Meeting Rimini 2013

La luz ortodoxa bajo la persecución soviética

Cultura · PaginasDigital
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20 agosto 2013
«Empiezo ahora a ser un verdadero discípulo. Ninguna de las cosas visibles o invisibles me entretenga en el seguir a Jesucristo. El fuego, la cruz, la lucha con las bestias, los tormentos más malvados del demonio caigan sobre mí, ¡pero que yo llegue donde está Jesucristo! Nada me aprovecharía el mundo entero ni todos los reinos de este siglo. Cuánto me es más glorioso morir por Cristo Jesús que reinar sobre toda la tierra, ¡hasta los extremos confines! De hecho ¿qué ventaja tiene un hombre que gana el mundo entero si se pierde a sí mismo? Yo busco a Aquel que ha muerto por nosotros; yo quiero a Aquel que por nosotros ha resucitado. ¡Está cerca el momento en el que seré parido! ¡No impidáis que yo nazca! ¡Permitid que yo llegue hasta la luz pura! Cuando esté allí, yo seré verdaderamente hombre. ¡Permitid que yo imite la pasión de mi Dios!» (San Ignacio de Antioquia, Carta a los romanos, cc. 5-6 passim).

«Empiezo ahora a ser un verdadero discípulo. Ninguna de las cosas visibles o invisibles me entretenga en el seguir a Jesucristo. El fuego, la cruz, la lucha con las bestias, […] los tormentos más malvados del demonio caigan sobre mí, ¡pero que yo llegue donde está Jesucristo!

Nada me aprovecharía el mundo entero ni todos los reinos de este siglo. Cuánto me es más glorioso morir por Cristo Jesús que reinar sobre toda la tierra, ¡hasta los extremos confines! De hecho ¿qué ventaja tiene un hombre que gana el mundo entero si se pierde a sí mismo? [cf. Mc 8, 36] Yo busco a Aquel que ha muerto por nosotros; yo quiero a Aquel que por nosotros ha resucitado. ¡Está cerca el momento en el que seré parido! […] ¡No impidáis que yo nazca! […] ¡Permitid que yo llegue hasta la luz pura! Cuando esté allí, yo seré verdaderamente hombre. ¡Permitid que yo imite la pasión de mi Dios!» (San Ignacio de Antioquia, Carta a los romanos, cc. 5-6 passim).

Con estas palabras San Ignacio de Antioquia, muerto en Roma, en el Coliseo, cerca del año 150, expresa el significado de su propio martirio: cumplimiento verdadero de la vida humana porque es camino hacia el encuentro pleno con Cristo y a imitación de Su pasión. Son palabras verdaderas para la Iglesia de todos los tiempos y de cualquier lugar, ya que ella ha sido siempre madre fecunda de nuevos cristianos y de nuevos mártires (¡testigos!) de Cristo.

Es por esto que la exposición “La luz resplandece en las tinieblas. El testimonio de la iglesia ortodoxa rusa en los años de la persecución soviética” –organizada en colaboración por la Universidad Humanística Ortodoxa San Tichon de Moscú y la Fundación Meeting de Rimini- se presenta no sólo como una posibilidad inédita, para el público italiano, de conocer de cerca 70 años de sufrimiento y persecución y, al mismo tiempo, de luminosos testimonios de fidelidad a Cristo y a Su Evangelio, pero también como la ocasión para cada uno de nosotros de ponerse ante la exigencia fundamental de la fe, de la “pretensión” de Uno que afirma: “En verdad os digo: no hay nadie que deje casa o hermano o hermana o madre o padre o hijo o campos por causa del Evangelio, que no reciba ya ahora, en este tiempo, cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres e hijos y campos, junto con la persecución y la vida eterna en los tiempos futuros” (Mc 10, 29-30).

La exposición, articulada en ocho salas que siguen un orden cronológico, presenta las diferentes fases y los diversos aspectos del intento de destruir la fe sistemáticamente perseguida por el poder bolchevique; pero el recorrido histórico está entrelazado con historias personales de algunos mártires (canonizaciones de la Iglesia Ortodoxa Rusa), que constituyen como “puntos de luz” capaces de mostrar, sin que ningún poder lo haya podido impedir, la presencia de Cristo en la Iglesia, ni destruir totalmente la percepción de uno mismo como relación con el Misterio, que permite afirmar un yo irreducible.

Este recorrido hacia una mayor conciencia de uno mismo y del propio Destino –cumplido por los mártires de los que se presenta la vida, pero también por muchos otros- constituye el desafío de esta exposición. Un desafío que ha involucrado, para empezar, a un amplio número (más de 70) de estudiantes rusos, ucranianos e italianos. Bajo la supervisión de historiadores y profesores, los universitarios han estudiado las historias de la Iglesia Ortodoxa Rusa bajo el régimen soviético, pero sobre todo han aceptado enfrentarse a un mundo lejano de su experiencia directa en el tiempo (y, para los estudiantes italianos, también en el espacio y en la visión cultural y eclesial), dejándose interrogar por una realidad –la del martirio/testimonio- que cada vez menos, aparecía como perspectiva remota y cada vez más como una concreta modalidad de afrontar la vida.

Un trabajo nada fácil, que también ha resultado ser cada vez más sorprendente y provocativo, como (por ejemplo) cuando se ha podido realizar un seminario de cinco días que a comienzos de marzo ha visto llegar a Moscú más de 40 estudiantes italianos y ucranianos junto a sus colegas rusos. En aquellos días, cada grupo ha presentado a los demás las figuras de los mártires sobre los que había trabajado los meses anteriores, dando lugar a un diálogo vivo, nada descontado sobre las maneras de sentir y comprender la historia y la fe tan diferentes entre sí, y construyendo a la vez relaciones de verdadera amistad que continuarán durante el trabajo del Meeting. Es cada vez más claro que estos meses de preparación de la exposición, como el viaje a Moscú, no han sido simplemente ocasiones de esfuerzo para un gran trabajo intenso y compartido, sino que cada uno de los participantes se ha transformado en una pregunta radical e ineludible a cerca de su propia vocación. Tanto es así, que alguno ha admitido, a principios de octubre, que no se había confrontado nunca con los Mártires y con el martirio y que nunca le había parecido interesante este tema; reconociendo meses más tarde que esta dimensión estaba ya presente –como exigencia ante la elección frente al poder- en su vida de estudiante. O, por ejemplo, que alguno confesara que había descubierto –participando a una Divina Liturgia en Moscú- qué significaba rezar y conmoverse por una Presencia durante la celebración eucarística. O, también, uno que decidiese ponerse a estudiar ruso porque ha reconocido –en los encuentros que ha tenido y en las cosas vistas en Moscú- un reclamo irreducible a un simple sentimiento pasajero.

Por esto podemos decir que esta exposición ya ha causado no pocas “turbaciones” en los que la han seguido y preparado. Y que para todos representa una provocación irresistible: la de dejar de hablar a una cultura y a una experiencia de Iglesia que tienen formas de expresión muy diferentes a aquellas a las que estamos acostumbrados, con la certeza de poder reconocer una respuesta plausible y deseable también para nosotros para superar esta “emergencia hombre” que ya había teorizado el gran George Orwell precisamente a partir de su conocimiento sobre el comunismo, cuando escribía:

«La primera cosa que tienes que entender es que aquí no hay lugar para los mártires […] En la Edad Media existía la Inquisición. Un auténtico fracaso. Declaró que quería erradicar las herejías y terminó por hacerlas inmortales. Por cada herético quemado en la hoguera, surgían otros mil […] Más tarde, en el siglo XX, vinieron aquellos que llamaban totalitarios: los nazis en Alemania y los comunistas en Rusia. En la lucha contra la herejía, los rusos fueron incluso más feroces que la Inquisición. Creían que habían aprendido de los errores del pasado: estaban convencidos, por ejemplo de que no se tenían que crear más mártires. Por lo tanto, antes de presentar a las víctimas a un proceso público, usaban cualquier medio para destruir su dignidad. Luchaban contra la resistencia con la tortura y el aislamiento, hasta que no se transformaban en seres muy mezquinos y miserables, listos para confesar cualquier cosa que se les dijera […]

Nosotros no destruimos al hereje por el hecho de que resiste. Es más, hasta que resista no los destruiremos. Nosotros lo convertimos, penetramos en los recesos mentales más escondidos, lo modelamos de principio a fin. Extinguimos en él todo el mal y todas las ilusiones, lo llevamos de nuestro lado, alma y cuerpo, en consecuencia de una elección sincera, no de mera apariencia. Antes de matarle, le hacemos uno de nosotros… El mandamiento de los despotismos de hace un tiempo era: “¡Tú no debes!”. El mandamiento de los totalitarios era: “¡Tú debes!”. El nuestro es: “¡Tú eres!” (de: 1984)».

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