La depresión y el terror a que el bien nos deje para siempre

Mundo · Federico Pichetto
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7 junio 2018
Los últimos estudios revelan un aumento considerable en el consumo de antidepresivos, que en algunos países europeos alcanza niveles cercanos al 20% de la población. En cambio, admitir que se sufre una depresión exige superar una especie de tabú con cierto estigma social que afecta a todos los que atraviesan el largo calvario de las enfermedades mentales. Sobre la depresión en concreto, existen muchos mitos y pocas verdades; se ha dejado demasiado al imaginario colectivo.

Los últimos estudios revelan un aumento considerable en el consumo de antidepresivos, que en algunos países europeos alcanza niveles cercanos al 20% de la población. En cambio, admitir que se sufre una depresión exige superar una especie de tabú con cierto estigma social que afecta a todos los que atraviesan el largo calvario de las enfermedades mentales. Sobre la depresión en concreto, existen muchos mitos y pocas verdades; se ha dejado demasiado al imaginario colectivo.

Al contrario de lo que normalmente se piensa, puede caer en una depresión cualquiera que haya experimentado de manera fuerte y persuasiva un bien, una belleza, una situación de felicidad casi mágica, o de bienestar. En este contexto es donde se ponen de manifiesto ciertas señales, que pueden ser palabras, gestos o miradas de otros que te llevan al terrible pensamiento de que el bien saboreado puede dejar de existir, y que puede no ser “para mí”. Se abre paso la íntima convicción de que yo pueda quedar excluido de la alegría, de la vida.

Resulta paradójico cómo en este punto una parte de nosotros puede llegar a tomar el mando y empezar a comportarse como si ese juicio excluyente, de soledad y daño mental, fuese verdadero. Una parte de nuestra humanidad se encarga de ejecutar la sentencia que la mente ya ha establecido y empieza a provocar acciones y comportamientos que tienden a convalidar y confirmar que la vida, tal como la vivimos una vez, se ha acabado, se ha perdido, ya no volverá más. Y entramos en un torbellino en el que se instauran los esquemas de comportamiento que nutren y amplían la condena sentenciada por nuestra propia mente.

En este proceso se produce una triple trampa: en primer lugar, la identificación de la felicidad con la única felicidad que hasta ese momento hemos considerado como tal; luego la prisa con que se liquidan los gestos, las palabras o miradas que provocaron ese revés, esa turbación; y por último la proyección mental que lleva a aprobar la condena y hacerla efectiva. Identificación, prisa y proyección son los tres errores típicos de la mente que pueden dar lugar a algo capaz de alterar la percepción que tenemos de la realidad.

En un abismo tan profundo, el primer antídoto es el contacto, recuperar el contacto con uno mismo, con el propio cuerpo, con la naturaleza y con las cosas. Un contacto en el que empezar a experimentar una posibilidad de salir de ahí. En este punto del camino muchos se preguntan qué papel pueden jugar los fármacos, el psicoanálisis y la fe.

Seguramente la depresión sea un problema de relación con la realidad que se nutre de experiencias de bienestar y de expectativas generadas en la vida: familia, noviazgo, carrera, éxito son los detonantes de una magia que da miedo perder. Nada más erróneo que intentar cuidarse solos, o encerrarse a pensar o a alimentar la propia dimensión interior, incluso con prácticas religiosas. Si el problema está dentro, la solución solo puede venir de fuera. El fármaco puede contribuir a crear las condiciones adecuadas para una relación terapéutica, y la relación terapéutica puede contribuir a crear las condiciones adecuadas para reencontrarse con la realidad. Es en un encuentro así, igual que la fe es relación con un cierto nivel de la realidad pero no con un fenómeno etéreo, donde puede darse el reconocimiento, con una presencia que no solo abraza sino que muestra cómo la felicidad es algo posible siempre, al margen de ese primer instante de magia y bienestar como suele empezar.

El antídoto para la depresión es una relación, pero esta relación tiene que encontrar sus condiciones posibles para no convertirse en el enésimo espejismo en el camino de la curación. Un lugar donde casi el 20% de su población está deprimida es un país rico en ilusiones mágicas y en grandes expectativas, pero pobre en autenticidad y en relaciones verdaderas.

Que quede claro que todo esto no son las consideraciones de un médico, que tendrían un valor y solidez muy diferentes, sino solo el pobre testimonio carnal de uno que ha sobrevivido a la depresión. De uno que, por gracia, ha vuelto a empezar a vivir.

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