México, plan de reformas estructurales

La felicidad estadística

Mundo · Juan Manuel Escamilla, México D.F
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1 octubre 2009
Es proverbial el retrato que del talante mexicano de un plumazo hizo Womack en su prefacio a Zapata y la revolución mexicana: "Este libro es acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por eso mismo, hicieron una revolución", irónica e incisiva síntesis del proceder político mexicano. En los albores del centenario de la revolución y el bicentenario de la independencia (por cierto: qué malsano cansado retorno de lo mismo) el presidente Calderón y su equipo, ya más bien de salida, proponen una serie de reformas "estructurales" del país porque, presumiblemente, quiere correr una suerte distinta a la trágica de la que habla Womack. Lo más probable, sin embargo, es que de nuevo no pase nada.

Vamos a ver. En lo relativo a la factura de las reformas urgentes del país estamos en buenas manos. Según la lógica del liberalismo neoclásico al menos. Nuestro presidente y su secretario de Hacienda son buenos muchachos que cursaron con provecho sus estudios en las mejores universidades del Imperio y se comportan con toda la corrección que exige la ortodoxia fiscal. Son estadistas incluso lúcidos y cautos. Quiero decir que hacen lo que deberían hacer según los principios de la economía. Procediendo como cirujanos prudentes ante un enfermo (todos los síntomas indican que terminal), están proponiendo una serie de modificaciones integrales de la administración pública. Cortaron al Leviatán ya tres voraces cabezas innecesarias y lo pusieron a dieta de la mitad del gasto corriente, la iniciativa privada está dispuesta a apoyar el incremento al ISR siempre que sea equitativo al del consumo (logro significativo) con miras a una recaudación hacendaria más eficiente y menos parcial que se aplicará de forma inteligente en gasto social. Se trata de medidas a todas luces impopulares para fines electorales y, francamente, de un atrevido harakiri que le costaría, de llegar a implementarse las reformas, el Gobierno federal, de por sí ya más bien improbable para el PAN. Las reformas mantendrán pues un razonable nivel de riesgo para las inversiones y los indicadores económicos de la posteridad hablarán bien de su desempeño. En el pizarrón se verá bien.

Ahora, es importante advertir que la maquinaria estatal mexicana está concienzudamente desarticulada. Ninguna de sus partes está de acuerdo con las demás. El modelo estatal está diseñado para el esquema priísta: un presidente fuerte inmediatamente secundado por todos los actores políticos, respaldado por el partido que lo llevó a la titularidad del Ejecutivo y que volverá a ganar en las siguientes elecciones. Ahora que no son tales las circunstancias de nuestra adolescente democracia, la fisonomía estatal es desconcertante: consiste en un equívoco sistema hidráulico donde todos los vectores se oponen. Así, todo indica que la brillante propuesta del Ejecutivo terminará por ser, víctima de mil remiendos, el travestido amasijo de todas las correcciones y retractaciones posibles, a cargo de las modificaciones del Legislativo y los amparos del Judicial. Para México la transición, en materia de política, ha significado parálisis del aparato estatal y ésta no será la excepción. De todos modos, eventualmente volverá el PRI a Los Pinos.

El éxodo a la tierra prometida de la felicidad estadística se logrará entonces sólo parcialmente. Aun si ello exige algunos sacrificios a corto plazo: el aumento de los despidos, la necesidad de que la clase media se apriete (más) el cinturón, que por el momento a los inversionistas les convenga más no contratar nuevos empleados… Y todo para que, en realidad, no pase nada fuera del dominio de los números.

Si las crisis del capitalismo han marcado la generación de mis padres, la mía vino a dar a un México donde el pan de cada día será el ahorro forzado por las retractaciones del derroche y la hiperburocratización.

En español: que seguiremos viviendo la equitativa repartición de la mayor miseria posible entre la mayoría y el obsceno enriquecimiento de los (que ya eran) ricos. Éstos han evadido y seguirán evadiendo los impuestos aprovechando las fisuras de la hermenéutica jurídica (aunque las reformas contemplan que los grandes actores financieros le entren a la recaudación de impuestos, éstos sólo tendrán que echar mano de nuevas estrategias para eludirlos). Los pobres se mantienen casi del todo fuera de la lógica económica (gracias a Dios) habitando el paraíso de la economía informal. Como siempre, los vidrios rotos van a cuenta de la maltratada y minoritaria clase media. Al final, pagará más impuestos, los precios de todo seguirán subiendo, los salarios conservarán su rigidez (mortis, desafortunadamente para México, en Chicago se descuida a Keynes), y eso si por fortuna se conserva el empleo. Y todo por el prurito de seguir alimentando al patético Leviatán tropical para que celebre su cumpleaños doscientos con fuegos pirotécnicos y mantenga su quijotesca cruzada contra el narco (grotesca guerra sin cuartel cuyo propósito parece ser el de batir el récord de infracciones a los derechos humanos). De todos modos, las cifras estadísticas oficiales hablarán de una economía más o menos estable (quiero decir: todo lo que ello sea posible en medio de la actual crisis global), pero al fin y al cabo los indicadores apuntarán la felicidad (sólo y estrictamente) estadística. O, ya más claramente: lo que está mal se pondrá peor. Y lo que está mal es casi todo.

¿Y la familia mexicana? ¡Ah! Bien gracias, pero no comió y tiene miedo de que la secuestren. Es decir: la felicidad estadística se superpondrá a la tristeza nuestra de cada día, como ha venido ocurriendo. 

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