La gran oportunidad

Editorial · Fernando de Haro
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28 abril 2024
La “edad secular” es una invitación para crecer, una ocasión para incrementar la conciencia de lo humano y del valor de la fe.

Es un motete del siglo XXI, una composición polifónica a cuatro voces. La del filósofo Charles Taylor, el arzobispo Rowan Williams, la del teólogo Julián Carrón y la de la profesora Alessandra Gerolin. La profesora italiana introduce los motivos con sus preguntas y las voces masculinas desarrollan la pieza a capella, sin instrumentos académicos. Lo hacen con acentos tan diferentes como el canadiense, el británico y el español. El tema del motete es profano y por eso profundamente sacro: Habitar en  nuestro tiempo. Vivir sin miedo en la edad de la incerteza. La música se escucha al abrir el libro del mismo título que acaba de publicar Bur Rizzoli.

Los tres intérpretes parten de un dato indiscutible: vivimos en la “edad secular”. Ha desaparecido la cristiandad Ya no basta estudiar las pruebas sobre la existencia de Dios. La tradición puede volverse un arma de doble filo que hiere a quien la usa mal. Ya no hay identidades nacionales vinculadas a la Iglesia. Ya no vivimos en una sociedad en la que la adhesión a la fe sea numéricamente muy relevante. Tampoco la estructura política ni las tradiciones intelectuales y artísticas están marcadas por el cristianismo. Ha fracasado el proyecto ilustrado que quería mantener en pie los valores humanos sin vincularlos a sus orígenes cristianos.

Carrón, Taylor y Williams han vivido la transición. Han tenido una fuerte experiencia personal de ese momento en el que la doctrina, transmitida de un modo ortodoxo, no daba razones suficientes para seguir creyendo. Y ellos mismos se sorprenden de no estar entre los que abandonaron la fe, parecía lo más normal para quien quería ser razonable y libre.

Quizá por eso consideran la “edad secular” como una invitación para crecer, una ocasión para incrementar la conciencia de lo humano y del valor de la fe. Hablan de la secularización como un don, como una vocación. Haber perdido la cristiandad no supone haber perdido algo maravilloso sino haber ganado un modo más sano de vivir.

Don, oportunidad, vocación… ¿en qué sentido? Ya no es posible que la fidelidad política y la fidelidad de la fe se identifiquen, ha desaparecido la tentación de imponerla a toda la sociedad. La tarea no es defender o reconstruir la civilización cristiana.

Estamos en el tiempo de la paradoja. La descomposición de lo humano saca a la luz la irreductibilidad de las personas. El miedo que derrumba discursos y reglas invita a redescubrir el misterio del corazón. En el final está el principio con el que Dios nos educa para no dar por conocido lo que creíamos saber. La tempestad saca a flote el puerto seguro.

¿Pero cómo? ¿Con qué método? La respuesta recorre el libro de la primera a la última página. Y se construye con la experiencia de los autores.

¿Cómo? Desde luego no a través de la disciplina y del cumplimiento de las reglas. Fórmula cada vez más habitual. La leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski, actualísima, nos muestra lo contraproducente que es renunciar a la libertad para evitar riesgos y errores. Equivocarse al realizar un juicio no invalida la capacidad del hombre para reconocer la verdad.

¿Cómo entonces la edad secular se convierte en una aliada? A través de la libertad, viviendo a fondo la propia humanidad y sorprendiéndose de cómo la fe responde a sus deseos, aprendiendo del otro lo que me hacer ser más quien soy.

Es impensable aceptar y proponer la fe como una imposición extrínseca al yo, como una constricción moral. La única arma con la que cuenta es su atractivo. A fin de cuentas, el cristianismo es una forma de hedonismo. El único modo de desafiar la libertad es atraerla, facilitar una experiencia en la que Dios ha dejado de ser una amenaza y un rival. Jesús es completamente humano y completamente divino y, por eso, tiene una capacidad única de satisfacer y de generar libertad (las dos cosas son lo mismo). Hay que experimentarlo.

Williams, Carrón y Taylor, convierten el motete en un testimonio personal de qué significa vivir sin miedo. Y lo dejan claro: no podemos seguir pensando que todos son como nosotros o como nuestros amigos. Pensar así no nos permite comprender el mundo en el que vivimos ni entender la vocación a la que estamos llamados.

 

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