Editorial

La gran luz del pontificado de Francisco

Editorial · Fernando de Haro
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2 septiembre 2018
En medio de la gran tormenta, de la traición, del pecado de los suyos, la mirada la mantiene fija en lo esencial. A la vuelta de su viaje a Irlanda, uno de los países donde la pederastia y los delitos de los sacerdotes más daño han hecho, después de que el ex nuncio Viganò pidiera su renuncia con mentiras, Francisco afirma en la audiencia general: Cristo quiere “hacer del mundo un hogar donde nadie esté solo, no querido, o excluido”. Los ojos del papa argentino buscan, en un momento de prueba, la mirada de Jesús hacia el mundo. No cae en la trampa, mil veces denunciada, de la autorreferencialidad. Francisco reacciona ante la crisis como un cristiano en el que el cristianismo no se ha convertido en una “doctrina sin misterio” o en una “voluntad sin humildad”. Responde, alzando la vista, “reconociendo la presencia de Jesucristo y siguiendo”. Este cristianismo cristiano de Francisco, este estar “fascinado y lleno de estupor ante la excepcionalidad” del “encuentro con un acontecimiento, con una Persona” es lo que hace luminoso su pontificado. Luz para un mundo en transición, herido por el colapso de los tiempos modernos. Claridad para una Iglesia afectada por una crisis severa en la que la fe de los sencillos pretende ser confundida por instancias clericales que cuestionan su fundamento y garantía: la autoridad. Francisco mira a lo esencial y anuncia, incasablemente, la gran alegría de la encarnación.

En medio de la gran tormenta, de la traición, del pecado de los suyos, la mirada la mantiene fija en lo esencial. A la vuelta de su viaje a Irlanda, uno de los países donde la pederastia y los delitos de los sacerdotes más daño han hecho, después de que el ex nuncio Viganò pidiera su renuncia con mentiras, Francisco afirma en la audiencia general: Cristo quiere “hacer del mundo un hogar donde nadie esté solo, no querido, o excluido”. Los ojos del papa argentino buscan, en un momento de prueba, la mirada de Jesús hacia el mundo. No cae en la trampa, mil veces denunciada, de la autorreferencialidad. Francisco reacciona ante la crisis como un cristiano en el que el cristianismo no se ha convertido en una “doctrina sin misterio” o en una “voluntad sin humildad”. Responde, alzando la vista, “reconociendo la presencia de Jesucristo y siguiendo”. Este cristianismo cristiano de Francisco, este estar “fascinado y lleno de estupor ante la excepcionalidad” del “encuentro con un acontecimiento, con una Persona” es lo que hace luminoso su pontificado. Luz para un mundo en transición, herido por el colapso de los tiempos modernos. Claridad para una Iglesia afectada por una crisis severa en la que la fe de los sencillos pretende ser confundida por instancias clericales que cuestionan su fundamento y garantía: la autoridad. Francisco mira a lo esencial y anuncia, incasablemente, la gran alegría de la encarnación.

Bergoglio es un joven que encuentra su vocación en un confesionario. Luego será un joven ex provincial de los jesuitas que, sin tarea alguna, pasa larguísimas horas en otro confesionario. Y en los confesionarios aprende cuál es el signo de los tiempos. En un mundo postcristiano, “el deseo de la bondad divina es lo propio del hombre de hoy” que “bajo la pátina de seguridad de sí mismo y de la propia justicia, esconde un profundo conocimiento de sus heridas” (Benedicto XVI). Ya no es el hombre quien se justifica ante Dios, sino Dios el que se justifica ante el hombre, como Aquel que responde al mal con una ternura vencedora. Esta es la gran inteligencia histórica de Bergoglio, el jesuita, el papa para el que solo la Misericordia es digna de fe. Ante el don de un papado así es sorprendente que prevalezca la queja o la incomodidad por el “estilo de Francisco”, por su forma de hablar, por sus supuestas imprecisiones o imprudencia.

El primer jesuita que se convierte en sucesor de Pedro no es ese cura, obispo y cardenal que pintan algunos: ingenuamente premoderno, confiado de un modo acrítico en la fe popular (algunos añadirían que simple) de América Latina, determinado por el peronismo, pauperista por reacción-presión del marxismo. Bergoglio afronta desde joven las raíces idealistas de la secularización (Argentina quizás con Chile es el país más europeo de América). Encara el gran desafío de la dialéctica hegeliana, apoyándose en maestros como Guardini, y defiende la superación de las polaridades opuestas en un tipo de síntesis, la que genera Dios, que no anula a las partes. Es esta fórmula y experiencia de polaridades opuestas la que pondrá en práctica cuando afronte el peronismo y el antiperonismo. La apuesta por las periferias no es tampoco una simple opción sociológica sino un método para superar el narcisismo que priva a la fe de acontecimiento, que desdibuja la sacramentalidad (para el mundo).

Francisco no pone a la Iglesia en crisis. Su insistencia en el cristianismo como acontecimiento de gracia y las resistencias que genera en nombre de la recta doctrina (la influencia protestante es determinante para que la doctrina se utilice contra la autoridad) desvelan hasta qué punto la gran crisis tras el Vaticano II es esta y no la de los años 70. La crisis de quien se escandaliza porque la Iglesia rechace la hegemonía, la de quien ha confundido las consecuencias éticas y doctrinales con el origen la fe. La de quien le enseña moral al sucesor de Pedro.

Ante un papa que subraya lo cristiano del cristianismo se destapa “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial”. Son todos síntomas.

Personajes como el ex nuncio Viganò, que se dejan utilizar por sectores de la Iglesia de Estados Unidos (con dinero y poder, defensores de crear reservas indias de católicos cada vez menos católicos) son el síntoma de la resistencia a lo más cristiano que hay en el cristianismo: Alguien que nos sucede.

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