La influencia de las redes sociales y la prohibición del toro de la Vega

Mundo · Francisco Medina
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25 septiembre 2020
Dialogamos con Carmen Valor, profesora de la Universidad de Comillas, coautora del estudio realizado junto con otros dos investigadores de la Metropolitan Manchester University y de la Universitat Rovira i Virgili, acerca de la influencia de las redes sociales en la desaparición de ciertas tradiciones o hábitos culturales

Dialogamos con Carmen Valor, profesora de la Universidad de Comillas, coautora del estudio realizado junto con otros dos investigadores de la Metropolitan Manchester University y de la Universitat Rovira i Virgili, acerca de la influencia de las redes sociales en la desaparición de ciertas tradiciones o hábitos culturales

¿Por qué este estudio? ¿De dónde nace la idea?

Surgió por un estudio previo en el que habíamos constatado que a la gente no se le dejaba expresar enfado moral. Cualquier expresión de este tipo era reprimido por su entorno: eres un aburrido, no me amargues la vida. Socioculturalmente, se reprimía esto. Cuando empecé a seguir el caso del toro de la Vega, vi que eso no pasaba. De hecho, era al revés: la sensación de enfado era muy fuerte y explícita, así que empezamos a seguir el caso como un caso de deslegitimación o desinstitucionalización: ¿por qué desaparece una tradición?

¿En qué medida puede decirse que los comentarios en las redes sociales han sido el factor detonante o el elemento causal, si se quiere, de la prohibición del Toro de la Vega?

Hay que asumir que, cuando estudias procesos socioculturales, se puede constatar que la vida social se ve influida por muchas cosas. No es que digamos que éste ha sido “el” factor, sino que ha sido un proceso muy evidente, y probablemente habrá otros. Se superpone con otros procesos, pero este estaba presente de manera muy clara. Cuando lo analizas en el tiempo, hay una evidencia de que esta construcción del estigma, esta estereotipación emocional del supporter, desapareció al llegar la prohibición del toro de la Vega. El debate social desapareció. En este sentido, fue uno de los detonantes, que se apoya en otras cosas que estaban sucediendo. Además, me parece importante destacar que el partido que lo prohibió era, más bien, pro-taurino. Si fuera en otro caso, de otro partido de signo distinto, podríamos haber aludido a dinámicas de partido para esa prohibición.

En suma, el hecho de que fuese el PP no parece corresponderse con la dinámica habitual de los lobbies.

Claro, no había una presión interna en el partido, o de sus votantes; de hecho, era el mismo partido que, poco antes, había aprobado la protección patrimonial de la tauromaquia, y el toro de la Vega, aunque algunos no lo crean, es un caso de tauromaquia, y así se refleja y debate como tal en el Diario de Sesiones. Cuando analizas los datos, ves que esto que estaba pasando en la opinión pública fue asumido por el regulador, y en los diarios de sesiones, se refleja que otros parlamentarios de izquierda recogen, literalmente, comentarios colgados en redes sociales.

En su estudio, menciona la construcción de un discurso emocional generador de estereotipos estigmatizantes a grupos sociales defensores de esta tradición. ¿Cómo se ha construido este discurso, qué papel juega en los procesos de desinstitucionalización y qué consecuencias tiene?

¿Cómo lo hacían? Usando la retórica. Una de las distintas estrategias era el empleo de metáforas: los comparaban con categorías sociales que ya son consideradas repugnantes, como nazis, maltratadores de mujeres, autores de bullying en el colegio… Les asimilaban a categorías que ya existen y que damos como moralmente reprobables. Otra estrategia era la de hacer contrastes hiperbólicos: enfatizaban mucho su compasión por el toro, mostrándolo como la reacción natural que uno debería sentir hacia el toro, y el hecho de que los defensores de esta tradición no la sientan pondría en evidencia el hecho de que eran psicópatas o sádicos. También afirmaban tener mayor capital cultural en relación a los supporters: posteaban escribiendo con puntos y comas, trataban de usted cuando les rebatían, usaban palabras cultas –cosa que no suele pasar en las redes sociales–, como un modo de remarcar la división entre los “analfabetos ellos” –que era una de las construcciones (“animal”, “paleto”, “salvaje sin cultura”)–.

Otra muy relevante era la inversión semántica. Inicialmente, estudiamos la visión de ambas partes, las interacciones y cómo se producían discursivamente, aunque finalmente, en el estudio sólo publicamos la versión de uno. Cuando los supporters lo defendían, alegaban que era una tradición medieval y una expresión cultural. Frente a esto, lo que hacían los activistas era cambiar el significado de la palabra “medieval”, no como patrimonio histórico, sino como algo oscuro y obsoleto.

Realmente, este discurso genera un estereotipo muy marcado.

Sin embargo, no había una concertación. Había ocurrido de manera espontánea; no hay un esfuerzo planificado, o si lo hay, no se ve en los datos, y hemos analizado muchos. Lo que muestra esto es que los humanos somos hábiles retóricos y usamos el discurso para cambiar la vida social. En este caso, se veía que unos eran más hábiles que otros, porque todos los intentos de defensa eran neutralizados por los activistas, que utilizaban más hábilmente la retórica. Contaban con un trabajo discursivo mejor elaborado, más dominante, más numeroso a nivel de participación, de modo que ahogaban la voz de los defensores de la tradición, en el conjunto de los comentarios.

¿En qué medida ha contribuido a una desinstitucionalización? Quizá habría que definir lo que se entiende como tal…

Una institución es cualquier entidad de la vida social: la familia, el Estado… Cualquier institución de la vida social se mantiene mientras es considerada deseable, conveniente o apropiada por la gente. A lo largo de la historia, las instituciones han ido cambiando: el modo de ser rey hoy no tiene nada que ver con la Edad Media, ya no es igual de aceptable, y eso ha ido cambiando, sobretodo, discursivamente, también con el uso de la violencia, pero los cambios sociales se producen, sobre todo, discursivamente: cuando empezamos a discutir sobre si un cierto modo de hacer las cosas es deseable, conveniente o moralmente adecuado.

Desinstitucionalización es el proceso por el que algo va perdiendo este ser concebido como deseable, conveniente o moralmente adecuado. Al final de un proceso de este tipo está su desaparición social; por eso muchas tradiciones ya no existen, porque van perdiendo encaje cultural. Ésta tiene la peculiaridad de que ha sido muy rápida, en un núcleo muy corto en el tiempo, porque en 2013 no había datos; intentamos remontarnos a años atrás y apenas existían entradas de blog o comentarios. En el año 2014 comenzó a generarse un volumen de voz social, de conversación hasta que, en 2016, terminó.

Sin menoscabar los aspectos positivos de esta sociedad en red, de la que habla Manuel Castells, ¿en qué medida la influencia de las redes sociales –en suma, la digitalización– pueden contribuir a menoscabar el arraigo de una tradición cultural (para bien o para mal)? Ciertamente, se han conseguido cambiar ciertos comportamientos negativos pero, ¿y los riesgos de este tipo de conversación digital?

Un riesgo claro es el de la polarización, que se vio claramente en los datos. De hecho, existían comentarios que trataban de mostrar una visión más comedida y razonada, viendo lo que hay de bueno y malo en todas las posturas, pero muy infrecuentes. Lo habitual es la polarización: veo el riesgo de los extremos, el discurso se va haciendo cada vez más emocional y el paso a la descalificación, a la amenaza, según íbamos constatando, era bastante rápido. En este caso, faltaba serenidad. Yo, personalmente, soy poco pro-taurina, pero me parece razonable, al mismo tiempo, pensar que no todos los habitantes de Tordesillas son psicópatas. Estadísticamente, es raro que se juntasen todos en un mismo pueblo.

Este tipo de reflexión pausada no se da, sino, más bien, una polarización y una intensificación emocional: se empieza con unos discursos más comedidos y, a medida que se van leyendo los threads (hilos), el discurso se va radicalizando y polarizando; algo que me parece muy peligroso, el hecho de que no podamos conceder al otro cosas (“vale, tienes razón en esto, esto no pasaba…”).

No había conversación, esa pluralidad de puntos de vista, de la que hablaba Hannah Arendt…

Quizá yo tengo el ideal del ágora griego. No se daba tanto esto; otro de los riesgos de las redes sociales es el de una polarización guiada, producida –aunque en este caso era más fragmentado, no había concertación detrás–: que el que tenga más medios para poner a gente a comentar en las redes sociales se hace dueño del debate. A mí me parece peligroso esto. Hay más potencial de espirales de silencio; no te atreves a hablar porque te comen, y en donde ciertas opiniones no es que sean minoritarias, es que se han acallado.

En suma, el valor de una tradición cultural puede perder arraigo rápidamente en la medida en que pierda peso el valor de una verdadera conversación…

Sí. El hablar a favor del Toro de la Vega, incluso sin apoyarlo, te convertía en un psicópata, sádico o en un animal. Las opiniones en contra se iban acallando porque recibían muchos ataques de los otros. No quiero juzgar si ha sido bueno o malo el hecho de la desinstitucionalización de esta tradición. Desde el punto de vista del bienestar del toro, me parece que es bueno. Pero el hecho de entrar en estas espirales donde el que grita más parece que tiene la razón me resulta peligroso, porque las grandes cuestiones necesitan reflexiones pausadas y distancia, no entrar en la descalificación ni en la amenaza; y mi experiencia es que hay muchos grises y todos pueden tener razón en algo, pero esos matices en redes sociales parece que no se pueden hacer. Eran minoritarios los que intentaban aportar esta visión de matices en los comentarios.

En su estudio, hablan del poder de los llamados medios co-creados, ¿qué son y por qué influyen tanto?

Cuando se prohibió el toro de la Vega, la gente de Tordesillas culpó a los medios, incluso afines a la tradición cultural, y de manera bastante agresiva, porque pensaban que los medios habían creado el estigma, cuando en realidad habían sido los comentaristas. Es relevante ver que estos comentarios en la prensa y en las redes pueden aparecer como una forma de quinto poder. Si, además de eso, encima no se dan de manera serena y razonada (un periodista ha de verificar sus fuentes,  dar la voz a todos), ese poder puede suponer serios problemas. Puede ser bueno, pero el fin no justifica el medio. No fue la prensa quien creó el estigma. Lo validó pero no lo creó; fueron los comentaristas.

En una época donde las fake news están a la orden del día, ¿es posible construir en las redes sociales una alternativa a este discurso emocional, una conversación en la pluralidad?

Ahora mismo no parece posible, a lo mejor es que no sabemos usarlas. Igual que en el colegio antes nos enseñaban a debatir, a expresar nuestra opinión sin herir al otro, ciertos principios básicos de la comunicación asertiva: maneras de decir las cosas, argumentar… Todo esto no se ve; en este caso, no lo hemos visto, la verdad. Quizás tenemos que aprender; enseñar a nuestros hijos a usar las redes, a cómo tenemos que expresar una opinión al leer una noticia, a ser conscientes de que lo que digan es performativo, que ésa es otra gran conclusión de nuestro trabajo. El estigma que se ha creado es discursivo. No cabe pensar que los defensores de esta tradición sean psicópatas, sádicos y animales a la vez. Es imposible.

Cuando hablas de performativo, ¿a qué te refieres?

Quiere decir que el discurso ha creado el estigma. Es discursivo. Se da por cierto que esta gente es psicópata, en ausencia de evidencias, es una creación discursiva. Saber que tu discurso es performativo y crea realidades es algo que hay que trabajar con los niños. Cuando tú escribes en un whatsapp “eres gorda” a una niña, por más que no lo sea, esa construcción performa a la niña como gorda. Asigna papeles o roles sin base real, y eso es muy peligroso. Creo que tenemos que ser un poco más reflexivos, ejercer la autocontención. A todos, cuando leemos ciertas cosas, nos puede llevar la indignación, pero sería mejor tomar distancia, pensar en lo que vamos a escribir, en las consecuencias de lo que decimos… En nuestro estudio, hecho de manera agregada, evidencia que hay unas tensiones que están llevando a la polarización.

¿En qué medida recuperar el gusto por la cultura, la lectura, el hábito de pensar… puede contribuir a hacer un discurso más constructivo?

Un discurso más ciudadano. Ahí es donde está la clave, en dar esas herramientas para que al leer los comentarios y escribir los tuyos lo hagas desde otro sitio, más sereno y más constructivo.

En ese sentido, las redes sociales son una polis virtual, un ámbito relacional.

Además es un ámbito que tiene poder, que afecta a la dinámica sociocultural y la puede condicionar. No será la única causa, pero afecta. Todos tenemos como unas antenas que nos permiten leer la opinión pública dominante: antes esa antena era lo que se hablaba en el bar o en tu entorno más cercano; ahora una antena es la conversación social. Cuando ves lo que dicen los demás, te haces una idea de cuál es la opinión dominante y hay una tendencia a unirse a la opinión dominante. Esto puede ahogar a las minorías y llevar de nuevo a la polarización. Es una realidad que nos ha venido dada y necesitamos una cierta formación y capacitación para ser buenos ciudadanos en las redes sociales. Eso no significa no decir lo que uno piensa sino decirlo de manera adecuada.

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