“La cuestión de Ucrania es un reflejo de las dificultades ente el Patriarcado de Moscú y Constantinopla”

Entrevistas · Francisco Medina
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21 abril 2022
No elude ninguna de las cuestiones. El padre Andrey Kordochkin, sacerdote ortodoxo de la Diócesis de España y Portugal del Patriarcado de Moscú, dialoga con nosotros, a corazón abierto, sobre la realidad de la comunidad ortodoxa en Madrid, el impacto de la guerra en Ucrania en los fieles y tantas otras cuestiones no ajenas a las preguntas que cada uno lleva dentro de sí. Por eso, no surge otra cosa sino el agradecimiento por haber abierto la parroquia y por esta conversación franca.

Lo primero: ¿de dónde es?, ¿cómo llega a España?

Nací en el año 1977 e hice mis estudios escolares en Rusia, en San Petersburgo; posteriormente, estudié en diversas facultades de teología en Inglaterra y, en los últimos años de la universidad, fui ordenado sacerdote y destinado a una comunidad ortodoxa en el norte de Inglaterra. Posteriormente, fui destinado a España, donde llevo 18 años sirviendo a la comunidad ortodoxa rusa en Madrid y en varias comunidades del norte y del sur de España.

En los años que llevo en España hemos ido creciendo: pasamos de un pequeño local (que era anteriormente una frutería y un locutorio), con un solo sacerdote, a esta Parroquia-Catedral, donde hay un arzobispo al cargo de nuestras parroquias en la Diócesis de España y Portugal. Somos ahora cuatro sacerdotes y tres diáconos.

¿Cómo fue su encuentro con el cristianismo ortodoxo?

Me bautizaron cuando tenía unos 11 años, en tiempos en los que en Rusia había un renacimiento religioso en Rusia; pero yo no tuve ninguna formación religiosa en la familia. Los pasos más serios los di en los últimos años de mi etapa en el colegio, en San Petersburgo, aunque para mí fue fundamental conocer la vida de la Iglesia ortodoxa rusa fuera de Rusia, observando varias comunidades en Inglaterra. Estas comunidades ya no son comunidades étnicas: la gente participa en ellas no solamente porque son rusos, o están incardinados en alguna tradición, sino por elección y con un nivel de responsabilidad y conciencia más fuerte.

Yo empecé mi camino espiritual de una manera más consciente. Por un atractivo. No fue tanto a través de algunas autoridades espirituales, sino a través de algunos amigos que conocí en los últimos años de mi colegio, que eran miembros conscientes de la Iglesia. Hasta entonces, había identificado el cristianismo como algo, más bien, cultural, pero nunca había pensado que ser cristiano implicaba ser miembro de la comunidad eucarística; y fue, en este punto, cuando empecé mi camino.

Llega a España en 2003, ¿con qué se encuentra?

Vi una sociedad muy centrada en la familia, muy distinta de lo que yo viví, por ejemplo, en Inglaterra (donde es mucho más común que, después de vivir con sus padres, a los 18 años sale de casa, va a la universidad, incluso vive en otra ciudad distinta de la de su lugar de nacimiento). A España la vi muy distinta, más familiar. Hoy día, es muy común, por ejemplo, encontrarte, en un fin de semana, una familia en una mesa en un restaurante. Yo creo que tiene sus aspectos buenos y otros más críticos (por ejemplo, el hecho de que haya gente que vive con sus padres hasta los 30 o 40 años). En cualquier caso, es distinto. Si vas a un parque donde juegan los niños, puedes ver padres y madres, mientras que, en Rusia, únicamente ves a las madres con los niños.

“Yo empecé mi camino espiritual de una manera más consciente por un atractivo. Hasta entonces identificaba el cristianismo como algo más bien cultural”

Con la construcción de la Parroquia-Catedral de Santa María Magdalena, en el año 2010, ¿puede decirse que empieza la vida de la comunidad ortodoxa en Madrid? ¿De qué –de quiénes, mejor– estamos hablando cuando nos referimos a la comunidad ortodoxa de Madrid?

Cuando llegué a España, ya existía una comunidad en Madrid, en la zona de Carabanchel, donde tenía varias naves y locales en alquiler (antiguos locutorios y porterías). Incluso antes de mi llegada ya estuvo un sacerdote durante dos años.

En realidad, la historia de la comunidad ortodoxa rusa en Madrid comienza a mediados del siglo XVIII, aunque, como tal, nuestra presencia es de hace unos 20 años. Recuerdo que, al llegar, conocí la comunidad y, al preguntarles en qué trabajaban y a qué se dedicaban, me miraron de forma un tanto extraña, lo que me sorprendió, porque, en mi estancia en Inglaterra, podías preguntar estas cosas y te contestaban: “trabajo en la universidad”, “soy músico”, “trabajo en un banco”…, pero aquí, al menos, los hombres estaban trabajando en la construcción y las mujeres trabajando en la limpieza y cuidando a los ancianos (incluso habiendo estudiado anteriormente: educación, medicina…).

Ahora, poco a poco, han ido cambiando las cosas, pero, aun así, creo que todavía después de 20 años gran parte de nuestros fieles son mujeres que viven en pisos compartidos, con sus camas o habitaciones en alquiler, dedicando su vida a la limpieza. En general, aunque, en su mayor parte están legalizados, tienen casa (con su hipoteca), sus empleos no son de alta cualificación.

¿Son todos de etnia rusa?

En su mayoría –tres cuartas partes–, provienen de Ucrania. Los rusos tienen una presencia más notable en la costa mediterránea, entre Barcelona y Gibraltar; pero en ciudades grandes –como Madrid– son muy pocos los rusos que viven, aunque los hay. También hay alguna población moldava, georgianos, de países fuera del ámbito de la antigua URSS (Bulgaria, Serbia, algunos hispanohablantes…). Aunque nosotros pertenecemos a la Iglesia ortodoxa rusa del Patriarcado de Moscú, nunca nos posicionamos nosotros como tal. Los rusos, aquí, son una minoría: por ejemplo, de cuatro sacerdotes que estamos, sólo yo soy de Rusia; de los tres diáconos, también sólo uno es de allí. Y eso también se refleja en la situación que vivimos ahora, con la guerra de Ucrania.

“Lo que veo en las comunidades rusas es que, en su mayoría, continúan con su eslavo eclesiástico, con sus memorias del pasado glorioso, pero la realidad es que las iglesias están vacías. Se ha roto la correa de transmisión de la fe”

Rostros de la comunidad: ¿cuál es el deseo que está más vivo entre sus feligreses? ¿Cuáles sus miedos y esperanzas?

A nivel general, y desde una cierta visión que tengo de la historia de varias comunidades ortodoxas en Europa y en otros países, he visto cómo algunas comunidades han dado mucho fruto, aunque también otras donde las iglesias se han convertido en auténticos monumentos a la inmigración. En este sentido, viví un contraste muy interesante en Argentina, que empezó a recibir, desde hace un siglo, un número muy grande de emigrantes ortodoxos. Ahí vi una diferencia enorme entre los ortodoxos de la tradición rusa y los ortodoxos de origen y tradición árabe (muchos venidos de Líbano y Oriente Medio). En Argentina, los ortodoxos árabes tienen su liturgia en castellano desde hace más de 50 años, con las iglesias llenas. Cada comunidad tiene un colegio, en el que los hijos de sus fieles pueden ser, incluso, menos de un 10%, pero en la que hace una intensa labor educativa. Son una comunidad muy viva.

Lo que veo en las comunidades rusas, por el contrario, es que, en su mayoría, continúan con su eslavo eclesiástico, con sus memorias del pasado glorioso, pero la realidad es que las iglesias están vacías porque los que llegaron habían muerto, sin poder transmitir la fe. Se ha roto la correa de transmisión en las familias. Pero no solamente han fallado en este punto. Aunque nuestra labor no consiste en hacer proselitismo, lo cierto es que es importante que una comunidad ortodoxa, como la de cualquier comunidad cristiana, esté abierta para todos. Está en la naturaleza de la visión cristiana, pero las comunidades ortodoxas rusas, en este punto también han fallado en su misión, no solamente en el sentido apostólico, sino en el de la transmisión a sus hijos. Madrid es una capital y siempre hay movimiento: ahora mismo tenemos unos 70 niños en las clases de catecismo, pero siempre me pregunto cuántos de estos niños, cuando sean adultos, permanecerán en la parroquia.

Notan también la secularización intensa que se vive en España, entonces…

Viven en la sociedad española. No hay ningún colegio ortodoxo, ellos van a los colegios públicos o a los concertados. Casi nadie va lleva a sus hijos a colegios privados. Es obvio que, al estar inmersos en esta sociedad, van a estar afectados en cualquier proceso de cambio social.

¿Cómo ven la guerra de Ucrania desde fuera (de su país)? ¿Y su país de origen?

Es un tema muy doloroso por varias razones: una de ellas es, precisamente, porque la mayor parte de los fieles son ucranianos. En este sentido, hay que recordar que, cuando hablamos de la población, es muy común que un ruso tenga raíces ucranianas o tenga parte de su familia en Ucrania; por eso, aunque son naciones distintas, el vínculo es muy estrecho. Un ruso puede estar tan preocupado por su país como con Ucrania.

Lo segundo, en algún sentido, aunque aquí temo que ser malinterpretado, Rusia vive, ahora mismo, una situación más peligrosa que Ucrania (que, por supuesto, ha perdido muchísimas vidas en el conflicto), porque, mirando hacia el futuro de Ucrania, sí veo una cierta esperanza de que la guerra termine pronto y la vida en el país pueda reconstruirse. Sin embargo, Rusia ha pasado por unos cambios políticos brutales en los últimos cuarenta días: hemos anulado el camino histórico que hicimos después de la desovietización e, incluso, hemos vuelto a los tiempos peores.

¿En qué sentido?

En el sentido de una dictadura, de limitación de los derechos básicos de los ciudadanos; y de una situación, como la actual, en la que la palabra guerra no se puede pronunciar, en la que una opinión en este sentido que vaya en contra de la línea oficial puede ser castigada hasta quince años de cárcel. Los rusos también están preocupados por su país y, si para Ucrania creo que puede haber una esperanza más cercana de fin de la guerra, de una vida libre y digna y normal, en Rusia no sabemos qué va a pasar.

En medio de esta situación, hay muchos rusos, especialmente la gente mayor, que viven en el país y están sujetos a la propaganda de la televisión, contando con una sola fuente de información, sin tener sentido crítico de comparar con otras. Sin embargo, los rusos que viven aquí, aunque algunos apoyen la guerra, la mayor parte está en contra, se nutren de varias fuentes y están muy cercanos a la comunidad ucraniana; están en contacto con diversas de ciudades de allí.

Es cierto, igualmente, que algunos de los que proceden de las zonas orientales de Ucrania, que han sido foco del conflicto que hubo en los últimos años, tienen una visión distinta y me están preguntando por qué, cuando los ucranianos les bombardearon hace cinco años, nadie en Europa había hablado de ellos, y en un conflicto similar, como el de ahora, sí. Es una pregunta muy justa, pero creo que ambas partes del conflicto no han tenido la capacidad -quizá, ni el deseo- de terminar el conflicto antes.

“En Rusia, en una situación como la actual, la palabra guerra no se puede pronunciar”

¿Habría alguna posibilidad de una alternativa a Putin?

Es complicado porque esa posibilidad ha estado suprimida durante 20 años. En Rusia, cuando alguien dice algo sobre ello, se contesta diciendo: “Y si no es Putin, ¿quién?”. No hay una candidatura clara de la oposición, no porque el presidente sea Superman, sino porque ha suprimido cualquier oposición: todos los que están o han estado en la oposición política activa están muertos, o encarcelados o en el extranjero.

Hay que entender que, desde la llegada al poder con la revolución comunista, no ha habido, en los últimos cien años ninguna experiencia democrática, como en España, en la que hay elecciones donde partidos como el PSOE o Podemos igual pueden llegar al Gobierno o pueden perder los comicios. Pero en Rusia una experiencia de competencia de partidos es vista por el régimen como una amenaza para la estabilidad y la unidad de la sociedad. En este sentido, estamos mucho más cerca a China y a Corea del Norte que a los países europeos, donde la sociedad puede estar unida con posturas diferentes.

Obviamente, en Rusia no existe una tradición democrática consolidada. Y creo que la opción que ha tomado el régimen no conducirá a otra salida que el de su caída, que va a ser muy dolorosa. España tiene su experiencia: ha pasado de la dictadura del general Franco a una democracia, de una forma bastante pacífica y sin derramamiento de sangre, si mal no he entendido. Pero en la Rusia contemporánea, yo no veo ningún posible escenario de transición pacífica, porque tuvimos esta posibilidad, que se rechazó con el cambio de la Constitución en Rusia (nota: se refiere al referéndum constitucional celebrado en el año 2020 por el que se introduce una enmienda constitucional que permite al presidente volver a presentarse para las elecciones de 2024 y 2030 y que, de ganarlas, le permitiría gobernar hasta 2036), mediante votación popular, que le otorgaron al presidente Putin la posibilidad de estar en el poder por tiempo, prácticamente ilimitado; descartando, de este modo, la posibilidad de una transición suave.

No sabemos qué es lo que va a pasar, pero creo que vamos a tener un tiempo muy turbulento –espero que sin derramamiento de sangre–. Pero si tuvimos los tanques en Moscú en el año 1991 y, posteriormente, en 1994, no me sorprendería si ocurriera de nuevo, que tampoco lo deseo. Siempre recuerdo las palabras de Martin Luther King (y que repitió Kennedy), que dijo que “los que hacen la revolución pacífica imposible hacen la relación violenta inevitable”. Ahí es donde estamos.

¿Cómo viven la cuestión de la unidad en la Iglesia ortodoxa?

Creo que estamos en una situación crítica. Hay que tener presente que los cambios en la vida de la Iglesia siempre reflejan los cambios geopolíticos; los que estamos viviendo son bastante convulsos. Por ejemplo, la cuestión de Ucrania y de la Iglesia ortodoxa en Ucrania es reflejo de una colisión geopolítica: estamos hablando de las dificultades entre el Patriarcado de Moscú y el de Constantinopla. Si el Patriarca de Moscú es la cabeza de una confesión dominante en Rusia, el Patriarca de Constantinopla (en Turquía), a día de hoy, tiene a su cargo una comunidad pequeña, bajo una presión del Estado turco y del mundo musulmán. Él tiene que sobrevivir en el Estambul contemporáneo solamente con el apoyo de los griegos que viven fuera, en la diáspora, y que, en su mayor parte, son sus fieles; griegos que viven, en su mayoría, en los Estados Unidos y que son los que aportan recursos al Patriarca de Constantinopla. Aquí empieza el juego entre los dos Patriarcados, que, al final, no es sino reflejo de la confrontación geopolítica entre Rusia y Estados Unidos, sin decir aquí quién es el bueno y quién el malo.

En el buen sentido, podemos decir que, hoy día, el asunto más crítico para la Iglesia ortodoxa es el mismo que ha dividido el mundo latino y el mundo bizantino: la cuestión del primado. El primado del obispo de Roma, oficialmente, ha sido aceptado por el mundo ortodoxo, pero hay varias formas de entender su naturaleza y funcionamiento: puede ser concebido de una forma muy vertical (por ejemplo, el Papa con los católicos a nivel mundial) pero, incluso en la Iglesia católica, no es la única forma de ejercerlo. Yo siempre, para transmitir a los católicos cómo entendemos nosotros entendemos el primado, pongo el ejemplo del Arzobispo de Toledo, que es Primado de España, pero no tiene una autoridad vertical sobre Extremadura, Navarra o Canarias. Es, más bien, un primado de honor.

Nosotros aceptamos que, después de la ruptura con Roma que, desgraciadamente, hemos sufrido, el primado lo tiene el Patriarcado de Constantinopla, aunque dentro del mundo ortodoxo hay varias formas de entenderlo. Antiguamente, había cinco Patriarcados (Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén); ahora mismo, son más: quince iglesias, cada una de ellas independiente. La ruptura entre Moscú y Constantinopla ha pasado, precisamente, por la autocefalía (nota: iglesia que tiene como máxima cabeza el obispo y no depende de la autoridad de otro obispo; es una iglesia independiente) de la Iglesia en Ucrania, que fue otorgada por el Patriarcado de Constantinopla a otra Iglesia que no está bajo su jurisdicción. Y emerge de nuevo la cuestión del primado: por un lado, que el Primado de Constantinopla permita dar una autocefalía a una comunidad que está bajo el Patriarcado de Moscú; por otro lado, que no la haya otorgado a la Iglesia entera, sino a una entidad que nació, artificialmente, en un Concilio, y que la hemos visto como una comunidad cismática, dado que la propia Constantinopla no ha aceptado la validez de sus órdenes sagradas (por lo que les ordenaron de nuevo). En el momento de que fue convocado el Concilio y se aceptó la creación de esta Iglesia nueva, surgió en nosotros la pregunta si el Patriarca de Constantinopla podía dar una autocefalía a una comunidad cismática en Ucrania, mientras que la mayor parte de los fieles ucranianos siguen siendo del Patriarcado de Moscú.

Cuestión distinta es si las cosas van a estar así después de la guerra, dado que estamos sufriendo un proceso muy doloroso. El presidente Putin dice que estamos muy preocupados por la ortodoxia canónica en Ucrania, que está suprimida por un Gobierno que está apoyando la Iglesia nacional; pero las víctimas son también miembros de la Iglesia nuestra (laicos, sacerdotes). Muchos, en Ucrania, interpretan la retórica del Patriarca Kyril como justificatoria de la guerra y, para ellos, les resulta muy difícil reconocerle como su primer jerarca, porque no se trata, solamente, de una conmemoración litúrgica formal, sino que implica un reconocimiento como gran soberano y padre. Nuestra pregunta es si los ucranianos pueden conmemorar como un padre a quien consideran que está bendiciendo su matanza. Ahí es donde nos encontramos. No es nada fácil, pero creo que la providencia de Dios está actuando. Lo que pasa es que, al ser la Iglesia ortodoxa muy descentralizada, algunos procesos dentro de ella pueden ser más complicados de entender para un católico, pero también la Iglesia Católica está pasando sus propios procesos.

“Hemos perdido fieles, no muchos, de ambos lados; más de la comunidad ucraniana por el hecho de que nosotros pertenecemos al Patriarcado de Moscú, pero también del lado ruso, por mi posición contra la guerra”

En España los católicos tenemos que afrontar el desafío de que estamos en minoría, ¿cree que la Iglesia ortodoxa tiene que hacer también este recorrido?

Un filósofo ruso del siglo XX, Nicolás Berdiaev, dijo que las Iglesias católica y ortodoxa sufren dos enfermedades, de signo contrario: la Iglesia Católica se convirtió en un estado terrenal (aunque Jesucristo fundó un reino que no es de este mundo), pero las Iglesias ortodoxas se han convertido en los instrumentos del Estado. Y eso es lo que hemos vivido en el Imperio bizantino, en Rusia -luego, la Unión Soviética-; en el caso del mundo griego, no fue igual después de la caída de Constantinopla, porque vivieron en el Imperio Otomano, viviendo, muchos de ellos, con los donativos de Rusia durante los siglos XVIII y XIX. Rusia ha tenido su conciencia de ser la tercera Roma, el hermano mayor apoyando a los demás. Pero el mundo ortodoxo griego ha ido funcionando con este arrastre histórico de Constantinopla, de la gloria de Bizancio. Para nosotros es muy importante que dejemos de actuar como meros instrumentos del Estado y tener una agenda propia.

¿Cómo valora el gesto del Papa Francisco de la consagración de Rusia y Ucrania a la Virgen?

Yo creo que es un gesto bonito, una expresión de su fe. Como cristiano, y con toda la fe que tengo (más fuerte o más débil), puedo hacerme la pregunta de cuál sería el efecto, y qué debemos hacer nosotros. Por supuesto orar por la paz, pero no podemos decir que la paz llegará solamente por el esfuerzo espiritual. En la Segunda Guerra mundial, la caída del Tercer Reich tuvo lugar no sólo por las oraciones sino también por los esfuerzos de las personas. Es importante evitar convertimos en una ONG, en la Iglesia hemos de orar por la paz y la salvación de las almas. También, como cristiano, me pregunto qué podemos hacer para intentar detener lo que está pasando, porque todavía no estamos observando el final.

Es verdad que el Papa Francisco ha realizado diversos gestos para pedir el fin de la guerra.

Es verdad, no es incompatible. Lo cierto es que no se puede estar en silencio sobre lo que está pasando, porque, toda vez tú estás diciendo algo, te están acusando de tomar partido. Esta cuestión es para la Iglesia, la jerarquía y los cristianos acerca de qué debemos hacer. A la Iglesia Católica se le acusó de no haber formulado, de forma clara, su posición frente al régimen de Hitler.

En este sentido, tenemos una situación difícil. A mí personalmente, se me ha acusado de tomar partido, de reforzar la incitación al odio contra los rusos por mi posición en contra de la guerra. Hemos perdido fieles, no muchos, de ambos lados, más de la comunidad ucraniana por el hecho de que nosotros pertenece al Patriarcado de Moscú; pero también del lado ruso, por mi discurso público contra la guerra.

También habría que tener presente que, si yo voy a guardar silencio y no decir nada, también me van a acusar. En Rusia tenemos un dicho que dice que “el silencio es la expresión del acuerdo”. Por poner un ejemplo: en Rusia, ni un solo obispo ha condenado la guerra de forma abierta. Algunos lo han apoyado; otros han adoptado una postura más neutral, rezando por la paz.

En el caso de los sacerdotes, unos 300 firmaron una carta contra la guerra, dirigida al Gobierno ruso, aunque muchos de ellos se encuentran fuera de Rusia, otros en Bielorrusia. Un número de sacerdotes han levantado su voz, con un cierto riesgo para ellos mismos, pero en el caso de los obispos, no hemos tenido ninguno dentro del país; fuera de Rusia sí, como, por ejemplo, el arzobispo de Lituania, que hizo una declaración muy radical contra la guerra. Personalmente, creo que es una declaración muy bonita. Va a estar en los libros de la historia.

El gesto del Papa es un gesto muy bonito, expresión de su fe, que agradecemos. Recordaba el Papa Francisco, precisamente, la ciudad de Mariupol, que ha sufrido más que otras ciudades ucranianas, cuyo nombre se traduce como ciudad de María. Sí que quiero ver, por parte de la Iglesia católica y de la Iglesia ortodoxa, más pasos que marcan un cambio factible y visible.

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