Crisis de la enseñanza

La falta de cordura de la educación en valores

Mundo · Marcelo López Cambronero
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19 octubre 2011
Las últimas huelgas en la enseñanza pública provocadas por el aumento de las horas lectivas y por el deseo de combatir los primeros cambios de los gobiernos del PP han puesto, de nuevo, sobre la mesa la crisis educativa que sufre nuestro país. Marcelo López Cambronero, director del Instituto de Filosofía Edith Stein, reflexiona sobre las raíces del problema.

Sobre el tema de la "educación en valores" se ha escrito mucho y, a mi juicio, poco con cordura. Entre nuestros pedagogos cunde el falso criterio, tan propio de nuestro tiempo como de las ciencias jóvenes, consistente en tratar de solventar todas las cuestiones a fuerza de método y programa. Tanto es así, tantos protocolos y normativas tenemos e inventamos para dar con la solución a cada problema, que al final solemos acabar olvidando tanto el problema como qué solución nos parecía la apropiada, quedándonos en las manos los protocolos, métodos y normativas, que nos apresuramos a aplicar. Tal vez mantenemos la esperanza de que, mientras corremos, algo nos haga recordar los motivos por los que empezamos a hacerlo. Vamos así por la vida como cabalgaduras que, perdido el jinete en un azar del camino, siguen su trote ligero a la espera de nueva orden, pero sin saber muy bien hacia dónde van y, lo que es peor, por qué posaron pezuña en camino.

Ahí, en nuestro despistado deambulatorio, nos viene a socorrer la manida ideología y el pesado fardo del moralismo. Que parece que nos parieron para llevar el fardo y, de tanto arrugar la pose bajo su yugo, ya no sabemos vivir manteniendo otra compostura. Pues bien, ahí que está plantadito el moralismo, con sus métodos, programas y normativas; y nos dice: los niños no deben ver la televisión más de tantas horas a la semana, han de ocuparse de los deberes una media de no sé cuánto tiempo, es su obligación (y la nuestra como padres imponérselo) llevar bien apuntadito en la agenda el calendario preciso de sus exámenes. ¡Cómo no han de rendir y cumplir con sus afanes, y hacerse unos hombres y mujeres de provecho, si cumplen adecuadamente con toda la retahíla de sus haciendas! ¡Qué mejor manera de asegurar su futuro que el adaptarlos a la sobria regla de los psicólogos y pedagogos!

Sin embargo tal vez quepa preguntarse, si no se me ofende nadie, el motivo concreto por el que el típico niño mantiene las fauces abiertas ante la pantalla plana. De resultas que la solución a esta pregunta viene de suyo: es que el niño no tiene nada mejor que hacer. Le pasa como a todo hijo de vecino, tenga la edad que tenga, que se aposenta ante la calculada carestía de la televisión. Los niños, señores, es que se aburren.

Si llegara el caso de que algún amigo llamase al timbre para sacar al rapaz con la bici y este, aplomadito, se mantuviese boquipasmado en el sofá, sí habría llegado el momento de preocuparse. Los niños hacen cosas aburridas porque no tienen cosas más interesantes que hacer, o al menos nadie se las ha enseñado. Sencillamente porque como buenos seres humanos se adaptan muy bien a su medio y, mira tú por dónde, les ha tocado un mundo aburrido. Observan a sus padres y, si alcanzan a llegar a verlo, pensarán, ¡qué tostonazo!

¿Qué hacemos los padres para resultar tan aburridos? No disfrutar de la vida. Nos comportamos como esos adolescentes que empiezan a trabajar para ganar algún dinero que poder gastar el fin de semana, cuando huyen de su realidad cotidiana. La principal prueba de este hecho a mi juicio irrefutable es que nuestras relaciones, que son los elementos más significativos, son superficiales. ¿Quién tiene amigos? Apenas nos relacionamos con los parientes que tenemos que soportar. ¿Juegan nuestros niños con los hijos de nuestros amigos? No, caballero, porque manchan la alfombra.

Un ejemplo será la mejor demostración de lo que vengo a decir. Tiempo ha un buen amigo tuvo a su primera niña, preciosa y resultona, que le salió agraciada además de graciosa. "¡Lo mejor que me ha pasado nunca!", expresaba con gozo el susodicho que, a partir de hoy, cuando lea estas líneas, dejará de dirigirme la palabra. A continuación, como quien no quiere la cosa, apostillaba: "ya no quiero tener más". ¿Entienden? No disfrutamos de la vida, no nos atrae la realidad y el pasar de los días, para nuestros hijos, es un rollo. ¡Evidentemente! ¡Si cuando un acontecimiento nos conmueve, si cuando la belleza de lo real amenaza con mostrarnos la grandiosidad de nuestra existencia corremos a la trinchera de nuestro "quejío"! No sabemos vivir más que bajo el fardo y musitamos como imbéciles que eso de la felicidad es algo que solo añoran los ingenuos. Lo moderno es ser pesimista. Lo que decía Platón: que la estirpe de los necios es infinita.

En conclusión, hemos mutilado nuestro deseo y ante el vértigo de su esplendor nos hemos dejado engatusar por la cadencia ruinosa de las virtudes y vicios burgueses, por ese empobrecimiento general de los espíritus que nada tiene que ver con el olvido de una educación ciudadana, sino más bien con una dificultad, creciente, para adherirnos al atractivo de la realidad.

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