La bufanda de la esperanza

Cultura · Cristian Serrano
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30 noviembre 2014
El fanatismo ha matado a Francisco Javier Romero Taboada. Corazones trastornados de atléticos y deportivistas amanecieron decidiendo agredir. Del instinto exaltado a la furia y de ésta al asesinato. Lo siento, no lo entiendo. Pero ha sucedido. ¡Qué dolor ver tan cercanos a fútbol y violencia! La búsqueda de responsabilidades no nos exime de la congoja. Eso sí, ni la muerte es el final ni tampoco la trifulca.

El fanatismo ha matado a Francisco Javier Romero Taboada. Corazones trastornados de atléticos y deportivistas amanecieron decidiendo agredir. Del instinto exaltado a la furia y de ésta al asesinato. Lo siento, no lo entiendo. Pero ha sucedido. ¡Qué dolor ver tan cercanos a fútbol y violencia! La búsqueda de responsabilidades no nos exime de la congoja. Eso sí, ni la muerte es el final ni tampoco la trifulca.

No era fútbol pero sí tenía relación. Algunas gradas de los estadios acogen, consentimiento de clubes mediante, la presencia de personas que han hecho de una afición, una ideología. De una ideología, un fin para pasar al otro por encima. De vivir intensamente una pasión a utilizarla como pretexto de la violencia. El fútbol se ha convertido en el resorte, con la aceptación de muchos, donde dar espacio a sentimientos de enorme crueldad.

Una vez que se decidió seguir adelante con el comienzo del Atlético-Depor, cada uno se apañó como pudo para centrarse en el juego. Era difícil. ¿Quién no estaría preguntándose por qué o maldiciendo que pasen estas cosas? El corazón gritaba justicia y exigía respuestas.

La mañana fue gris para ambientar la escena de un día tétrico. El partido ya estaba marcado para la historia de la cronología sobre violencia en el fútbol. El encuentro fue insípido. En el minuto ochenta y cinco, cuando lo puramente futbolístico agonizaba, un aficionado nostálgico de un fútbol distinto se levantó. Con él, la luz se presentó por primera vez en la jornada. Se dirigió hacia la zona de la afición gallega y regaló a ésta su bufanda del Atlético. Fue una respuesta a lo que había pasado tan espontánea como bella. La más verdadera de todas. A lo que otro aficionado contestó con lo mismo, entregándole su indumentaria deportivista.

Ese lazo de unión, de fraternidad, ha sido el gesto más importante que ha seguido a la violencia. Esos aficionados siempre en mi equipo. Y con ellos, todos aquellos que comenzaron a aplaudir con la intensidad de quien firma algo verdadero, decisivo para el devenir de la historia. A éstos nos aferramos para seguir adelante y poder amar incluso más este deporte que a tantos encanta. Ahora a la liga, clubes y aficionados les toca decidir. Su amor por el fútbol se verá en la medida que tomen en serio la erradicación de un grupo de personas que está en él pero no acepta sus normas.

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