La Iglesia no está congelada, estoy contento

Mundo · José Luis Restán
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14 septiembre 2016
Confieso que no he querido esperar. He comenzado a bucear en las “Últimas conversaciones” de Benedicto XVI con Peter Seewald, aunque aún no dispongamos del texto en español. No es un testamento al uso, como el que los últimos papas nos habían regalado, es algo totalmente novedoso en la historia: un papa que narra su propia vida con detalle y que contempla su propia misión desde la distancia, con esa inteligencia tan aguda como apacible, con la certeza de que ha sido un trabajador en la viña, y de que puede confiarse tranquilo al juicio de su Señor, el único que verdaderamente importa.

Confieso que no he querido esperar. He comenzado a bucear en las “Últimas conversaciones” de Benedicto XVI con Peter Seewald, aunque aún no dispongamos del texto en español. No es un testamento al uso, como el que los últimos papas nos habían regalado, es algo totalmente novedoso en la historia: un papa que narra su propia vida con detalle y que contempla su propia misión desde la distancia, con esa inteligencia tan aguda como apacible, con la certeza de que ha sido un trabajador en la viña, y de que puede confiarse tranquilo al juicio de su Señor, el único que verdaderamente importa.

Hoy sólo quiero centrarme en su mirada sobre el momento que vive la Iglesia guiada por Francisco. No esconde su sorpresa inicial al conocer el nombre de su sucesor, pero tampoco su inmediato contento al contemplar su manera de hablar con Dios y con los hombres. En la llegada a la sede de Pedro de un hombre procedente del otro lado del mar, Benedicto reconoce que la Iglesia está en movimiento, que no se queda congelada en esquemas. Siempre sucede algo imprevisto que la hace renovarse constantemente. “Lo que es bello y estimulante es que precisamente en nuestra época sucedan cosas que ninguno esperaba, y que muestran que la Iglesia está viva y rebosante de nuevas posibilidades”.

Con algo de picardía, Seewald comenta un dicho según el cual Dios corrige a cada papa en la persona de su sucesor, y le pregunta cuál es la corrección que advierte en la figura de Francisco. “Yo diría que su atención hacia los demás, creo que es algo muy importante… quizás yo no haya estado lo suficiente en medio de la gente… Además, también está la decisión con la que afronta los problemas y busca las soluciones”. En otro momento reconoce que la organización y el gobierno práctico de las cosas nunca han sido su fuerte.

Era inevitable la pregunta sobre la supuesta ruptura entre ambos pontificados, que Benedicto rechaza contundente. Por lo demás, todo el recorrido hace evidente que ni el acento en la descentralización, ni la invitación a que la Iglesia se despoje del poder mundano, ni mucho menos la insistencia sobre la misericordia, son puntos de fricción entre ambos pontificados. Al contrario, son expresión de una bella continuidad, lo cual no significa mera repetición. Algunos pueden “construir contraposiciones”, comenta con su templada ironía… Es verdad que Francisco tiene sus acentos diversos, como cualquier papa, “pero no existe contraposición alguna”.

Escucharle sigue siendo como gustar una sinfonía de Mozart… “Estoy contento: hay una nueva frescura en el seno de la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma que se dirige a los hombres… y eso es, de por sí, algo bello”. Palabra de Benedicto, sin mediadores interesados.

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