Cuba

La consagración del cinismo

Mundo · Miriam Celaya
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9 marzo 2010
Páginas Digital reproduce por su interés el artículo de Miriam Celaya sobre las muertes en el hospital psiquiátrico de La Habana, donde 30 pacientes han muerte de hambre y frío.

Transcurridas escasas semanas desde las escandalosas muertes ocurridas en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, ya circulan por numerosos ordenadores las fotografías de los escuálidos y maltratados cadáveres. Las imágenes, casi irreales, recuerdan las de aquellos otros cuerpos amontonados en los campos de exterminio nazi, más de 60 años atrás, y vuelven a arrojar sal sobre la llaga abierta en la opinión pública de los cubanos.

No me referiré ahora a todo el horror y el sufrimiento que se descubren en cada fotografía, a la impresionante delgadez de aquellos infelices, a los golpes que acusan los hematomas de sus magros cuerpos, al despreciativo hacinamiento de varios cadáveres sobre una misma sucia camilla -así condenados también a una promiscuidad post-mortem- , a la insultante inmundicia del ambiente, o a la miseria moral de un sistema de salud que se autoproclama como el más perfecto del planeta y se abroga el derecho de cuestionarse a otros. Y no lo haré porque, casi a la vez que pude contemplar la sordidez inimaginable en que murieron estos mártires anónimos del socialismo de Estado, estuve hojeando las siempre mendaces páginas del Granma, donde aparece el discurso que pronunciara el canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, el pasado 3 de marzo, durante el más reciente período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, celebrado en Ginebra, y no puedo definir si me causó aun más repugnancia que las fotografías. En la primera plana de la edición impresa del jueves 4 de marzo, como una irreverente burla al mundo entero, salta una cita de las palabras pronunciadas sin el menor sonrojo por el alto funcionario de la isla: "Cuba tiene una ejecutoria meritoria e intachable en la protección del derecho a la vida, incluso mediante cooperación altruista fuera de sus fronteras". 

Imposible dibujar con palabras el insulto. Sólo voy a colocar imaginariamente cada una de estas imágenes de los fallecidos junto a los párrafos del nuevo heraldo de la hacienda, para tratar de encontrar alguna luz, por pequeñita que sea, que explique cómo puede caber tanto cinismo en un gobierno. Cada una de estas fotos, por sí sola, es una denuncia y una condena al régimen cubano. Quisiera poder explicarme, además, cómo una persona joven, como el señor Rodríguez Parrilla, de apariencia casi ingenua, un desconocido apenas ayer y cuyas manos no tenían las manchas de sangre que ostentan las de sus mentores, se ofrece a ser el cómplice voluntario de crímenes que -es de presumir- hasta ahora no le pertenecían.

No se puede ser a la vez civilizado y permanecer de espaldas a la realidad cubana. La máscara bondadosa del Gobierno no debe continuar burlando principios esencialmente morales que implican y comprometen a todos. Las decenas de famélicos pseudo-humanos que han muerto o que aún sobreviven en Mazorra y en otras instituciones "hospitalarias" del generoso Estado, los prisioneros políticos y comunes de las lóbregas cárceles de la isla, la memoria de Orlando Zapata Tamayo y de los que le antecedieron en el martirio, y todos los que gozamos del dudoso privilegio de los Derechos Humanos al estilo Castro, deberíamos tener un espacio en Ginebra -aunque sólo fuera un modesto espacio virtual, pero permanente-  donde podamos representarnos a nosotros mismos ante el mundo y donde se nos escuchara con el respeto y los derechos de los que no hemos gozado en nuestro propio país desde hace más de medio siglo. 

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