¿La guadaña o la flor?

Mundo · Alfonso Calavia
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17 febrero 2020
Hace un par de días me metí en la web de Público y me topé con esta sugerente fotografía. Aparece un monigote –que supongo quiere representar a una persona huyendo del fuego– corriendo a todo correr para refugiarse a la vuelta de la esquina; bueno, mejor a la vuelta de la guadaña, donde imagino que habrá un sitio calentito sin sobresaltos impertinentes. También pude leer su explicación, título, subtítulo o como quieran llamarlo: Más allá no duele. Pero lo mejor de la imagen es que el muñecajo tiene un solo ojo y la nariz más grande que las manos, no tiene boca ni tampoco orejas. Yo creo que el dibujante quería hacerle correr hacia el más allá y sanseacabó.

Hace un par de días me metí en la web de Público y me topé con esta sugerente fotografía. Aparece un monigote –que supongo quiere representar a una persona huyendo del fuego– corriendo a todo correr para refugiarse a la vuelta de la esquina; bueno, mejor a la vuelta de la guadaña, donde imagino que habrá un sitio calentito sin sobresaltos impertinentes. También pude leer su explicación, título, subtítulo o como quieran llamarlo: Más allá no duele. Pero lo mejor de la imagen es que el muñecajo tiene un solo ojo y la nariz más grande que las manos, no tiene boca ni tampoco orejas. Yo creo que el dibujante quería hacerle correr hacia el más allá y sanseacabó.

Pero hablemos del más acá. No sé si conocerán al escritor húngaro Imre Kertész. Le dieron el Nobel de Literatura a principios de siglo, y mucho antes, siendo adolescente, lo metieron en Auschwitz. Fíjense en lo que dejó escrito: “Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración”. ¡Aquel bonito campo de concentración! “Una antítesis en toda regla”, diría un profesor de Lengua. Aunque, curiosamente, aquí no es un recurso literario, sino la pura realidad. Impresiona mucho constatar la capacidad de atracción que tiene el más acá, incluso en Auschwitz. Vamos que si este señor se hubiera dibujado a sí mismo lo habría hecho agarrándose al fuego. Como el hombre del que habla Ortega en sus Meditaciones, que por lo visto fue a ahorcarse de un árbol y finalmente cambió de opinión porque cuando se echaba la cuerda al cuello, percibió el aroma de una flor a los pies del tronco. O como uno de los pacientes oncológicos de mi mujer, que no le queda mucho tiempo en esta vida, pero es hablarle del Madrid-Atleti y de la patada de Valverde en los últimos minutos de aquel partidazo y se enciende; se podría tirar hablando de ello horas y horas.

Es probable que –si han llegado a este tercer párrafo– estén pensando qué tendrá que ver una foto de Público con Hungría y las flores con los pacientes de mi mujer. Para entenderlo hay que volver a la imagen. Seguro que han leído las letras blancas sobre fondo negro que aparecen en la parte superior. Sin ellas, el sentido de la foto podría ser algo confuso. Forman la palabra eutanasia, una de las primeras leyes que quiere aprobar el actual Gobierno del PSODEMOS. El dibujante, Eneko de las Heras, recién fichado por el periódico como humorista gráfico, aclara con esta palabra lo que quiere transmitir con la composición pictórica: que la llamada “muerte digna” es sinónimo de alivio. Y es verdad. Más allá no duele. Tampoco llueve ni hay atascos, me imagino, pero bueno, que ha decidido usar el verbo doler. ¿Y si en vez de Más allá no duele hubiera elegido como título Más allá no llueve o Más allá no hay atascos? Probablemente habríamos respondido: “Ya tronco, pero aquí tenemos paraguas y unas pedazo líneas de metro que no veas. La lluvia y los atascos son problemas que tienen solución antes de llamar a la muerte”. ¿Y con el dolor? ¿No hay solución? Yo creo que no. Viene de serie, como la lluvia o los atascos. Pero una cosa sí podríamos hacer: no amputarnos las orejas ni los ojos. Escuchemos y miremos mucho. Prestemos atención. Un monigote dolorido pero con dos ojazos, la nariz bien grande, una señora boca y un buen par de orejas quizá cambiaría de dirección e iría hacia el fuego. Hay algunas cosas que son dolorosamente irrenunciables, la vida es una de ellas.

Tranquis… que ya estoy viendo vuestra primera objeción… ¡que los que no tienen ojos pueden ver!, si no que se lo digan al Principito.

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