La distorsión del deporte

Cultura · Cristian Serrano Viñuales
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17 febrero 2014
Al ver las imágenes de cómo una bomba de humo se apoderó del césped del estadio  Madrigal se me vino a la cabeza el pensamiento que me persigue en los últimos meses: por momentos el deporte, y más concretamente el fútbol  parece ir en dirección contraria. Asistir a un terreno de juego sin dejarse poseer por el enloquecido ambiente que habita en los estadios es ardua tarea. En la misma semana se han colado dos destellos de violencia: primero el mecherazo a Cristiano, después el bote con gas lacrimógeno en Villarreal.

Al ver las imágenes de cómo una bomba de humo se apoderó del césped del estadio  Madrigal se me vino a la cabeza el pensamiento que me persigue en los últimos meses: por momentos el deporte, y más concretamente el fútbol  parece ir en dirección contraria. Asistir a un terreno de juego sin dejarse poseer por el enloquecido ambiente que habita en los estadios es ardua tarea. En la misma semana se han colado dos destellos de violencia: primero el mecherazo a Cristiano, después el bote con gas lacrimógeno en Villarreal.

Existe una corriente de pensamiento en el fútbol deformada: pagar por un carnet, abono o entrada para un partido de fútbol no incluye el derecho de dejar fluir la instintividad y hacer lo que se quiera cuando se desee. Pagar por tu asiento no debería ser sinónimo de rebasar continuamente la barrera del respeto a tu rival, su afición y al árbitro. Pero sucede. Y esto no es dar una visión sesgada de la realidad. Esto es así, al menos en España.

Además, una cosa es consecuencia de la otra. El odio y la crispación que se produce desde el asiento lleva a las personas, de cuando en cuando, a atreverse con más: bien sea lanzar un mechero, cochinillo o gas lacrimógeno. Pero eso no es todo, porque de este fenómeno también tienen culpa los deportistas: esos que lanzadas patadas a destiempo, simulan penaltis, insultan a rivales. Eso no es pillería, eso es distorsión.

Una solución más realista que educativa será revisar el protocolo de seguridad. Esto implicaría un mayor control en los accesos a los estadios pero debería encontrarse una fórmula que no ralentice el acceso.

El deporte ha vivido tiempos mejores. Se ha trasladado a este ámbito de la acción, la contemplación y la experiencia humana una buena parte del caudal antropológico de lo sagrado. Esto en un inicio no debería ser grave porque es evidente que tanto la práctica como la contemplación del fútbol genera un enorme entusiasmo. Pero se ha dado un paso más: la violencia se hace paso fruto de la destrucción de lo lúdico a favor de impulsos instintivos no controlados.

Es la ocasión, el momento para reflexionar y volver a mirar qué es el deporte con todo aquello para lo que ha nacido. Momento para recordar cómo recuperar los mejores valores que aporta el binomio deporte y comunicación. Es tiempo para la regeneración del deporte.

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