La caída del último mito

España · Giovanna Parravicini
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2 junio 2020
Pronto se celebrará el desfile de la victoria en Moscú, el 24 de junio, el mismo día que en 1945 las tropas de la Armada Roja, al regresar de la marcha final en Berlín, desfilaron triunfalmente por la Plaza Roja. Los altos niveles de contagio del Covid-19 en Rusia obligaron a cancelar la tradicional manifestación del 9 de mayo pero ahora, aunque la situación de la epidemia sigue siendo dramática en este país, Putin ha querido poner punto final a los aplazamientos y hace unos días fijó para esta fecha ya próxima el evento más espectacular e ideológicamente “movilizador” del año, el desfile conmemorativo de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, que recientemente definió en un comunicado como una “fiesta sagrada para millones de personas”.

Pronto se celebrará el desfile de la victoria en Moscú, el 24 de junio, el mismo día que en 1945 las tropas de la Armada Roja, al regresar de la marcha final en Berlín, desfilaron triunfalmente por la Plaza Roja. Los altos niveles de contagio del Covid-19 en Rusia obligaron a cancelar la tradicional manifestación del 9 de mayo pero ahora, aunque la situación de la epidemia sigue siendo dramática en este país, Putin ha querido poner punto final a los aplazamientos y hace unos días fijó para esta fecha ya próxima el evento más espectacular e ideológicamente “movilizador” del año, el desfile conmemorativo de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, que recientemente definió en un comunicado como una “fiesta sagrada para millones de personas”.

El país ha puesto en marcha inmediatamente la gigantesca maquinaria de los preparativos, reclamando recursos materiales y humanos en la capital, fijando las fechas de las grandes maniobras y ensayos generales que cada año preceden al desfile. A la invitación del presidente ruso ya han respondido afirmativamente los presidentes de países satélites como Abjasia y Osetia del Sur, así como los jefes de estado de Kazajistán y Moldavia. No está claro el tipo de representación internacional que podrá haber, pero la movilización interna ya ha comenzado.

Esta decisión resulta aún más extraña porque en abril, cuando el Kremlin se planteó el aplazamiento del desfile de la victoria, estableció su celebración para el 3 de septiembre. Lo que ha llevado a Putin a acortar los plazos y adelantar significativamente un acto público de tanta repercusión, a pesar de los inevitables costes en términos de salud y vidas humanas que una decisión así puede conllevar, según los analistas ha sido sobre todo el rápido deterioro de su imagen en las últimas semanas. En muchos sitios se insiste en que la maquinaria propagandística corre el riesgo de perder contacto con el país, aislado desde hace ya dos meses, presa de una grave crisis económica aparte de una epidemia de la que se desconocen los datos reales pero que sin duda supera en complejidad pero sobre todo en número de víctimas lo que dicen las cifras oficiales.

No es la primera ni la única vez en que a una urgencia real se responde con un “escaparate” ideológico. Aquellos que, encerrados entre las cuatro paredes de su casa, se enfrentan a problemas de salud, desempleo, incertidumbre sobre el futuro, con preguntas cada vez más incómodas, se les responde mostrando un Estado fuerte, dotado de armas únicas en el mundo, capaz de hacerse respetar en todas partes y desarrollar un papel clave a nivel internacional. Un mensaje que no puede esperar hasta septiembre, más aún cuando la memoria de la “gran guerra patriótica” (así llaman en Rusia a la Segunda Guerra Mundial) sigue siendo probablemente la única cuerda capaz de mover emocionalmente a millones de personas. ¿Pero en qué términos?

Es cierto, no hay persona o familia que en todo el territorio de la antigua URSS no reviva dramáticamente, año tras año, las historias de la guerra, que no recuerden a algún familiar o conocido caído o desaparecido. Lo he podido constatar estos días en los mensajes y páginas de Facebook de muchos amigos, también jóvenes, que no solo no vivieron la guerra sino que tampoco conocieron la época soviética. Esta memoria, esta herida, está profundamente incrustada. Pero si lo que intenta el Estado es explotar esa victoria para “representar toda la historia soviética como una sucesión de acontecimientos gloriosos y grandes triunfos”, sin vacilar cuando fuera necesario “borrar de la memoria los delitos más atroces del régimen soviético” –como ha señalado la Fundación Memorial con motivo de la reciente retirada en Tver de las placas conmemorativas del asesinato de más de veinte mil prisioneros polacos en Katyn entre abril y mayo de 1940 por parte del ejército soviético–, la memoria individual asume cada vez más el tono de la piedad doliente de la Antígona. La memoria de la guerra se identifica con el deber de honrar a las víctimas de un conflicto monstruoso, poniendo en el centro su sacrificio personal, sin reducirlas a instrumento de una maquinaria propagandística del pasado y del presente.

“Los monumentos fúnebres, los epitafios, las flores en las tumbas no nos dejan ver, no nos dejan percibir el alma de un difunto, su amor y su dolor. La piedra, la música, el llanto, las oraciones no son capaces de transmitir ese misterio. Frente a la sacralidad de este misterio mudo, las fanfarrias y trompetas del Estado, la sabiduría de la historia, la piedra de los monumentos, las palabras y oraciones gritadas solo merecen desprecio. Todos ellos son la muerte”. Son palabras de Vasili Grossman, el escritor ruso que probablemente más profundamente vivió la gloria y la tragedia de la guerra mundial.

El verdadero custodio y portador de la memoria, de la grandeza del pueblo ruso, no es quien muestre en la Plaza Roja los músculos de su potencia bélica, sin preocuparse demasiado por la salud y bienestar del “material humano” empleado, sino quien tenga el coraje de firmar una carta abierta promovida por la Academia rusa de las Ciencias, en referencia a las placas conmemorativas de la masacre de Katyn, y reconocer que “hace treinta años fue posible instalar esas placas porque nuestro Estado reconoció y condenó los delitos del pasado. La Rusia post-soviética se negó a concebirse como heredera y continuadora del régimen totalitario. Retirarlas es señal de que nos estamos moviendo en sentido contrario, hacia la rehabilitación del estalinismo y de su gesta dentro y fuera del país, es señal de que nos reconocemos herederos suyos. Pero esto hace caer automáticamente la responsabilidad de sus delitos sobre la Rusia actual”.

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