La Navidad es el encuentro con la realidad de los hombres

Mundo · Julián Carrón
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26 diciembre 2019
Por su interés, publicamos el artículo de Julián Carrón en ABC de ayer a propósito del significado de la Navidad que celebramos estos días. Páginas Digital desea a sus lectores una feliz Navidad.

Fracaso, derrota, intentos fallidos, una vida no realizada. Cuántas veces este es el criterio con que se mira a una persona (a nivel profesional, existencial, afectivo). Y cuántas veces esa es la mirada con que uno se mira a sí mismo. El resultado es cierta vergüenza de uno mismo, detrás de la cual se esconden situaciones humanas llenas de heridas, dolor y aflicción que cada uno incuba en lo más íntimo como un malestar que a veces eclosiona a nivel personal y social.

Si uno no es capaz, si no está a la altura de los estándares dominantes, que imponen el éxito como criterio del vivir, entonces queda descartado. Eso es lo que el Papa llama «cultura del descarte». Lamentablemente, esta cultura vence –hasta convertirse en mentalidad común– no solo fuera sino también dentro de nosotros.

En medio de todo este descarte, ¿queda algo? Sí, queda nuestra humanidad herida, inquieta, a la espera de algo que nos libere de una situación que parece sin salida. Dios elige precisamente esa situación humana, que ningún esfuerzo nuestro parece poder cambiar, para desafiar la cultura del descarte con la novedad de una mirada que exalta el valor infinito de cada hombre.

Ante nuestros fracasos, resuenan hoy las palabras del profeta Isaías: «Exulta de alegría, estéril» (Is 54,1), es decir, tú y yo, que nunca logramos dar la talla. «No temas, pues no tendrás ya que avergonzarte; no te sonrojes, pues no serás ya confundida» (Is 54,4). Este es el desafío que Dios lanza a nuestro mundo, tan obstinado en mirarnos según nuestra medida o la de los demás. Dios no se avergüenza de nosotros, de nuestra fragilidad, de nuestras heridas, de nuestro ser sacudidos por todos lados, de ese nihilismo que vacía de sentido la vida.

¿Pero cómo lanza Dios su desafío? ¿Cuál es el gesto más poderoso que realiza por nosotros? No nos ofrece una palabra consoladora sino que acontece en nuestra vida. Para que entendamos nuestro valor, el Verbo –Dios, el significado, el origen y el destino de nuestra vida– se ha hecho carne y ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn 1,14). Nada hay más convincente que esto: el Señor del cielo y de la tierra asume nuestra humanidad. Haciéndose carne, y permaneciendo presente a través de la carne, de la humanidad real de personas concretas, puede abrazar toda situación humana, entrar en cada malestar, en cada herida, en cada espera del corazón. Puede hacer que hoy resuenen como palabras vivas aquellas que fueron pronunciadas por primera vez hace dos mil años y que dan la medida exacta de la grandeza de cada uno de nosotros: «¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de sí?» (Mt 16,26). ¡Nuestro yo vale más que el universo! Don Giussani comentaba de este modo aquellas preguntas de Jesús: «Ninguna mujer ha escuchado jamás otra voz que hablara de su hijo con la misma ternura original, con la misma valoración indiscutible del fruto de su seno, con semejante afirmación totalmente positiva de su destino; únicamente la voz del judío Jesús de Nazaret. Pero, más aún, ningún hombre puede sentirse afirmado mejor, con la dignidad de quien tiene un valor absoluto que está por encima de cualquier logro suyo. ¡Nadie en el mundo ha podido jamás hablar así!» (Crear huellas en la historia del mundo, p. 13-14).

Cuando esta mirada valoradora del hombre entra en la vida de una persona, nos sorprende y deja sin palabras, inaugura una mirada hacia uno mismo que de otro modo sería imposible. Como pude constatar hace unos días al recibir la carta de una joven amiga: «Cuanto más vivo delante de esta mirada, más queridas se me hacen hasta las heridas que tengo, mis pequeñeces, mis dolores, las cosas de mí misma que no comprendo, mis miedos, mi mezquindad, mis pecados. Estas cosas son la única posibilidad de interceptar al Señor que pasa, porque me dejan desarmada, necesitada, pequeña. Me sorprendo por el hecho de no querer censurar ya nada de mí, más aún, quiero mirarlo todo hasta el fondo, obstinadamente. Mi humanidad me resulta querida solo porque es abrazada tal cual es por el Señor que viene».

Esta es la «buena noticia» que nos trae la Navidad. No solo buenas palabras sino el encuentro con una realidad humana, carnal, que desafía al avance de la nada y permite mirarlo todo de uno mismo –tal como es– sin vergüenza, porque Jesús de Nazaret no se avergonzó de entrar en nuestra carne para hacerse hombre. La Navidad es ese niño en pañales que nos dice: «¿Por qué no te miras como te miro yo, como yo miro tu humanidad? ¿No te das cuenta de que me he hecho niño precisamente para mostrarte toda la preferencia que tengo por ti?».

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