La fatiga y el amor de Benedicto XVI

Mundo · José Luis Restán
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2 septiembre 2009
Siempre son sui generis las vacaciones de un Papa. Más aún lo han sido este año con la mano derecha enyesada, tras el incidente nocturno en el chalet de Les Combes. El Papa Ratzinger se ha visto en el banco de la paciencia, como él mismo ha dicho con ironía: será que debo ser más humilde y dedicar más tiempo a la oración.

De cualquier modo el verano eclesial no ha sido tranquilo. A la durísima persecución que sufren los cristianos en Iraq y Pakistán se une la penosa ambigüedad del régimen vietnamita, que aspira a una visita del Papa mientras atornilla a las comunidades católicas del país. Pero en el occidente libre no faltan los problemas de comunión, la preocupación por los sacerdotes, y sobre todo la aguda conciencia de una descristianización que avanza. Los asuntos se amontonan en la mesa del secretario de Estado, Cardenal Bertone, que ha sentido este verano la necesidad de conceder una amplia y sabrosa entrevista a L'Osservatore Romano en la que responde con desacostumbrada crudeza a algunos de los tópicos sobre el Papa: que no gobierna, que busca dar marcha atrás en los avances del Concilio, que no desatasca el ansiado diálogo de la Iglesia con la modernidad.

Lo de L'Osservatore demuestra que el periódico vaticano ha dejado de ser un boletín de documentación y noticias institucionales para convertirse en instrumento de combate. Una apuesta que lleva a cabo el director Vian no sin polémicas adjuntas, pero el horizonte de esta operación lo ha diseñado el propio Papa. Volvamos a la entrevista de Bertone, que es la pieza clave del verano de 2009, el año que en la Santa Sede se ha vivido peligrosamente, si bien el éxito del viaje a Tierra Santa y la calurosa recepción de la encíclica Caritas in Veritate han servido de bálsamo en los palacios apostólicos.

Sobre la cuestión del Concilio la respuesta es clara: el Papa pretende dar fuerza y hondura a las grandes líneas marcadas por el Vaticano II, de acuerdo con lo que explicó en el discurso capital de 22 de diciembre de 2005 a la Curia. No hay marcha atrás, sino actuación firme y decidida del verdadero Concilio. Bertone cita la nueva profundidad del diálogo con las iglesias orientales, con el judaísmo y con el islam; recuerda la fluidez del diálogo establecido con los obispos de todo el mundo y la revalorización del instrumento del Sínodo. Recuerda también su amor a la libertad y a la investigación, que son inseparables de la responsabilidad de la fe. Advierte que Benedicto XVI entiende la reforma de la Iglesia como una cuestión sobre todo de interioridad y de santidad: ahí tenemos que enclavar su iniciativa del Año Sacerdotal, su reclamo al cuidado y la profundidad de la liturgia, y su empeño de concluir el segundo volumen de su Jesús de Nazaret, para "hacer de Cristo el corazón del mundo".

En esta misma clave, a quienes se quejan de falta de renovación en la maquinaria de la Curia Bertone les recuerda la amonestación de Benedicto XVI en su carta a los obispos del pasado marzo: "el auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres, y con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del sucesor de Pedro en este tiempo". Sobre el "gobierno" del Papa el cardenal secretario no se muerde la lengua. Recuerda la larga experiencia del Papa Ratzinger en la Curia, en la que sabe moverse sin mapa y sin brújula a pesar de su conocido "distanciamiento de las maniobras que a veces se desarrollan en ciertos ambientes curiales poco empapados del verdadero amor a la Iglesia". Palabras duras del cardenal salesiano, del que se sabe que tiene poco de diplomático. A quienes afirman que Benedicto XVI no se faja con la Curia, Bertone recuerda que ha realizado más de 70 nombramientos de superiores de varios dicasterios, buscando siempre la competencia, el genuino espíritu pastoral y la internacionalidad. Y anuncia que pronto llegarán importantes decisiones, para las que se esperan hombres llegados de las jóvenes iglesias, especialmente la africana.       

La entrevista de Bertone, mucho más amplia de cuanto aquí deseo reportar, es una respuesta a campo abierto a tantas preguntas acumuladas en la primera mitad de este complejo 2009. El Papa sabe bien dónde está el núcleo de su misión, pero ha entendido (quizás amargamente) que en la aldea global dominada por los mass media es preciso salir, en tiempo y forma, al paso de cuestiones que por ignorancia o por malicia envenenan la comunicación de la vida de la Iglesia. En todo caso, Benedicto XVI sigue concentrado en sus grandes apuestas: la centralidad de Cristo, la apertura mutua y cooperación entre la fe y la razón, la misión entendida como diálogo y presencia en el mundo de la postmodernidad, la unidad de los cristianos, la defensa de la sacralidad de la vida humana y de la creación.

Le espera a final de mes un viaje significativo a la República Checa. Allí como en otros lugares del centro-este de Europa, después de la exaltación de la libertad ha llegado el cansancio y tras el heroísmo la mediocridad. Tras el comunismo la Iglesia se entregó (justamente) a la reconstrucción de templos e instituciones pero ahora urge otra reconstrucción más radical. Benedicto XVI es ciertamente el hombre para esta estación de la historia centroeuropea, porque sabe que no basta una gloriosa tradición ni la heroica resistencia frente al comunismo para que la chispa de la fe vuelva a prender y a suscitar una vida bella y pujante. Es necesario volver a encontrar al cristianismo como hecho presente, capaz de dar razón de la propia vida y de las circunstancias de la historia, capaz de generar comunión y de suscitar esperanza.  

En el horizonte esperan el Sínodo de África (en la que el Papa tiene depositadas tantas esperanzas), el desarrollo del Año Sacerdotal (mucho más que un calendario de actividades) y las futuras visitas a Alemania (una vez pasadas las elecciones, para deshacer muchos entuertos), a Gran Bretaña (en la estela de su querido cardenal Newman) y tal vez a Extremo Oriente (¿finalmente con estación en el complejo Vietnam?). Qué hermosos los pies del mensajero que anuncia la Buena Noticia.

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