La Europa del presidente Trump

Mundo · Antonio R. Rubio Plo
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12 julio 2018
La agenda europea de Donald Trump en julio de 2018 habla por sí sola: presencia en la cumbre de la OTAN en Bruselas, visita a Theresa May en Londres y encuentro con Vladimir Putin en Helsinki. Tres eventos claramente diferenciados entre sí. La Europa de Trump es poliédrica y multilateral, y no tanto un encuentro de amigos y aliados. El sentimiento mutuo de serlo parece que se está desvaneciendo.

La agenda europea de Donald Trump en julio de 2018 habla por sí sola: presencia en la cumbre de la OTAN en Bruselas, visita a Theresa May en Londres y encuentro con Vladimir Putin en Helsinki. Tres eventos claramente diferenciados entre sí. La Europa de Trump es poliédrica y multilateral, y no tanto un encuentro de amigos y aliados. El sentimiento mutuo de serlo parece que se está desvaneciendo.

Con ocasión de otras cumbres atlánticas, un presidente americano visitaba sucesivamente diversas capitales de los aliados europeos. En estos momentos todo eso carece de significado: no nos imaginamos a Trump visitando a Merkel en Berlín. Tuvieron suficiente tiempo de hablar de sus divergencias comerciales en la cumbre del G7. Visitar a Macron tuvo su ocasión en 2017 cuando el presidente estadounidense estuvo presente en el desfile militar del 14 de julio. Viajar a Varsovia tuvo su momento hace un año con un discurso muy elaborado en el que repasaba la historia heroica de Polonia en los últimos dos siglos. ¿Y otros países europeos? Sencillamente no pasan por la mente de Trump. Además, para algunos jefes de gobierno hasta resultaría una incomodidad perturbadora de sus asuntos domésticos. Otros, en cambio, estarían encantados, pero su peso en la escena europea no es tan relevante como para recibir una visita del inquilino de la Casa Blanca.

¿Qué queda entonces tras la cumbre de la OTAN? Sencillamente Gran Bretaña, pero no parece que sea para recordar la alianza forjada por Winston Churchill, hijo de británico y americana. En la mente de Trump estará más presente el Brexit, por no decir las cuestiones comerciales, que otra cosa, aunque en los discursos haya un lugar para aquello de “nunca tantos debieron a tan pocos” o “sangre, sudor y lágrimas”. En apariencia, lo primero es la economía, o a lo mejor habría que decir el comercio internacional, donde los proteccionistas pasan por librecambistas y los librecambistas por proteccionistas. De la agenda de la cumbre de la OTAN pocos se quedan con lo de la ‘smart defence’, las maniobras en las fronteras de Rusia o las complejidades que acarrea la ciberguerra. Lo único que merece la atención es el estribillo del incremento de los gastos de defensa, que vuelve a sonar aunque algunos aliados, pero no todos, hayan prometido, por activa o pasiva, que alcanzarán el objetivo del dos por ciento del PIB en 2024. De todos modos, la visita a May sirve para recordar, a quien no quiera recordarlo, que las relaciones bilaterales para Trump son más importantes que las multilaterales. Para esto es útil el encuentro con los primos anglosajones, aunque ese encuentro carezca de sustancia, en un tiempo en que el gobierno de Theresa May vive horas bajas.

El tercer escenario de la gira europea de Trump es Helsinki, la capital finlandesa, que en otros tiempos fue lugar de encuentro entre líderes americanos y soviéticos. Allí se encontrarán dos políticos que solo creen en las relaciones bilaterales y se sienten un tanto incómodos en los foros multilaterales, pero asisten a ellos por cumplir un ineludible trámite. Trump lo dejó muy claro hace unos días: no puede decir con seguridad si la Rusia de Putin es un amigo o un enemigo, pero reconocía al mismo tiempo que esta es la parte de la gira europea en que va a sentirse más cómodo. Con eso  está diciendo que tiene más exigencias que plantear a sus propios aliados, pues a Trump le preocupa principalmente el déficit comercial americano, que a Putin. Los presidentes ruso y americano podrán hablar de Ucrania, Siria, Irán o Corea del Norte. Se diría que en estos temas existe una necesidad de creerse sus propias afirmaciones, y no faltarán medios de comunicación, al menos los suficientes, que hablen de un encuentro distendido y franco. También con este encuentro se contribuye a crear una ilusión: que Washington y Moscú siguen, como en tiempos de la guerra fría, poniéndose de acuerdo en gestionar los asuntos mundiales. Historicismo simbolista. La Rusia de Putin no es la URSS.

El único defecto de este planteamiento es que criticar a EEUU, una vez que la reunión de Helsinki haya pasado, sigue formando parte de la agenda doméstica del presidente ruso.

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