Tratado de Lisboa

La Europa alejada de sus ciudadanos, con prisas por la ratificación

Mundo · Mario Mauro, vicepresidente del Parlamento Europeo
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24 junio 2008
Después de la reunión de dos días del Consejo Europeo, en la que el No al referéndum sobre el Tratado de Lisboa ha sido el tema central, resulta evidente la intención de los responsables de las instituciones comunitarias y de los jefes de Estado y de gobierno para continuar e incluso acelerar el proceso de ratificación. En realidad, como era de esperar, no se ha tomado ninguna decisión definitiva.

Es más, de las conclusiones de esta reunión se deduce que el Consejo "necesita más tiempo" para examinar la situación del Tratado y que Irlanda "procederá activamente" a realizar una ronda de consultas internas y con sus socios para "proponer una vía de salida". Un cambio por fin en la Europa alejada de sus ciudadanos al anunciar una fuerte implicación para conseguir "resultados concretos" en las políticas que "preocupan a la gente". El Consejo Europeo toma nota de que 19 países miembros ya han ratificado el Tratado y que el proceso de ratificación "continúa en otros países".

Es importante subrayar algunas tomas de posición. El presidente del Parlamento europeo, Hans-Gert Pottering, ha insistido en la necesidad de seguir el camino de las ratificaciones proponiendo que el proceso llegue a su fin, a más tardar, coincidiendo con el próximo Consejo Europeo, que tendrá lugar en octubre, lo que permitiría así la entrada en vigor del Tratado a tiempo para las elecciones europeas de junio de 2009.

Una ratificación a corto plazo del Tratado por parte de todos los países y una superación del concepto de unanimidad, que históricamente ha constituido un freno al proceso de integración política y a la capacidad de decisión de la Unión, impediría una parálisis institucional que, de producirse, podría acabar de un golpe con los importantes progresos que el Tratado de Lisboa presenta en lo que se refiere al nivel de democracia en la Unión. Parece una contradicción: el pueblo irlandés rechaza el Tratado de Lisboa, hace pagar a la UE su enorme déficit democrático y después se descubre que en realidad el Tratado aumentaba la virtud democrática.

No es fácil el lenguaje del Tratado como tampoco lo son 400 páginas de fórmulas que remiten a otras leyes y que pierden así el interés de los ciudadanos por comprenderlas. Sobre todo, no es fácil para 500 millones de ciudadanos europeos, un pueblo con una historia forjada por el ideal cristiano, aceptar que este ideal no se considere mínimamente fundador del proyecto europeo. No es fácil aceptarlo, pero paradójicamente la ratificación y entrada en vigor del Tratado de Lisboa favorecería a dar pasos en este sentido. Tras la parálisis de 2005, se abandonó el concepto de una Constitución europea por considerarse demasiado rígida. El Tratado de Lisboa, por su naturaleza flexible, deja espacio al cambio en un futuro no demasiado lejano, pero sobre todo porque sustituye a la cultura de lo políticamente correcto con la capacidad de tomar decisiones en favor del bien común, algo que caracterizó el liderazgo de los grandes y verdaderos líderes europeístas del pasado.

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