La desaparición de Rafael Azcona

Cultura · Juan Orellana
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15 abril 2008
Yo conocí a Rafael Azcona en el invierno del año 2000, cuando quedamos a desayunar en el José Luis del madrileño Paseo de la Habana, justo debajo de donde vivía el famoso guionista. El motivo de nuestro encuentro era que yo le entregara la medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos (CEC) que había ganado por el guión de La lengua de las mariposas y que no había querido ir a recoger a la gala de los premios por su horror a los homenajes públicos. Me encontré con un hombre simpatiquísimo, gran conversador, muy iconoclasta y que, en lo conceptual, rechazaba el cine llamado de tesis, empezando por Bergman y siguiendo por todos los demás "autores". En aquella ocasión él se quejaba de las manipulaciones que sufrían sus guiones y comentaba cómo a menudo él no se reconocía en el resultado final de películas en las que aparecía el genérico: "Guión de Rafael Azcona".

Al margen de lo atractivo de su personalidad, Azcona representa mucho más que un reputado guionista. En cierto modo, él encarna la versión cinematográfica de la Transición, por un lado, y la implantación del laicismo -también cinematográfico- por otro lado. Azcona anuncia la transición ya en sus películas de los sesenta y setenta, de la mano de Berlanga y de Ferreri, con películas de profunda carga irónica y crítica, como El pisito (Ferreri, 1959), El cochecito (Ferreri, 1960), Plácido (Berlanga, 1961), o El verdugo (Berlanga, 1963) por citar ejemplos de todos conocidos. En esa época, aún bajo la miope mirada de una censura cada vez más torpe, Azcona introduce una lectura sociopolítica en sus guiones que el espectador atento sabe desentrañar. Pero muerto Franco, y abiertas las puertas de la libertad de expresión, Azcona se consagra a consolidar algunos de los tópicos progresistas sobre nuestra historia que en el cine español siguen vigentes todavía. Pensemos en películas como El año de las luces (Fernando Trueba, 1986), ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), Belle Epoque (Fernando Trueba, 1992), Tranvía a la Malvarrosa (José Luis García Sánchez, 1997), La niña de tus ojos (Fernando Trueba, 1998) o La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999), casi todas producidas por Andrés Vicente Gómez. Si el citado José Luis Cuerda acusó recientemente a los obispos españoles de querer imponer "una teocracia absurda", Andrés Vicente Gómez hace un año declaraba públicamente que comprendía que en otros tiempos "la gente quemara las iglesias", en referencia a la persecución religiosa de nuestra guerra civil, que él ha abordado tantas veces en sus producciones. Con estas películas se ha consagrado la "memoria histórica oficial", aquella que hace de la guerra civil un enfrentamiento entre los buenos, defensores de la libertad, y los malos, promotores del oscurantismo y el crimen, un bando donde se incluye a la Iglesia.

Uno de los últimos trabajos de Azcona fue el guión de María Querida (2004), un film más de su amigo José Luis García Sánchez sobre María Zambrano. Allí, a través de las palabras de la pensadora, las que dice y las que calla, Azcona aprovecha para impartir una doctrina laicista y para arremeter contra todo lo que atisbe catolicismo. De esta forma el film violenta el talante real de María Zambrano para meter en el mismo saco a la Iglesia, al fascismo, la represión, el matrimonio, la incultura… y en el supuesto cajón del paraíso y de la libertad al aborto, el divorcio, la república y cierta filosofía.

En realidad, Azcona hacía unos años que había pasado de hacer cine de trasfondo histórico a abordar producciones de Andrés Vicente Gómez basadas en el chiste grueso y en el reclamo sexual, como fue el caso de El paraíso ya no es lo que era (F. Betriú, 2001) o La marcha verde (García Sánchez, 2002), uno de los mejores ejemplos de un cine casposo y machista.

En fin, Azcona se puede considerar como uno de los guionistas más influyentes de los treinta últimos años, que ha hecho de la comedia un referente socio-cultural que explica en parte el humus cultural del régimen del presidente Rodríguez Zapatero, un régimen que es el paso lógico de un proceso que, como vemos, nace en los años sesenta.

 

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