La lección de vida (cristiana) de Julián Carrón

Sociedad · Stefano Zurlo
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13 enero 2022
Recuerdo el día que lo conocí para una entrevista en Il Giornale. Don Giussani acababa de morir y me encontraba delante de la sede del Sacro Cuore, en la periferia de Milán, donde se había instalado la capilla ardiente. Giorgio Vittadini, uno de los responsables de CL, me lo pasó al teléfono.

Julián Carrón me explicó con pocas palabras, sin perderse en perífrasis clericales, que Giussani había devuelto a Cristo al ruedo de la realidad contemporánea. Lo mismo que ha hecho él y son muchas las personas, entre ellas el que suscribe, que tienen que agradecerle la ayuda prestada a su trayectoria personal.

Si hay un prejuicio irritante, al menos para mí, es el que sostiene que la fe es como un salto al vacío. Como una especie de iluminación, un bonus de la caprichosa lotería de la vida que unos ganan y otros no; en definitiva, algo irrelevante y ornamental, como mucho un azucarillo que puedes sacarte del bolsillo para endulzar las pruebas a las que debemos someternos.

No soy teólogo ni quiero ponerme a discutir sobre la relación entre fe y gracia, pero puedo decir que toda la enseñanza de Carrón va contra esa pretensión de cierta ilustración prêt-à-porter que reduce, más bien encoge, nuestra humanidad. Para Carrón, Cristo ha entrado en la historia y nunca se ha ido. Acompaña a nuestra humanidad, responde a las grandes preguntas, no teóricamente sino tocando nuestra carne viva, de hecho las replantea y las potencia, ensanchando su perímetro y profundidad. Uno puede creer, poniendo en juego su libertad de manera dramática, si intuye que el cristianismo da fuerza a nuestras fibras, tan raídas.

Es más, me gustaría añadir que tengo la percepción de que, siguiendo a Julián, he llegado a comprender de nuevo la experiencia cristiana: un plus de humanidad que de otro modo resulta inexplicable, que entró en las vicisitudes del mundo hace dos mil años y lo cambió, construyendo uno distinto aunque fuera a pedazos, pasando de padres a hijos, de generación en generación, hasta llegar a nuestros días y a mí.

No hay una fórmula secreta, escondida en algún rincón del ropero de la abuela, solo el desafío vencedor entre mi yo y ese pedazo de lo divino que camina con las piernas de los hombres que lo han conocido y no han cerrado sus ojos sino que los han abierto de par en par ante esa chispa de eternidad.

Nada de cuentos para dormir para paladares sensibles, sino un cuerpo a cuerpo, a veces un combate, y también un abrazo entre esa novedad y mi persona. Con sus límites y aspiraciones, pero sobre todo con la capacidad de interceptar y valorar ese mensaje que es todo menos la comunicación de un sobre cerrado.

Resumiendo, Carrón ha dado continuidad y perspectiva a lo que don Giussani intuyó en 1954 subiendo los peldaños del liceo Berchet de Milán: ese cambio, ese plus de humanidad que puedes encontrar hoy igual que hace dos mil años. Ahí radica la genialidad, el carisma si se quiere, de CL e imagino que por este camino, cotidiano y vertiginosa, querrá continuar Davide Prosperi, que guía ahora esta experiencia.

En estos 16 años, desde 2005 hasta hoy, me he sorprendido creyendo cada día más. Sobre todo he aprendido a tomarme más en serio y a rendir cuentas con la realidad. Julián me ha enseñado a no descuidad nada ni tener miedo a nada. Ese me parece el tesoro más valioso.

Publicado en Il Giornale

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