La guerra en Ucrania aleja al mundo árabe de Occidente

España · Michele Brignone
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12 mayo 2022
Entre crisis y contradicciones, la relación entre Estados Unidos, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos ha sido una constante de las últimas décadas.

Desde la llegada de la administración Biden, y sobre todo desde el estallido de la guerra en Ucrania, las señales que llegan desde ambos países del Golfo anuncian una significativa inversión en la tendencia. Aunque formalmente hay una equidistancia entre las partes en conflicto, empeñadas en buscar un difícil equilibrio entre Moscú y Washington, de facto, Emiratos y Arabia Saudí no se han esforzado demasiado en ocultar sus simpatías prorrusas. El príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salman ha rechazado una llamada telefónica de Biden pocos días después de haber hablado con Putin. Emiratos, en cambio, ha recibido al presidente sirio Assad, aliado de Putin, y ha enviado a su ministro de Exteriores a Moscú a un encuentro con el presidente ruso, mientras Dubai se ha convertido en el principal refugio de los oligarcas rusos que huyen de las sanciones occidentales.

Las preferencias políticas de ambos países también se dejan ver en sus medios de comunicación, tan críticos con Estados Unidos como condescendientes con los argumentos de Moscú. Entre muchos ejemplos, destaca un largo artículo del líder checheno Ramzan Kadyrov, fidelísimo a Putin y futuro general del ejército ruso, que en el diario Al-Ain ha anunciado la “caída del mundo unipolar”, recitando al pie de la letra las tesis del Kremlin sobre la “operación especial en Ucrania.

Las razones más inmediatas de esta decisión hay que buscarlas en la irritación por la parcialidad estadounidense en Oriente Medio y la manifiesta antipatía entre el presidente Biden y los líderes de Arabia Sautí y Emiratos. Las explicita con claridad el politólogo emiratí Abdulkhaleq Abdulla en un artículo que dice que las relaciones entre su país y Estados Unidos se encuentran en el punto más bajo de los últimos 50 años y que la administración Biden “corre el riesgo de perder a un socio regional cada vez más seguro de sí mismo”.

Sin embargo, estas consideraciones no bastan para explicar la situación de la geopolítica de Oriente Medio. Las inclinaciones prorrusas del Golfo revelan también un movimiento cultural más profundo, cuyas raíces preceden al conflicto en Ucrania y cuyas ramificaciones anuncian tendencias válidas para el mundo árabe en los próximos años. Aparte de intereses contingentes, Rusia, Arabia Saudí y Emiratos también están ligados por una profunda aversión hacia las manifestaciones en la calle, el activismo de la sociedad civil y los procesos de democratización. No en vano, los tres países se encuentran en el mismo bando de Libia, los tres apoyaron al general Al-Sisi en Egipto y convergen en su posición sobre Siria, donde inicialmente Riad y Abu Dabi eran favorables a un cambio de régimen que modificaría los equilibrios regionales en detrimento de Irán. Por otro lado, Mohamed Bin Salman y Mohamed Bin Zayed no verían demasiado mal un triunfo ruso en Ucrania, certificando que el viento de la historia sopla las velas de las autocracias.

Al mismo tiempo, el modelo ruso no refleja totalmente las aspiraciones de Emiratos y Arabia Saudí. Es difícil que ambas monarquías del Golfo se reconozcan en las obsesiones ancladas en el pasado de Putin y en las oscuras pulsiones reaccionarias de los ideólogos que informan sobre la visión del mundo del Kremlin. Riad y sobre todo Abu Dabi se proyectan hacia el futuro, se encuentran a sus anchas en la globalización y miran con admiración a la potencia del sistema técnico americano. Lo que más les aleja de Estados Unidos son sus reclamos cíclicos a la democracia y a los derechos humanos. La tensión actual entre Washington y Riad estalló, por ejemplo, cuando la administración Biden acusó explícitamente al príncipe heredero saudí de ordenar el homicidio de Khashoggi. Por otro lado, el catálogo de derechos humanos promovidos desde Occidente cada vez se amplía más, y acaba delineando una antropología profundamente distinta a la de la Declaración Universal de 1948, cuya universalidad todavía está por demostrar.

Se comprende así la creciente sintonía de estos países con China. El gigante asiático está firmemente consolidado en el campo de los autoritarismos, pero es capaz de competir con la fuerza económica y tecnológica de Estados Unidos. Ya en El choque de civilizaciones, Samuel Huntington preveía la formación de un eje “islamo-confuciano”, no fundado sobre la base de una inexistente afinidad religiosa o cultural entre los mundos árabe y chino, sino más bien en virtud de su hostilidad común hacia Occidente, sobre todo en lo referente a democracia y derechos humanos. Sin embargo, a diferencia de lo que pensaba Huntington, el alejamiento de países como Arabia Saudí y Emiratos respecto a Estados Unidos no se debe a ningún tipo de despertar islámico, sino que nace más bien de la voluntad de dichos países de afirmar su propia autonomía dentro de un sistema multipolar. En todo caso, confirme o no la tesis del politólogo americano, la reciente participación del ministro chino de Exteriores en la reunión de la Organización de Cooperación Islámica tiene sin duda un fuerte valor simbólico, más aún si pensamos en la cuestión del Xingjang.

Todo esto plantea naturalmente más de una pregunta a Occidente. Lo que está en juego en este momento no es la supremacía americana. Estados Unidos siguen siendo la primera potencia militar del planeta y ni China ni Rusia serían capaces de asumir la seguridad de los países del Golfo, donde el repliegue estratégico de Washington supone un motivo de inquietud.

La cuestión de fondo es la relación entre Occidente y el resto del planeta. En las conclusiones de su magnum opus, Huntington afirmaba que el universalismo de Estados Unidos, es decir, su voluntad de exportar su propio modelo, era una amenaza para Occidente y para el mundo. Desde entonces, la difusión planetaria de los valores occidentales se ha visto seriamente comprometida por una serie de fracasos clamorosos, empezando por la perversa idea de exportar la democracia mediante las armas.

Además, la unificación tecnológica del plantea realizada por la globalización no solo ha generado cierta cultura universal, sino que ha creado un ambiente propicio para afirmar formas de dominio y autoritarismos cada vez más sofisticadas.

Criticar esa deriva no significa necesariamente resignarse al relativismo. No se trata de renunciar a la promoción de valores universales, sino a su enunciación y aplicación abstracta, privilegiando en cambio una relación dinámica entre culturas que permita reconocer y valorar lo que es común a las diversas tradiciones, y criticar cuando sea necesario lo que se revela en cada una de ellas problemático o inadecuado. Para el propio Huntington, profundamente incomprendido en este punto, el choque de civilizaciones no era un programa que realizar, sino una grave amenaza que evitar. Para ello, consideraba necesario favorecer las relaciones e intercambios entre culturas (entendidas de manera demasiado estática, eso sí), de tal modo que todos cooperasen a la construcción de la civilización (en singular) contra la barbarie.

Situarse en esta perspectiva quiere decir en el fondo tomar en serio la visión tantas veces formulada por el papa Francisco, que como alternativa a la globalización “esférica” y uniformadora, propone el modelo del poliedro de múltiples caras, cada una con su propio valor que se debe respetar.

Oasis

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