La inhumana política internacional de Occidente

Mundo · Benigno Blanco
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15 octubre 2015
Mientras a diario los medios de comunicación nos enfrentan al drama de los inmigrantes que asaltan la UE desde África o el Oriente Medio, he estado leyendo el relato escrito por Mukesh Kapila sobre el genocidio perpetrado por las autoridades de Sudán hace diez años (¡solo diez años!) contra los habitantes negros de la región de Darfur con el amparo cómplice y el silencio cobarde de los países ricos del mundo y la ONU.

Mientras a diario los medios de comunicación nos enfrentan al drama de los inmigrantes que asaltan la UE desde África o el Oriente Medio, he estado leyendo el relato escrito por Mukesh Kapila sobre el genocidio perpetrado por las autoridades de Sudán hace diez años (¡solo diez años!) contra los habitantes negros de la región de Darfur con el amparo cómplice y el silencio cobarde de los países ricos del mundo y la ONU. El libro de Kapila, representante de la ONU en Sudán en aquellos años del genocidio (“Objetivo Darfur”, Editorial Rialp, Madrid 2014), es un testimonio de primera mano de cómo en nuestra época –¡no en siglos pasados ni en tiempos remotos!– los gobiernos de EEUU, Gran Bretaña, la UE y la ONU miran para otro lado y hacen oídos sordos ante la matanza de cientos de miles de personas, la violación sistemática de mujeres y niñas, y la destrucción de una raza entera por componendas políticas de corto alcance.

Kapila probó y denunció el genocidio en Darfur en los primeros años del siglo XXI y vio cómo los gobiernos occidentales y las autoridades de la ONU decidían no hacer nada para parar ese genocidio… porque no interesaba a sus estrategias políticas e intereses económicos cortoplacistas. En su libro, Kapila pone de manifiesto cómo lo mismo sucedió en otros escenarios en que él actuó como funcionario de relaciones internacionales en representación –primero– del Gobierno británico y –después– de la ONU: en Ruanda, Srebrenica, Sierra Leona, etc. El testimonio de Kapila, alto funcionario de Naciones Unidas, nos enfrenta a una realidad que los medios de comunicación no suelen presentarnos: en el mundo actual se producen hechos similares a los de los totalitarismos europeos del siglo XX con la complicidad o ante el silencio de nuestros gobiernos y las instituciones internacionales en que estamos representados y sin que les prestemos atención ni nos preocupen… hasta que sus consecuencias llegan a nuestras fronteras dejando cadáveres en nuestras playas. Incluso en muchos casos son actuaciones de nuestros gobiernos o de las empresas de nuestros países los que provocan las masacres, genocidios y guerras ante los que callamos mirando para otra parte hasta que las olas de dolor que esos dramas generan tocan nuestro territorio de bienestar.

Occidente interviene en unos países y en otros no, desestabiliza unos regímenes mientras negocia con otros igual o más dictatoriales, aparenta preocuparse por los derechos humanos en unos sitios mientras se desentiende de ellos en otros… Es difícil encontrar una lógica a la política exterior de nuestros gobernantes, pero es evidente que esta lógica no es la de la defensa de los derechos humanos por mucho que con frecuencia se pretenda vestir con esta imagen. Mientras tanto los ciudadanos normales no nos enteramos de nada; creemos saber lo que sucede pero en el fondo no nos enteramos de nada en serio; vemos imágenes y recibimos noticias de aquí y de allá; los países y sus conflictos aparecen con intensidad en nuestros informativos y desaparecen sin saber por qué y nos olvidamos de ellos; creemos que sabemos pero en el fondo nos quedamos con la imagen superficial de algo que no conocemos ni en sus causas últimas ni en su proyección de futuro. Y por debajo de todo ello, hay vidas humanas que pasan por nuestra conciencia y desaparecen de ella sin dejar huella.

Occidente desestabiliza Iraq mientras deja a Arabia Saudí en paz financiar el yihadismo islámico radical en todo el mundo; Occidente arrasa Afganistán mientras sostiene a los mismos talibanes en Pakistán; Occidente deja caer a Assad en Siria hasta que percibe que sus opositores son peores que el viejo dictador sirio; de repente atacamos a Gadafi en Libia y creamos algo peor aún que no sabemos cómo administrar; elogiamos la primavera árabe y ahora apoyamos al dictador militar que la reprimió en Egipto; decimos combatir al yihadismo pero nos tomamos el té con los gobernantes del Golfo que lo alientan y financian; Occidente financia y alienta el golpe de estado contra los gobernantes de Ucrania prorrusos para después escandalizarse de que Putin haga lo mismo contra los gobernantes de Ucrania antirrusos. Nuestros gobernantes van por el mundo actuando con ceguera, al servicio de intereses bastardos no confesables, generando problemas que no sabemos cómo resolver, usando un poder arbitrario que genera más problemas de los que resuelve y cuyas consecuencias empiezan a asaltar nuestras fronteras.

Ahora a los europeos nos agobia, nos preocupa o nos enternece el drama de los refugiados que asaltan nuestras fronteras por Ceuta y Melilla, por las costas de Italia y por las aguas del Egeo y las tierras húngaras, serbias y croatas. Pero fuimos nosotros, somos nosotros, quienes financiamos y apoyamos la destrucción de los regímenes de Iraq, Siria y Libia, países de los que huyen quienes llegan a nuestras tierras; somos nosotros quienes apoyamos a las empresas que corrompen a los regímenes del África subsahariana para explotar sus recursos naturales; somos nosotros quienes consumimos las drogas que financian al narcotráfico que destroza y desestabiliza gobiernos de Asia y América Latina; somos nosotros y nuestras empresas quienes vendemos armas a esos gobiernos y guerrillas que asolan territorios y pueblos de todos los continentes; somos nosotros quienes exportamos a todo el planeta una ideología antihumanista que defiende el relativismo moral, la cultura de la muerte legitimadora de la violencia abortista y la destrucción de la familia, institución generadora de humanidad y amor a la vida.

Ante este panorama, uno se pregunta: ¿nos gobiernan políticos preocupados por los derechos humanos o nos gobiernan oscuros intereses económicos para los cuales las personas no son más que datos irrelevantes salvo en su condición de consumidores o votantes? ¿Las instituciones internacionales como la ONU defienden los derechos humanos o los mercados de las grandes corporaciones empresariales del primer mundo? ¿Se provocan guerras solo para que haya mercado para las armas y sus fabricantes? ¿La UE es un baluarte de los derechos humanos o una comparsa despistada de estrategias que ni entiende ni controla? ¿La ONU es de verdad un garante de los derechos humanos o una estructura que defiende su propia burocracia y presupuesto como fin en sí mismo?

Cientos de miles de inmigrantes llegan a Europa porque Europa ha coadyuvado a desestabilizar sus países. No son un problema que nos es ajeno; son nuestra responsabilidad porque nosotros hemos creado su problema. No podemos darles la espalda por, al menos, dos razones: porque son nuestros hermanos y porque nosotros somos, en parte, responsables de su situación.

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