La cultura de la cocina y el valor de compartir

España · Card. Angelo Scola, arzobispo de Milán
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13 abril 2015
Hay actividades a las que todos, quien más y quien menos, nos dedicamos a lo largo de nuestra existencia. Acciones absolutamente cotidianas y “normales”, ordinarias, que sin embargo portan en sí toda una serie de nexos y significados capaces de alumbrar mejor quiénes somos y qué deseamos.

Hay actividades a las que todos, quien más y quien menos, nos dedicamos a lo largo de nuestra existencia. Acciones absolutamente cotidianas y “normales”, ordinarias, que sin embargo portan en sí toda una serie de nexos y significados capaces de alumbrar mejor quiénes somos y qué deseamos.

Una de ellas es, sin duda, cocinar. La Expo 2015 de Milán no puede no contemplarla si pretende hablar de alimentación. Porque crear (y este verbo no es casual) una alimentación característica de los hombres es precisamente el objetivo específico de la cocina.

Para subrayar el valor cultural de la cocina, baste recordar algunos nombres más o menos famosos. Ya en el siglo XVIII el escritor escocés James Boswell definía al homo sapiens, en su “Journal of a tour to the Hebrides”, como “el animal que cocina”; y en 1825, en la publicación “Physiologie du goût ou méditations de gastronomie transcendante”, Jean-Anthelme Brillat-Savarin (que ha dado nombre a un dulce), brillante político y gastrónomo francés, reconoció precisamente en el acto de cocinar una primera forma de organización de la vida civil de los seres humanos. Más recientemente Claude Lévi-Strauss destacó el profundo nexo que existe entre lo “crudo de la naturaleza” y lo “cocido de la cultura”. Y aún más cercano a nosotros, el antropólogo estadounidense Richard Wrangham sostiene que la cocción de los alimentos ha representado una etapa fundamental en la evolución y distinción entre los seres humanos y los grandes simios.

Obviamente, no es este el lugar (ni yo tengo la capacidad) para examinar y confrontar estas y otras hipótesis interpretativas acerca del peso que la cocina ha tenido en la historia de la civilización. De todos modos, cocinar es propio de los hombres y pone en evidencia algo específicamente humano.

En cambio, podemos llamar la atención sobre algunos significados de inmediata y universal evidencia.

Ante todo, cocinar tiene que ver con la necesidad de alimentarse, pero todos somos muy conscientes de que es mucho más que eso. Para satisfacer la pura necesidad de alimentarse, ¡uno podría incluso no cocinar! Lamentablemente, ahí está el creciente éxito de los fast-food o de los platos precocinados para documentarlo. Pero la cocina pone en evidencia el nexo entre necesidad y belleza, y por tanto entre satisfacción y disfrute. Un segundo significado que el arte culinario lleva consigo emerge de la idea misma de la tradición: de hecho, a cocinar se aprende. Las cocinas son, en palabras de la cocinera iraní Samin Nosrat, lugares de “paciencia, presencia y práctica”, poblados de personas reales, que verdaderamente tienen que vérselas con un trabajo no carente en absoluto de aspectos fatigosos, lugares que pueden ser descritos como auténticas escuelas y centros de aprendizaje. Conocer una “receta” y aprenderla es un proceso específicamente humano y de socialización. Además, cocinar implica un complejo proceso de transformación que lleva a pasar de alimentos crudos a comida caliente o, en cualquier caso, modificado diversamente por el hombre. A pesar de la evolución de las técnicas de transformación de los alimentos, queda en nosotros un instinto absolutamente arcaico que nos empuja a medirnos con el desafío (a veces nada fácil) de modificar las materias primas que hemos recibido para nuestra sustentación. A menudo, la preparación de los ingredientes requiere un trabajo largo y laborioso –incluso aburrido– que solo el encuentro con un maestro apasionado nos puede llevar a considerar como una premisa necesaria para un camino de satisfacción que empieza en uno mismo pero que termina en la relación con otros.

De hecho, se cocina para uno mismo pero también, y en la mayoría de los casos, para otros, y sobre todo para aquellos que amamos. Ellos se nos ofrecen como comensales, destinatarios de un placer común, donde se recogen las características personales de cada uno disfrutando del acontecimiento de comer juntos. De hecho, resulta innegable que comer juntos sigue siendo un fundamento de la vida familiar –y por tanto social– caracterizado por el servir y compartir, como una suerte de fiesta de la diversidad, tanto los alimentos como las personas.

En este punto, amor y pasión no parecen términos inadecuados para describir la relación con la comida, incluso en sus formas patológicas, pero sobre todo en las sanas, que pueden abrirnos de par en par a cada uno de nosotros a disfrutar de los dones de la naturaleza.

Amor y pasión que alcanzan también a la experiencia religiosa. Jesús celebra la Pascua sentándose a la mesa con los suyos. Los cristianos, dos mil años después, celebran el sacrificio glorioso de Cristo en la cruz con la Eucaristía que, haciendo memoria de la última cena, les abre a compartir con sus hermanos los hombres todos los ámbitos de la existencia.

Il Sole 24 ore

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