La buena tierra de Pietro Li

Mundo · José Luis Restán
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24 mayo 2011
Policías fríos y hieráticos pululan por las inmediaciones de la colina del Santuario de Sheshan, donde se venera a María Auxiliadora, patrona de China. Es 24 de mayo, y como cada año miles de fieles intentan infructuosamente llegar a los pies de la Madre. Muchos han sido parados en los caminos que se acercan al Santuario, se les pide la documentación, son cacheados, se les interroga sobre su intención. Cuando está tan clara. Sólo algunos vecinos de Shangai podrán llegar. El resto habrán de retornar a sus casas, a veces muy lejanas.

Quizás algunos hayan llegado esta vez de la lejana provincia de Henan, en el corazón de China. Allí en la ciudad de Luoyan, el pasado 23 de abril, durante la vigilia de Pascua, moría con las botas puestas el obispo Pietro Li Hongye. Estaba bendiciendo el agua para celebrar el bautismo cuando el Amo de la viña al que había servido durante 91 años lo llamó a casa. Sus fieles, unos diez mil, conocían su indomable libertad, su vasta cultura y fuerte temperamento, pero sobre todo su amor por cada uno. A pesar de su larga dolencia cardiaca los visitaba en sus casas, a veces después de caminar largas horas. Su cuerpo estaba muy castigado por los años transcurridos en las prisiones del régimen, pero su rostro seguía luminoso como el lejano día de 1944 en que fue ordenado sacerdote.           

También el régimen lo conocía bien, y junto a su apellido había escrito ya en 1956 el inquietante adjetivo de "obstinado". Por eso se le juzgó y condenó a prisión. Durante 28 años el obstinado Pietro Li estuvo confinado en la remota provincia de Qinghai, para retornar en 1987 a Luoyan como único sacerdote. Tres años después el Papa le nombró obispo de la diócesis, y las autoridades decidieron ponerlo de nuevo a prueba. Más detenciones, a veces intermitentes, vigilancias a domicilio, seguimientos, reprimendas. Pero Pietro tenía la obstinación de la fe y una razón abierta que desarmaba a los sicarios. Su pueblo le amaba, sabiendo que era uno de ellos, que había salido de aquella  buena tierra de la que habla la inolvidable novela de Pearl S. Buck, y que nunca les había dado la espalda.

Pietro Li Hongye es el último de una larga lista de obispos chinos que en estos últimos meses reciben sepultura entre la devoción de su pueblo y el rencor mezquino de los funcionarios del régimen, que regatean incluso la exposición de sus insignias episcopales en el pobre féretro en que descansan sus huesos. Se acaba una generación de intrépidos, una generación de testigos a los que no hemos rendido el debido homenaje en nuestras comunidades de occidente. Ellos sí pueden decir aquello del apóstol: he combatido bien mi combate, he mantenido la fe.

Una nueva generación de obispos les va reemplazando fatigosamente seleccionados, a veces con un tácito acuerdo entre las autoridades y la Santa Sede. Algunos heroicos, otros acomodaticios, más de uno tentado por las lisonjas del nuevo poder o atemorizados por sus amenazas. No ha pasado el tiempo del lager, pero ahora los funcionarios son más sutiles. Hay una posibilidad de vivir tranquilos, de no ser molestados, incluso de beneficiarse del gran boom económico, ¿por qué no? Pero el precio es alto, el más alto que puede pagar un obispo a lo largo de la historia: alejarse de Pedro, ponerse a la sombra de los mandarines, construir la Iglesia nacional independiente de Roma. El sueño de todos los poderes que han odiado a la Iglesia sin conseguir erradicarla.        

Se entiende el dramatismo de la oración enhebrada por el Papa hace siete días, para que la Madre fuerte de Sheshan proteja a sus hijos, especialmente a los llamados a conducir la frágil barca de la Iglesia en China. Para que no se pierdan, para que no se acobarden, para que mantengan el vínculo del espíritu, pero también de la carne y de la sangre, con el Sucesor de Pedro. Como lo hicieron Pietro Li Hongye y tantos hermanos suyos en los tiempos terribles del maoísmo. Con ellos hemos contraído una deuda impagable, un débito que sólo el Señor de la historia puede saldar. Ellos nos han demostrado que la historia no está escrita, y que la misma fe que cambia el corazón puede cambiar el rumbo de los acontecimientos. El futuro de la Iglesia en China se juega en el frágil sí de muchos como ellos. Por eso el Papa nos ha suplicado que lo imploremos de la Madre fuerte que vela sobre el Celeste Imperio.

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