo sereno sobre lo que nos aportan y lo que nos quitan. Todo derecho tiene un coste y la sociedad debe saberlo. Y sobre todo hay que vigilar para que no nos nieguen la libertad. La política en España, como en todo el mundo, sirve fundamentalmente para tutelar espacios de libertad. En eso consiste la laicidad, la laicidad positiva.

Sin una tercera fuerza los espacios de libertad pueden estar en peligro. Quizás el gallego lo sabe y por eso se ha dado tanta prisa en recibir a Rosa Díez en Moncloa, a la vuelta de vacaciones. Rosa Díez estaba encantada con la foto.

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