Museo del Prado

La belleza encerrada (y 2)

España · Elena Simón
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3 octubre 2013
Volvemos a esta muestra La Belleza Encerrada, exhibida en los espacios de exposición temporal del Museo del Prado. Nada más acceder a la tercera sala una curiosa mesa totalmente pintada nos cautiva por su originalidad y complicación, con pequeñas escenas de la vida cotidiana flamenca, y otras de trascendencia religiosa. El título de la misma empieza a sugerirnos: es la tabla de Los Siete Pecados Capitales, que su autor y la época entendían causantes del aniquilamiento de la condición humana.

Volvemos a esta muestra La Belleza Encerrada, exhibida en los espacios de exposición temporal del Museo del Prado. Nada más acceder a la tercera sala una curiosa mesa totalmente pintada nos cautiva por su originalidad y complicación, con pequeñas escenas de la vida cotidiana flamenca, y otras de trascendencia religiosa. El título de la misma empieza a sugerirnos: es la tabla de Los Siete Pecados Capitales, que su autor y la época entendían causantes del aniquilamiento de la condición humana.

Su autor, El Bosco (1450-1516) es uno de los pintores estrella del Museo, que no en vano, y gracias al coleccionismo de Felipe II, guarda el mejor conjunto de obras suyas. Y nos encontramos con que todas ellas son un cúmulo de miniaturas, desde el Jardín de las Delicias hasta El Carro del Heno y que por derecho propio podrían al completo haberse incorporado a esta muestra.

Este artista es un hombre de personalidad genial, tanto por su forma pictórica en la que nos sorprenden estructuras naturales fantásticas o pequeñas figuras en las que se funde lo humano, el reino animal, y hasta vegetal, como por las historias que desarrolla en las que denuncia y satiriza las limitaciones y defectos humanos, incorporando en muchas ocasiones un humor corrosivo y sarcástico. Un mensaje prioritario se imponen en sus tablas para la sociedad de su siglo y para todo el que vea sus obras: al margen del acontecimiento cristiano lo que existe para el hombre es la violencia y la reducción de la condición humana, por la tentación del maligno que lleva al hombre al empequeñecimiento de su papel protagonista en el orden del universo.

La mesa se ordena en cinco círculos. En los laterales el hombre en el momento de la muerte, luego el Juicio Final, el Averno –lugar de dolor permanente, de sufrimiento y violencia-, y la belleza de la Gloria. En el centro la estructura principal, exuberante en claridad y color, es el ojo de Dios, que todo lo conoce –como reza la inscripción-, con Cristo resucitado en la pupila, que abraza con su triunfo los límites humanos. En los laterales – el iris del ojo- tres escenas de interior nos sitúan en viviendas flamencas, y otras cuatro son exteriores, urbanos o campestres, costumbrismo el flamenco como ninguna otra escuela pictórica europea ha alcanzado.

La escena más grande, lo que indica su alcance, es la ira. Una columnita a cada lado lo remarca. Dos hombres se pelean con violencia en el campo, llevan armas, y uno ya saca el alfanje, una mujer –la templanza- intenta sujetarlo. Las guerras proceden de este mal porque está relacionado con el odio. Los objetos tirados por el suelo, o fuera de lugar, traducen este desorden moral.

La envidia corroe los huesos, y por eso debajo de la portezuela del próspero negocio del protagonista hay huesos caídos y perros. Éste no valora lo que tiene, sólo le desencaja no ser el noble con su halcón, mientras otro camina por la vida aplastado por el peso de la misma. La avaricia es un jurista con clientes y enriquecido como sus ropajes indican, que antes que hacer justicia prefiere cobrar a dos manos del denunciante y denunciado.

El hombre obeso no deja de comer, la pierna asada o el capón que ya entra por la puerta, el niño es una caricatura humana, con sarna, harapos y zapatones de adulto, tiene una niñez desatendida pero ya quiere ser como su padre. En espaciosa habitación una silla-orinal, para defecar y sin pérdida de tiempo seguir comiendo. Otro hombre cirrótico, bebe sin tino, y los objetos tirados por el suelo nos indica el grave desorden de la gula.

La pereza es un hombre con un rico abrigo y sin embargo sentado y dormido para el cultivo de su vida espiritual, la mujer (la fé) se lamenta, y el pintor lo compara con el perro que también duerme, con la vida instintiva. La lujuria, como esas frutitas rojas que en un momento se comen y ya no son nada, es la farsa del amor, porque éste aquí no existe, sólo el instinto, lo que es una conducta deformada para el hombre, de ahí los deformes saltimbanquis y la música tirada por el suelo; está a punto de cerrarse la cortina, porque es un desorden y se esconde.

La soberbia es una mujer que nos da la espalda para mirarse –siempre es así, también en la Venus del espejo de Velázquez-. Un lobo, que siempre es el Maligno, sujeta el espejo. En la habitación interior –aún más mínima- también un hombre se autocontempla, único interés de su vida.

La vanguardia surrealista del XX, a los que interesaba lo onírico, el mundo de los sueños y el subconsciente, se identificó con este pintor, especialmente Salvador Dalí, pero la realidad de Jerónimo Van Aeken era harto distinta a lo que cabría esperar: tanto él como su mujer pertenecieron a la Hermandad de Nuestra Señora de la colegiata, luego catedral, de su ciudad, la holandesa Hertongenbosh, en ella El Bosco colaboró cantando en el coro, en representaciones teatrales y también diseñando vidrieras y objetos litúrgicos. O sea era un católico practicante.

El anciano Felipe II mandó enviar esta mesa a sus humildes habitaciones que se había mandado construir dentro del Monasterio del Escorial, y dicen que observándola por las noches hacía el examen de conciencia de cada día.

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