La hoja de ruta de Benedicto

Mundo · José Luis Restán
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24 marzo 2009
Crece en muchos sectores la sensación de que la barca de la Iglesia se mueve demasiado. Hay cacofonías varias, se acumulan las polémicas, el mecanismo no parece bien engrasado y se ha abierto la veda para zaherir al propio sucesor de Pedro impunemente. Algo de cierto hay en todo esto, aunque hace falta cabeza fría,  perspectiva histórica y una pizca de ironía para pensar si acaso no ha sido siempre así, de uno u otro modo.

En todo caso, a izquierda y derecha y aunque sea por motivos diferentes, se insiste últimamente en el viejo argumento del cambio de las estructuras. Como si la galerna actual pudiera superarse reformando la Curia, ajustando la disciplina eclesiástica o mejorando los procedimientos de selección de obispos, o con una adecuada estrategia de comunicación. Vaya por delante que no desprecio ninguna de esas cosas, cada una tiene su peso y cada una merece su atención. Pero me parece profundamente equivocado poner en ellas el punto de mira, como si ahí se jugara realmente la partida.

La reciente carta del Papa a los obispos de todo el mundo sobre las razones que le llevaron a la remisión de la excomunión a los cuatro obispos ordenados por Mons. Lefebvre sitúa el problema mucho más al fondo. Benedicto XVI realiza un diagnóstico que debería corregir todos nuestros análisis y prioridades: "en nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios… el auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto".

El problema para la Iglesia es éste: que Dios desaparece del horizonte de los hombres, y con ello entra en colapso la propia humanidad y sus construcciones. Lo acaba de reiterar el Papa en África: "cuando la Palabra de Dios es ridiculizada, despreciada y escarnecida, el resultado sólo puede ser la destrucción y la injusticia". Y sin embargo Dios entra en la historia de los hombres y "marca la diferencia", genera una racionalidad, un impulso de construcción, una libertad y un afecto impensables, por eso "Dios es el futuro". La alegría palpable de Benedicto XVI durante su periplo africano se explica sólo porque allí ha visto una Iglesia viva, que vive de esto y por esto, libre de polémicas estériles como las que nos distraen a menudo en Occidente.

A bordo del avión le preguntaron al Papa si propondría a la Iglesia en África un examen de conciencia y la consiguiente purificación de sus estructuras. Y su respuesta fue que naturalmente existe siempre una necesidad de purificación, pero sobre todo de una purificación interior, de los corazones, un nuevo comienzo en la presencia del Señor. El problema es la fe, prioridad única y absoluta del pontificado, como lo demuestran sus dos encíclicas y el libro sobre Jesús de Nazaret. Y afirmar esto es realizar también un gesto de gobierno dirigido a toda la Iglesia, que podrá ser entendido y seguido o no, en todos los niveles. Ése es ya otro cantar.

La prioridad de la Iglesia no puedes ser ajustar su estructura, cosa que por otra parte hace sin cesar desde hace veinte siglos. El problema es comunicar la fe, hacerla presente como respuesta al corazón del hombre, crear espacios donde esa fe pueda ser encontrada, alimentada y acompañada, donde se hagan visibles sus consecuencias sociales y culturales. No por casualidad el Papa acaba de glosar la inmensa figura el obispo benedictino san Bonifacio: le impresiona su acogida de la Palabra de Dios, su amor apasionado a la Iglesia, su unidad con el sucesor de Pedro, su capacidad para generar cultura desde la fe, su incansable plantación de nuevas comunidades… y así hasta la entrega de su propia sangre. Y concluye el Papa: "comparando su fe ardiente, su celo por el Evangelio, con nuestra fe a menudo tan tibia y burocrática, vemos qué debemos hacer y cómo renovar nuestra fe, para dar como don a nuestro tiempo la perla preciosa del Evangelio". Hay que encontrar hombres y mujeres así, hay que pedirlos al dueño de la viña, hay que facilitarlos y esperarlos, y sobre todo hay que seguirlos. No existe otra hoja de ruta en medio de la galerna.   

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