La fe muere y vive

Mundo · Massimo Borghesi
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2 septiembre 2008
Huyendo del bochorno romano con mi familia, he pasado uno días de vacaciones en un pequeño pueblo entre la Toscana y Umbría, adonde unos amigos nos invitan desde hace años. La gente del lugar es cortés pero mantiene una distancia que roza la frialdad. Lo que falta es eso que podríamos llamar el sentimiento popular de la vida. Los intereses, los negocios, ocupan la mente; para los asuntos del corazón no hay sitio.

En la iglesia, el párroco, con el paso de los años, celebra con voz baja y monótona no ya la victoria y la belleza de la fe, sino su ocaso. Como intuyó Nietzsche, la iglesia aquí es el sepulcro de Dios, no el lugar de su resurrección. Los pocos que participan en la misa soportan con paciencia una larga e inútil predicación leída de un folio impreso, y se van al final en silencio. El resultado es lo que el gran filósofo francés Etienne Gilson escribía a Augusto del Noce en 1965 en un epistolario recién publicado en Italia por Cantagalli: "Vivo en un pueblo francés donde prácticamente nadie cree en Dios; más aún, en nada que esté fuera de los intereses materiales inmediatos. La moralidad se mantiene, las ideas, del tipo que sean, languidecen y se deterioran".  

Este vacío, que afecta también al pequeño pueblo de la Toscana, es como un vacío del alma, una pérdida que sufren los centros grandes y pequeños, el campo y la ciudad. Un desierto que crece y que, con su aridez, envuelve a todos, a los jóvenes en particular. Lo que queda es un nivel elemental de la naturaleza, una mezcla entre el eros, la instintividad inmediata orientada al sexo, y el temor a la muerte. Hay un rasgo que define a la juventud de hoy: la desaparición del pudor. El pudor, esta tutela fundamental no tanto del cuerpo sino del alma, se ha disuelto. Ha quedado licuada bajo el mensaje repetido, obsesivo, del comercio-prostitución de los cuerpos.

Atrapados entre los intereses cínicos del mundo adulto y la erótica juvenil, su vida se ha olvidado de la gratuidad, de esa gratuidad esencial que permite respirar, que permite vivir sabiendo que sólo el amor auténtico puede vencer la esclavitud que genera el miedo a la muerte. Una gratuidad extraña no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia. Es lo que pienso escuchando al viejo párroco que ni siquiera tiene el valor de arriesgar dos palabras, de donar algo que sea suyo, que nazca de sí, de su corazón. Esta Iglesia que "frena" a Cristo, que detiene el obrar de Cristo, su Presencia real, efectiva, histórica, es una Iglesia que se resigna a morir.

Para ahuyentar estas sombras no hay más que seguir la indicación que Emmanuel Mounier daba en un espléndido libro, desde hace tiempo imposible de encontrar, dedicado a La aventura cristiana: mirar el rostro de los santos, de los testigos. En su caso, el rostro de una campesina española, echada en tierra con los brazos extendidos como una reina, frente al crucifijo en una pequeña iglesia de Toledo. En mi caso, el de las hermanas agustinas de Lecceto, cerca de Siena, que visito cada año con alegría para satisfacción de mi alma. La dulzura y esplendor de estos rostros, la belleza de los cantos, la atención hacia sus huéspedes son el signo visible del obrar de Dios en el mundo. Es pura gracia. La fe hoy, para nacer y para mantenerse, necesita de estos rostros. Para mirar y para amar con gratuidad hay que ser mirado y amado con gratuidad. Es una ley del espíritu.

También fue testigo mi amigo Andrea, que marchó a Lima (Perú) a finales de los 80 para compartir el destino de aquel pueblo y comunicar a Cristo. Andrea, queridísimo amigo, inesperadamente desaparecido, era el que hacía todo a todos, sacando tiempo, en sus largas jornadas que comenzaban a las seis de la mañana y no acababan hasta avanzada la noche, para un gesto o una palabra tanto a los que tenía al lado como a los que estaban lejos. Los domingos iba a los slums de Lima a compartir las necesidades de los pobres, a jugar con los niños. En su funeral lo acompañó un inmenso gentío conmovido y agradecido.

El 15 de agosto es la fiesta de la Asunción física, corporal, de María al cielo. Si puedo creer en este acontecimiento único, en el que la muerte es definitivamente vencida, es porque he visto el amor, la gratuidad, la belleza del rostro de las hermanas de Lecceto y el de Andrea, Andrés como le llamaban los peruanos. A ellos, la gratuidad de la vida.

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