El Prado se desdobla

La Belleza encerrada

Cultura · Elena Simón
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3 junio 2013
El Museo del Prado, en una época de crisis económica como la que nos afecta, ha decidido desdoblarse utilizando sus propios fondos y esto es lo que hoy nos ofrece. Ha extraído de entre las 8.000 piezas de sus fondos, un bellísimo puñado, 281 obras, la mayoría de pequeño formato, en las que la miniatura, el preciosismo, los detalles escondidos, y lo más exquisito y refinado de su colección, se dan cita. Luego, como diría el profesor Julián Gállego, cada uno comerá según lo que lleve en la mochila, refiriéndose a lo mucho o poco que podamos relacionar y traducir de estas piezas, documentos históricos de sus épocas.

En las salas de exposiciones temporales (Jerónimos) El Prado ha diseñado las diecisiete estancias, recogidas y acogedoras en las que se presenta esta colección, con un original montaje, provisto de vanos, que nos permiten introducirnos en espacios y obras de otras épocas, entrelazando de esta manera el discurso de la exposición que comienza con la escultura clásica grecolatina, origen de la proporción y medida determinantes del arte europeo. Es Atenea Parthenos, miniatura de mármol romana, copia de la original crisoelefantina (oro y marfil) que Fidias (s.V a.C) tallara, con 12 metros de altura, para el Partenón de Atenas. Tras ella por una ventana, asoma la cabeza de Felipe II y más allá la escultura de Meleagro con sus atributos de caza, renacentistas ambas. Por otra ventanita a la izquierda sigue la proyección clásica, en las dos esculturitas del manierista Greco, son Epimeteo y Pandora, que vestidas le servían de modelo para sus pinturas. Y es que el vanguardista cretense, que además era arquitecto, estaba inscrito en Roma, en el Gremio de Pintores de San Lucas, como miniaturista.

Y luego siguen las pequeñas escenas, sobre la vida de la Virgen, de la predella de la Anunciación de Fra Angélico. Y el Bosco, coleccionado por Felipe II, también mínimo en las pinturas ´costumbristas´ de esta célebre mesa de los siete Pecados Capitales. Y el bellísimo autorretrato de Durero, o esta joya que es la Sagrada Familia del Cordero de Rafael, firmada por el autor en la cinta dorada del escote de la Virgen. La intimidad de María y el Niño pocos la recogen como el Divino Morales. El Greco de los inicios, y Rubens siempre espectacular. Velázquez y el paisaje, o el costumbrismo sarcástico de Teniers, contratado por el coleccionista y archiduque Leopoldo. Siempre genial Goya, prolífico en todo, esta vez en retratos y autorretrato, escenas costumbristas o religiosas. Fortuny cierra con el realismo marroquí, sus Hijos en el Jardín -obra preciosa por el formato, por los niños, por la estampa japonesa-, o como empezamos, con su Niño Desnudo en la playa de Portici, esa mancha de luz sobre la oscuridad, que es clasicismo y modernidad a la vez.

Pinturas valiosas, muchas restauradas para esta Muestra, entre esculturas, marfiles o cristales, todo ello con la exquisitez por medida. Esta es la riqueza, y aún lo que nos queda por ver, que hace del Prado el mejor museo de pinturas del mundo.

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