La época de los mártires

Mundo · V.I.
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26 diciembre 2011
El martirio de los cristianos no es un fenómeno del pasado, como en la época del Imperio Romano. Todo lo contrario: «la época de los mártires es la nuestra». Lo sostiene el sociólogo y estudioso de las religiones Massimo Introvigne, representante de la OSCE para la discriminación hacia los cristianos, al día siguiente de la masacre de Navidad en las iglesias cristianas de Nigeria, y en el día en el que la Iglesia festeja a San Esteban, primero de sus mártires.

«Es curioso que muchos, cuando se habla de martirio, piensen en algo que pertenece a los tiempos del Imperio Romano», dice Introvigne en una entrevista con la Radio Vaticana, y añade que «es así, pero sería bueno que no solo los cristianos (directamente involucrados), sino que todos supieran que, desde el punto de vista histórico, la época de los mártires es la nuestra». Según un estudio estadístico «del mayor especialista de estadística religiosa moderna, David Barret», los mártires cristianos «desde la muerte de Jesús hasta nuestros días han sido unos 70 millones, pero de estos, 45 millones (más de la mitad) se concentran en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI».

Introvigne recuerda que también Juan Pablo II invitaba a «reflexionar siempre sobre el hecho de que el siglo de los mártires fue el siglo XX y que este siglo de martirio, que claramente tuvo algunas cumbres en los horrores del comunismo y de nacionalsocialismo, continúa todavía en el siglo XXI».

El representante de la OSCE contra la discriminación anti-cristiana explica que, entre las situaciones que hoy en el mundo provocan mayor preocupación, «ciertamente, la primera que viene a la mente es la del ultrafundamentalismo islámico». Después, «hay una segunda área, que es la de los países todavía influenciados por la ideología comunista». Una tercera área sería «la de los nacionalismos con fondo religioso, en áreas de África y de Asia, en las que los cristianos son considerados como un cuerpo extraño, casi como traidores de la cultura local».

«Y luego, deberíamos abrir el capítulo de lo que sucede entre nosotros, en Occidente, en Europa», observa Introvigne, en donde, aunque no hay «nada comparable con la violencia que se verifica en ciertas áreas de África o Asia», hay, sin embargo, «una sutil, a veces ni siquiera tan sutil, intención de discriminar, de marginalizar, de orillar hacia los márgenes al cristianismo, de negar la identidad cristiana y las raíces cristianas, de agredir de muchas formas a la Iglesia y al Santo Padre».

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