La misericordia produce vértigo

Mundo · José Luis Restán
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15 abril 2015
El pasado sábado, al promulgar la Bula “Misericordiae Vultus”, el Papa Francisco quiso afrontar la pregunta que muchos podemos hacernos: con la que está cayendo en nuestro mundo, ¿a qué viene ahora un Jubileo de la Misericordia? Y Francisco respondió tajante: “porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios”. Este no es un tiempo para estar distraídos sino para permanecer alerta y ser capaces de ver lo esencial, añadió Francisco. Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado, ser signo e instrumento de la misericordia del Padre. A lo mejor nos parece poco…

El pasado sábado, al promulgar la Bula “Misericordiae Vultus”, el Papa Francisco quiso afrontar la pregunta que muchos podemos hacernos: con la que está cayendo en nuestro mundo, ¿a qué viene ahora un Jubileo de la Misericordia? Y Francisco respondió tajante: “porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios”. Este no es un tiempo para estar distraídos sino para permanecer alerta y ser capaces de ver lo esencial, añadió Francisco. Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado, ser signo e instrumento de la misericordia del Padre. A lo mejor nos parece poco…

Para el Papa Bergoglio, que ha confesado sentirse como Mateo el publicano, cuando Jesús le llamó a dejar el banco de los recaudadores de impuestos para sumarle a sus preferidos, la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia, y nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de esa dimensión. Esto no significa en modo alguno recortar el anuncio ni la exigencia de la fe, sino tener presente siempre que dicho anuncio corresponde a la espera (reconocida o secreta) del corazón de cada hombre, que se dirige a su razón y a su libertad. Y que no nos toca a nosotros decidir el día ni la hora. “Misericordiosos como el Padre” es el lema fijado por el Papa para este Jubileo. Suena bien, pero hay que aceptar medirse con su horizonte para sentir una especie de vértigo: así que ¿cómo el Padre? Nuestro santo celo, ¿está dispuesto a volver cada tarde al montículo para atisbar siquiera una nube de polvo que delate el regreso del hijo pródigo? Para ejercer misericordia hace falta, desde luego, reconocerse objeto de semejante abrazo.

La lectura de estas palabras apasionadas de Francisco me ha hecho recordar unas páginas extraordinarias de la novela de Bruce Marshall “El mundo, la carne y el Padre Smith”. El sacerdote escocés recibe el aviso de que en una pensión de mala nota agoniza un viejo marinero, y en un primer momento siente fastidio de tener que acudir (tenía hambre y estaba cansado) pero al fin recuerda que era un sacerdote de Cristo, ungido y ordenado para salvar las almas de los hombres. En un primer momento el marinero rechaza la invitación a confesarse, pero a continuación reconoce: “tiene razón, Padre, he sido un cerdo de la peor especie pero ahora es ya demasiado tarde para cambiar”. Pero el Padre Smith le contradice diciendo que “nunca es demasiado tarde mientras se vive, y esa es precisamente una muestra de la misericordia de Dios”.

Entonces el marinero reconoció que había pecado contra todos y cada uno de los mandamientos y empezó a referir sus andanzas por medio mundo recordando nostálgico y complacido a las muchas mujeres que pudo conocer en diversos puertos, sin sombra de arrepentimiento. Es más, pese a las advertencias del buen cura de que está hablándole al propio Dios en el momento decisivo de la muerte, le asegura que si tuviese ocasión le gustaría volver a ver a aquellas mujeres y a experimentar sus encantos. El Padre Smith, nervioso porque el tiempo se acaba, le apremia a darse prisa y arrepentirse si no quiere perder a Dios por toda la eternidad. Entonces el agonizante admite que se arrepiente de no haber frecuentado los sacramentos y de no haber amado más a Dios, pero no de haber conocido a aquellas mujeres tan amables. Entonces el protagonista de la novela, casi desesperado por llevar la salvación a aquel hombre que se desliza ya en brazos de la muerte, le pregunta “si estaba arrepentido de no estar arrepentido por haber conocido a aquellas mujeres, y el marinero contestó que sí, y que esperaba que Dios le comprendería”.

El P. Smith respondió que también él lo esperaba y absolvió al marinero de sus pecados. La inolvidable escena continúa con el Padre Smith arrodillado a los pies de la cama rezando la recomendación del alma, mientras la dueña de la casa y dos prostitutas entran en la habitación, santiguándose devotamente, para responder a las invocaciones en lugar del viejo en sus últimos estertores.

Hace unas semanas Francisco decía a los miembros de CL que “la moral cristiana es la respuesta conmovida ante una misericordia sorprendente, imprevisible, incluso «injusta» según los criterios humanos, de uno que me conoce, conoce mis traiciones y me quiere lo mismo, me estima, me abraza, me llama de nuevo, espera en mí, espera de mí… El camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las periferias de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios, que es la de la misericordia”. Y esto, desde luego, puede provocarnos vértigo. Por eso se nos regala un año de camino con toda la Iglesia. Para reconocer que hemos sido y somos objeto de este abrazo, el único que nos permite no sucumbir bajo el peso de nuestro propio mal y de los trágicos acontecimientos de la historia. Y para revivir la pasión de aquellos doce, antes atemorizados y amargados, que se dejaron enviar al mundo entero para anunciar la victoria del Resucitado. Contra todo cálculo razonable ellos lo hicieron, y así, generación tras generación, hemos llegado hasta aquí. Es para asombrarse.

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