La dificultad para ver a Cristo

Cultura · Angelo Scola
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8 abril 2021
El nuevo dios con minúscula nos domina hasta tal punto que corremos el riesgo de volvernos incapaces de captar el misterio. Pero hay una alternativa

Los europeos occidentales a los que de momento solo nos han llegado rumores de la Tercera guerra mundial a trozos nos encontramos en primera línea de una guerra global contra un enemigo mortal y desconocido. Después de un año, seguimos bajo el violento azote del virus, al que respondemos con el arma de las vacunas en una guerra mal organizada, de manera aleatoria, divididos y siguiendo lógicas de acaparamiento dentro de la misma comunidad europea.

Resulta profética la encíclica Fratelli tutti que el papa Francisco dio al mundo cuando la pandemia apenas empezaba a asomar… Es incansable el llamamiento del Papa –con su magisterio, sin duda, pero sobre todo con su ejemplo– a la solidaridad entre los hombres.

El reclamo más imponente de esta Pascua, tan marcada por la irrupción del dolor en nuestra vida, procede de la prueba del Crucificado. Jesús, para explicar el dolor y la muerte, no los “define” sino que los comparte. Este año se percibe con más verdad que nunca la identificación Passio Christi, Passio hominis que hizo Benedicto XVI con motivo de la ostensión de la Síndone en 2010.

Sumergirnos ahora, con toda nuestra humanidad, en el abismo de la misericordia de Crucificado Resucitado es fuente de esperanza. Una esperanza solidaria porque brota de la solidaridad del Hijo de Dios con el hombre. Pero a muchos de nosotros les cuesta reconocerlo, como les pasó hace dos mil años a los dos discípulos de Emaús, cuya historia narra el evangelio de Lucas.

Impactados por la extraordinaria trama de los episodios vinculados a Jesús de Nazaret, nos dedicamos a comentarlos, dedicando a ello tiempo y energía. Analizamos cada detalle. Pero el núcleo de nuestra reflexión y diálogo se centra más en las reacciones que estos hechos provocan en nosotros que en el acontecimiento en sí, con su significado objetivo. Como aquellos dos, también nosotros podemos seguir interpretando los datos, hablando con los que tenemos cerca. Tal vez nuestra fe también se tiña de desilusión o se pierda, como les pasó a ellos, por la falta de un final feliz.

Además, nosotros, después de una tradición bimilenaria, no podemos evitar preguntarnos por las implicaciones de su muerte y resurrección en el bienestar de nuestra persona y de la sociedad. ¿Por qué el ser humano no parece ser mejor? ¿Por qué los vínculos primarios –entre hombre y mujer o padres e hijos, por ejemplo– no se hacen más fuertes? ¿Dónde está la justicia, y la paz? En definitiva, ¿dónde está el eco de aquella salvación prometida y duramente pagada con el cuerpo amoratado del Crucificado?

Seguimos yendo a las iglesias, con mayor o menos regularidad, celebrando la Eucaristía y, sin embargo, como aquellos dos que volvían desconsolados, “nuestros ojos siguen siendo incapaces de reconocerlo”. Debemos preguntarnos con franqueza: Jesucristo, este hombre singular, es decir único e irrepetible por ser Hijo de Dios, Jesucristo mismo, realidad viviente y personal, ¿es verdaderamente capaz de convencer y mover nuestro yo? ¿Está presente para cada uno de nosotros, al menos tanto como lo está nuestro propio yo o el de aquel a quien amamos y está a nuestro lado? ¿El misterio de Jesús es cercano a mi persona, a mi vida?

Aquellos dos que volvían tan tristes de Jerusalén –entonces, igual que hoy, atormentado lugar de esperanza universal– cambian ante nuestros ojos para convertirse en la figura de cada uno de nosotros. Emblema del hombre contemporáneo, ya no solo tenazmente apegado a su propia subjetividad, como el hombre moderno, sino tentado por el postcristianismo. El misterio ya no está cerca, más aún, ha pasado de manera inexorable. La trágica conclusión de Lessing, “es imposible sortear la maldita fosa que nos separa de Jesús de Nazaret”, pesa como una enorme losa sobre nuestra fe mecánica, y bloquea su ímpetu generador. De hecho, ¿cómo se puede creer, es decir, dar la propia vida, para seguir a alguien que no esté presente aquí y ahora, que no sea contemporáneo? Ya lo decía Kierkegaard, solo se puede ir detrás de Alguien que esté presente.

“Nosotros esperábamos…”, dice Cleofás, uno de aquellos dos. Esperábamos que aquel profeta, poderoso en palabras y obras delante de Dios y de todo el pueblo, liberase a Israel. Esperábamos… que, después de encontrarnos con Él, nuestro yo floreciera, venciendo la fragilidad, la muerte y el pecado. Pero no parece que sea así y entonces la distancia del misterio vital de Jesús propaga un sentimiento de desilusión igual que una grieta en una piedra preciosa, que comienza de manera casi imperceptible para acabar rompiéndola rápidamente. Esperábamos… que el amor –que nació, como la realización más pura del corazón humano, de su cuerpo martirizado y de su sangre derramada– nos educara al menos para vivir mejor nuestras relaciones con los que nos rodean. En cambio, su salvación parece ineficaz, en nosotros y a nuestro alrededor. En lugar de la entrega desinteresada y la capacidad de perdón, acaba triunfando el resentimiento mezquino, a base de rencores y chantajes. En lugar de un amor que libera, parece vencer un amor que ata.

También nosotros, como aquellos dos, esperábamos una sociedad no perfecta, pero al menos libre de injusticias patentes, propensa a permitir en sus cuerpos intermedios, en sus instituciones civiles y públicas, una convivencia digna de llamarse así, donde la persona pudiera afrontar sus fatigas cotidianas construyendo una vida buena, sin pretensiones ingenuas de paraísos idílicos, pero también sin contrastes egoístas y violentos. Soñábamos con la paz como una posibilidad de convivencia serena entre los pueblos –es decir, entre las diversas etnias, naciones y culturas–, como el florecimiento de relaciones entre personas diferentes pero unidas por su dignidad humana y por su pertenencia a la misma estirpe. Sin embargo, el odio y la guerra, la injusta miseria, el ansia de poder y el dominio del fuerte sobre el débil parecen haberse salido con la suya.

Esperábamos… y por eso, en el fondo, como aquellos dos por el camino de Emaús, nosotros también “nos detenemos con aire entristecido”.

¿Todo… acabado?

Los de Emaús habían creído, lo habían dado todo, pero ahora pensaban que todo había acabado, había pasado ya irremediablemente. ¡De ahí su tristeza! El misterio de Jesucristo ya no era cercano para ellos. Es impresionante cómo el evangelista recoge –en el diálogo espiritual habitual de los israelitas piadosos– su profundo sentir sobre los acontecimientos del día anterior. Qué diferencia con sus otros seguidores, sobre todo con las mujeres, que habían visto los signos que siguieron a la exaltante explosión pascual: “¡Ha resucitado, no está aquí!”. Verdaderamente, sus ojos eran incapaces de reconocerlo. Los dos de Emaús reducen el misterio en el sentido de un mero dato, con el que se comparan según una medida limitada a la razón humana, incapaces de trascender el ámbito superficial empírico. Para ellos, el Mesías había fracasado, su muerte en cruz era la prueba irrefutable. La indicación del evangelista sobre el tercer día ya no supone nada. Ninguno de los dos se apresura a ver el sepulcro vacío y el relato de la aparición de los ángeles no hace más que acrecentar su consternación. Ni siquiera el hecho de que hombres con autoridad, de su propio entorno, confirmen la sobrecogedora noticia de las mujeres reaviva su esperanza.

¿No nos pasa, en parte, lo mismo a nosotros? ¿A los hombres de nuestros días, que normalmente, cuando no viven el drama de una fe dubitativa, se permiten el lujo de una no-creencia superficial, muy alejada del tormento de las grandes almas? Eliot estigmatiza con expresiones terribles y provocadoras esta desmemoriada decisión que tomamos nosotros, hombres de occidente, de alejarnos del misterio. “Somos los hombres huecos, somos los hombres rellenos, apoyados uno en otro la mollera llena de paja… Figura sin forma, sombra sin color, fuerza paralizada, gesto sin movimiento”. Si la fe se apoya en un mero pasado, si la vorágine de la historia ha engullido definitivamente al Resucitado, si el misterio no está cerca, entonces Jesucristo ya no puede ser el acontecimiento capaz de volver a despertar el yo, las relaciones que nos constituyen, el pueblo. Podrá, como mucho, ser un pretexto para nuestras intenciones, para nuestra generosidad, para nuestros proyectos. Todo lo noble que se quiera, pero solo un mero pretexto. No un acontecimiento de salvación –totalmente gratuita, donada por Él– sino el pretexto de un obstinado esfuerzo por salvarse uno mismo, por la antigua y siempre recurrente tentación de autonomía estéril.

O ha resucitado y vive entre nosotros, o el misterio es cercano y la fe es principio concreto de construcción personal y social; o bien, si no ha resucitado y ha quedado irremediablemente relegado al pasado, la fe, en la mejor de las hipótesis, cae al nivel de una religiosidad natural. Muy digna, pero expuesta continuamente a la frustración de una fragilidad reiterativa, cuando no absorbida por la ideología, con sus inevitables y violentas consecuencias.

Si la resurrección de Cristo no es memoria eficaz de un acontecimiento que, apoyado en hechos sólidos sucedidos en el pasado, vive en el presente, entonces solo puede ser un mito, un noble relato, al que nada ni nadie le quitará su naturaleza de pretexto.

¿Quién nos liberará de este destino que parece marcar de manera fatal al occidente cristiano? ¿Quién nos convencerá de que ese hombre singular de Nazaret, el Dios encarnado, vivo en su Iglesia, no es un fantasma sino una presencia real?

Expuesto al rechazo de la libertad

“Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos”. Él, de pronto, se introduce en el diálogo entre ambos con una pregunta acuciante: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Lentamente va transformando su incapacidad para reconocerlo. El encuentro con el Resucitado reaviva los ojos de la fe. El que está dispuesto a creer recibe como paga el don del Resucitado.

Así es también para nosotros. También para nosotros, como para los dos de Emaús, su presencia corporal no se puede identificar según una medida limitada propia de las ciencias matemáticas. El algoritmo, el nuevo dios con minúscula, nos domina actualmente hasta tal punto que corremos el riesgo de no saber reconocer ya el misterio. Lo reducimos a lo aún-no-conocido, a lo aún no reproducido experimentalmente, desbaratando así el proyecto mismo de la ciencia, muy lejos ya –a ojos de los más avezados– de absolutizar el pensamiento basado en el puro cálculo.

¿Acaso no hacemos lo mismo con las bellezas naturales o artísticas? A menudo somos incapaces de captar lo que son: signo del misterio vivo y palpitante que se comunica permaneciendo velado, porque solo así se revela su amor por nosotros. Solo nos ama quien invita a nuestra libertad a implicarse. De hecho, la verdad no sería tal si temiera perder su valor absoluto exponiéndose al juego de la libertad finita. ¡Jesucristo, la verdad personal y viviente, acepta exponerse al rechazo de la libertad del hombre! Llega hasta los extremos más recónditos de lo humano. Por eso el misterio siempre es cercano. Está a menos de un milímetro hasta del corazón del ateo más obstinado.

De modo que cuando la razón humana, humilde y valiente, deja espacio al Misterio, alcanza su culmen. Entonces se abre a la fe y, por gracia, puede acoger la fe cristiana. Verdad y libertad –como, por otra parte, nos enseña nuestra existencia cotidiana– están destinadas a esposarse.

Al partir el pan

“Lo reconocieron al partir el pan”. En ese gesto, se dieron cuenta de cómo ardía su corazón mientras Él explicaba las Escrituras. En ese gesto su desilusión se esfuma, toda tristeza huye, se reaviva la esperanza. En una palabra, la vida vuelve a fluir en plenitud, inagotable. Verdaderamente la muerte de aquel hombre devoró desde abajo y definitivamente nuestra muerte, verificando el anuncio inaudito que vislumbró el profeta: “Oh muerte, yo seré tu muerte”.

Viviendo en la Iglesia, a través de las dos coordenadas de los afectos y el trabajo, cualquiera puede encontrar en Aquel que habita entre nosotros una respuesta convincente a la exigencia inextirpable del sentido de la propia vida. Mi yo, igual que el de todo hombre, puede ser regenerado, estar custodiado hasta el fondo por ese Padre misericordioso del que procedemos y al que nos dirigimos. Es posible vivir la relación entre hombre y mujer abiertos de par en par a la vida, en plenitud, mediante una familia fundada en el sacramento del matrimonio, vínculo fiel, público y estable. No es en absoluto utópico edificar con realismo la justicia y la paz.

Ciertamente, todo eso exige el don de tu vida, de nuestra vida. Ni más ni menos. Exige autoexponerse. En una palabra, que conviene reiterar aun a riesgo de quedar rápidamente reducida entre las redes apretadas de nuestro moralismo pietista: la verdad, que es Jesucristo resucitado, requiere tu testimonio.

Quédate con nosotros

El testimonio no requiere heroísmos particulares. Puede empezar con un movimiento de la libertad sencillo y casi natural. El de implorar a Aquel que ha vuelto a despertar nuestra esperanza que no nos abandone. Queremos ser familiares suyos. Como hacen los niños con quienes los conquistan, volvemos a decir a Jesús: “Quédate con nosotros”. Entonces el milagro del corazón que vuelve a arder se producirá de nuevo. Y los signos volverán a hablar. Igual que para los suyos volvieron a hablar el sepulcro vacío y el sudario colocado con las ropas, y el testimonio de la Magdalena y las mujeres a las que se apareció primero, y el de los discípulos, y la posibilidad de reconocerlo en su verdadero cuerpo, transfigurado por la Resurrección. También nos tocará a nosotros. Volverá a hablarnos de la cercanía del misterio la dulce sonrisa del niño, la mirada amorosa de la mujer con la que quizá llevamos décadas conviviendo, el cuerpo cansado del hermano enfermo y del anciano, la fatiga del inmigrante, la sencillez desarmante del que sufre una discapacidad, la dura pena del preso, la fecundidad del perdón… incluso el horror de la guerra podrá llegar a tocar el corazón de los que rigen las suertes del mundo para sustituir las armas por el empeño incansable del diálogo y la concertación.

Una energía nueva

Así, al final, también nos sucederá igual que a los dos de Emaús. “Levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros”. Era tarde, el día había acabado. Le invitaron a quedarse porque ya habían llegado a la meta, tristes y agotados. Pero, desde que se abrieron sus ojos, se encontraron con una energía nueva. Las cosas bonitas no se hacen para dejarlas guardadas, se tienen que comunicar. Lo bello es el esplendor de lo verdadero, de donde nace el bien. Y el bien es expansivo. Cuando, por gracia, el misterio se hace cercano y se revela a la libertad que lo acoge, todo cambia. Fuera la tristeza, fuera la pasividad. El yo vuelve a ponerse en marcha. De la gratuidad del encuentro con el Resucitado brota natural y espontánea una gratitud que te pone en acción. En la Iglesia llamamos a esto “misión”. Por ósmosis, casi por contagio natural, de experiencia a experiencia, comunicamos nuestra sorpresa. Esta es la Iglesia en salida a la que el Papa nos invita incansablemente. Pero, bien mirado, esta es también la naturaleza propia de cualquier experiencia humana auténtica. Un dato irresistible. La libertad, implicada por la verdad que la provoca, es fecunda y genera bien.

Los ojos de la fe realizan la experiencia de los dos de Emaús, una vez liberados de su incapacidad para reconocerlo. Es la misma posibilidad que se nos ofrece a todos. También al sofisticado y frágil hombre de hoy, como sugiere el poeta Mario Luzi comentando precisamente el pasaje de Emaús: “Nos sigue, nos adelanta, / viene a acompañarnos / durante largo rato / respira a nuestro lado, / medio escondido tras la luz del atardecer… / juntos entramos / en la penumbra de la posada. / Aquel pan y las manos que lo parten, / la mirada, el adiós tan repentino. / Esta habría sido / –lo sabíamos nosotros, los de Emaús– / la trama del relato. / Llegaron y partieron apenas amanecido. / ¿De qué es ausencia esta ausencia, / corazón, / que te colma en un momento? / ¿De qué? Desbordada la presa / te inunda y ahoga / el rebosar de tu indigencia… / Te llega, / quizá te llega, / de lejos / una llamada / que ahora agonizando no escuchas. / Pero existe, y custodia fuerza y canto / la música perpetua… volverá. / Serénate”.

Artículo publicado en Il Foglio

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